Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1993/11/15 00:00

Un policía en apuros

Atenazado por los problemas de Estados Unidos, Clinton no sabe como mantener a su país como gendarme del planeta.

Un policía en apuros

EL FASTIDIO CON QUE EL PRESIDENTE DE EStados Unidos, Bill Clinton, se refirió al rechazo de los haitianos al desembarco de sus tropas en Haití, no alcanzó aborrar el sentimiento de humillación que se apoderó de Washington. Las imágenes de unos cuantos revoltosos que detenían a patadas al automóvil de una aterrada chargé d'affaires de Estados Unidos le dieron la vuelta al mundo y dejaron la impresión de que bajo el presidente Clinton la política exterior estadounidense no quiere o no está en capacidad de ejercer su papel "natural" de policía del mundo. Si ello en principio no se ve tan malo. lo que empeora las cosas es que tampoco parece existir una idea clara en el Departamento de Estado de Washington ni en la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre cómo dar una solución política y sobre todo pacífica a los conflictos que atenazan al planeta.
No es una casualidad que el incidente de Haití se haya presentado a tiempo que el Congreso y la opinión pública estadounidenses clamaban por el retiro le sus tropas en Somalia. donde 12 soldados murieron hace dos semanas. Los disturbios de Haití, orquestados por seguidores y aliados del golpista general Raoul Cedras. sabían que los efectivos estadounidenses estaban allí a pesar de la oposición parlamentaria, y de que tenían órdenes de no correr riesgos. De ahí que gritaran que, de entrar los estadounidenses, convertirían a Haití "en una nueva Somalia '.
La naturaleza misma de esa amenaza mediante la cual una turba de pistoleros del país más pobre de América ponía como ejemplo lo sucedido en el a país más pobre de Africa para asustar al Ejército más poderoso del mundo, resultó ilustrativa sobre la forma como , ha derivado la política exterior de EE.UU. El presidente Clinton ha tenido que bailar en una cuerda floja sostenida en un extremo por sus problemas internos, y en el otro por la obligación de mantener a su país como la única superpotencia en el amanecer del siglo XXI.
Con el rechazo a la llegada del contiongente estadounidense. que debería formar parte de un total de l.300 o efectivos destinados a reentrenar a las fuerzas de seguridad haitianas, quedó como letra muerta el acuerdo de la Isla del Gobernador, suscrito en julio para el retorno del presidente Jean Bertrand Aristide. Con ello el "regreso a la democracia" de Haití quedó en veremos mientras un enfurecido Clinton ordenaba suspender la ayuda a ese país. Dos días más tarde la ONU recurrió, a instancias estadounidenses, a su viejo sistema del bloqueo . cuya ineficacia (a no ser por sus efectos sobre la población) está probada en todas las latitudes.
Todo ello se enmarca dentro de la nueva concepción de la política exterior de Estados Unidos, cuya base se puede resumir en pocas palabras: intervenir donde cueste poco, donde los riesgos en vidas sean mínimos, y donde se pueda prever una retirada fácil en un plazo determinado. Eso con el telón de fondo de sus intereses vitales, que en ocasiones dependen en últimas de la percepción creada entre el público a través de la TV.
Somalia es un ejemplo de la transición hacia la nueva política exterior de la potencia del Norte. El anterior presidente, George Bush, quien vivió la terminación del mundo bipolar (Estados Unidos-Unión Soviética), estaba convencido de que al desaparecer el adversario su país debía aumentar su presencia en los lugares neurálgicos del planeta. El conflicto de Somalia, en pleno Cuerno de Africa, ofrecía la oportunidad de establecer sin oposición una cabeza de puente en la entrada del mar Rojo, y los niños moribundos de hambre proporcionaban un pretexto válido.
Clinton heredó esa situación y sufrió sus consecuencias cuando los primeros soldados comenzaron a regresar en ataúd a sus ciudades. Pero ningún presidente de Estados Unidos puede impunemente renunciar al papel de líder mundial que ese país se ha atribuido desde cuando terminó su aislacionismo a comienzos del siglo. Esa tensión se reflejó en el discurso pronunciado por Clinton ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre. En su porción destinada a los historiadores y a los especialistas en política exterior. Clinton dijo: "Dejenme ser claro sobre el conpromio de mi país. Estados Unidos planea mantenerse conprometido y seguir en el liderazgo". Pero más adelante suavizo el tono, para el consumo de su público, cuando agregó: "Si el pueblo estadounidense está dispuesto a decirle sí a la ONU (en sus esfuerzos de paz). la ONU debe aprender cuándo decir no".
Esa es la razón para que el Presidente asegure ante la ONU que Estados Unidos no ha abandonado a Bosnia. pero que el envío de tropas a la nación balcánica dependen de que se establezcan ciertas condiciones.
entre ellas el derecho a salir de allí en cuanto las cosas se compliquen demasiado.
Ello es claramente contraproducente, porque el mensaje implícito para cualquier enemigo es que mientras más bajas se produzcan entre los estadounidenses, más pronto saldrá este país del conflicto.
El caso de Bosnia ilustra, además, otro extremo de esa política. Estados Unidos ha impuesto un bloqueo aéreo en ese territorio para evitar que los serbios usen su superioridad aérea sobre los musulmanes. Mediante ese compromiso a medias, el gobierno de Clinton trata de matar dos pájaros de un tiro: proteger, por un lado, la capacidad de negociación de los bosnios-musulmanes, pero sin llegar al extremo de que estos piensen que la caballería estadounidense está haciendo sonar sus trompetas en el último momento.
Ese mismo proceso mental es el que llevó al Departamento de Estado a dejar sentir todo su peso sobre los palestinos en su conflicto con Israel. El secretario Warren Christopher hizo saber a aquellos que su país propiciaba un pronto acuerdo de Israel con Siria, que los hubiera dejado por fuera. Pero al mismo tiempo gestionaba préstamos de Arabia Saudita a la Organización por la Liberacion de Palestina (OLP), para que su presidente, Yassir Arafat, estuviera más dispuesto a aceptar las proposiciones de Israel, sin importar las amenazas de muerte de los fundamentalistas.
En el caso de Palestina esa estrategia ha dado resultado, al menos en principio, pero ese antecedente no garantiza que funcione en otras latitudes, como en el caso específico de Bosnia. Entre tanto, la política exterior de Estados Unidos, que debería haberse abierto más ante la desaparición de la amenaza comunista, se ha vuelto, por el contrario, más selectiva. Si en el pasado la presencia soviética en un país o en una región impulsaba inmediatamente la respuesta estadounidense, hoy Washington reclama la prerrogativa de hacerse el de la vista gorda donde no tiene intereses. Ese es el motivo para que partes del mundo tan conflictivas como Sudán o Liberia no generen atención y para que los atentados de Boris Yeltsin contra la incipiente democracia rusa sean considerados en Washington como pecadillos.
Entre tanto, el secretario general de la ONU, Boutros Boutros-Ghali, se enfrenta a la realidad de que su política de imposición armada de la paz depende demasiado de lo que se decida en Estados Unidos. Ninguno de los aliados europeos parece estar dispuesto a mantener sus tropas en Somalia más allá de la permanencia de los estadounidenses, que culminará en marzo. En esa nación, todo indica que el caos regresará casi inmediatamente. A su vez, Haití podría encaminarse hacia la anarquía.
Lo que parece demostrado es que no hay intervención militar humanitaria que merezca ese nombre, porque las situaciones que causan el sufrimiento tienen motivos políticos. Y, que, en ausencia de un mundo bipolar, en el que dos superpotencias se atraen y repelen entre sí, el mundo, sencillamente, no tiene superpotencias.

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