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| 12/20/1993 12:00:00 AM

Un Tratado con futuro

América Latina desempeñó un papel crucial en la aprobación del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá.

EL PROYECTO PASO POR MAS VOTOS DE LOS que se esperaban. Con un conteo de 234 a favor y 200 en contra, el Tratado de Libre Comercio estadounidense (TLC), conocido por su sigla en inglés como Nafta, fue aprobado por la Cámara de Representantes en la batalla legislativa más importante de la presidencia de Bill Clinton. Como su aprobación en el Senado está practicamente asegurada, el instrumento entrará en vigencia el primero de enero de 1994. De esa forma se irán aboliendo gradualmente los aranceles y otras barreras al comercio entre Estados Unidos, Canadá y México hasta conformar un mercado común desde el Yukón, en Alaska, hasta Yucatán, en el extremo sur azteca.
El triunfo del Tratado sirvió paracalibrar la personalidad de estadista Clinton. Como dijo Thomas Foley presidente de la Cámara, "Clinton bajo más que ningún presidente que yo haya conocido, y he estado aquí 30 años". Con tenacidad, el Presidente sobrepuso a la virtual derrota anunciada del proyecto, trabajó personalmente cada voto y más tarde jugó sus cartas hábilmente, pues no dejó traslucir que ya tenía suficientes (algo que estaba confirmado desde varias semanas atrás) para evitar que se le escurrieran algunos representantes indecisos. Como si fuera poco, aprobó la celebración del debate televisivo de su vicepresidente Al Gore con Ross Perot, una de las apuestas políticas más altas, que se recuerden.
Al final se impuso porque sabía que de por medio estaba el liderazgo mundial de su país. El mérito es todo suyo. Pero como expresión de que algo está cambiando, por primera vez un presidente estadounidense se apoyó en forma muy importante en América Latina. Al fin y al cabo, la discusión crucial para Estados Unidos se refería a la integración con México, pues con Canadá no sólo ya existía un acuerdo, sino que el comercio entre México y este es de menor importancia.
No bien conocida la noticia de la aprobación, varios gobiernos de Latino américa, con el de Colombia en primer lugar, se apresuraron a felicitar a Clinton y a expresar la disponibilidad de los respectivos países para integrarse en el pacto. Sin embargo, no siempre existió tanto entusiasmo. Cuando se hizo por primera vez el anuncio de un acuerdo de libre comercio del area norte, fue recibido con frialdad en toda América Latina. En ese momento junio de 1991 los países del área no habían abierto sus economías y, antes que congratularse por la medida, la sensación entre los presidentes era que México se había perdido para el bloque latino.
Esas reticencias tuvieron sus principales exponentes en Brasil, un país con un estado paquidérmico, una economía proteccionista y un proceso privatizador en pañales, y en Centroamérica, donde el acuerdo produjo inquietudes tanto en inversiones como en comercio. La actitud centroamericana resultó tan ostensible que México tuvo que comprometer 100 millones de dólares para el Banco de Desarrollo de Centroamerica con el objetivo de tranquilizar a sus socios del istmo.
Por su parte, la estrategia inicial del gobierno de Clinton que, siendo demócrata heredó el proyecto del republicano George Bush fue darle al asunto un tratamiento exclusivamente interno, a tal punto que, cuando algunos gobienos nos ofrecían sus buenos oficios, la Casa Blanca pedía discretamente que se hicieran a un lado. La discusión se concentraba entonces en si el tratado iba a eliminar puestos de trabajo en Estados Unidos por la posibilidad de que muchas empresas se trasladaran a Mexico en busca de menores salarios. Pero a pesar de que las cifras que se barajaban eran insignificantes (uno cuantos cientos de miles de puestos son cifras mínimas en una fuerza laboral de más de 130 millones de personas), el tema del empleo causó mucho daño. Fué el 26 de septiembre pasado, en la vispera de la Asamblea General de Naciones Unidas, en Nueva York, cuando Clinton dió el viraje decisivo. Esa noche el presidente estadounidense se reunió en el hotel Waldorf Astoria con algunos de sus colegas del sur, incluidos los presidentes de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Losada; El Salvador, Alfredo Cristiani, y Colombia, Cesar Gaviria. En esa reunion, Clinton cambió su postura, porque era claro que estaba corto de votos. A partir de entonces, dijo, la Casa Blanca recibiría con beneplácito la ayuda de sus amigos del sur interesados en el tema de la integración.
Clinton y Gaviria se vieron en privado al día siguiente, y el principal tema de conversación fue el Nafta. El colombiano le presentó un documento en el que se mostraba que, tras la apertura de la economía colombiana, el comercio internacional con Estados Unidos creció el 69 por ciento, el mayor incremento de cualquier país en el úItimo año. Clinton salió muy impresionado de la reunión, se llevó los datos de Gaviria y de hecho convirtió a Colombia en el caso de estudio sobre integración y apertura.
El apoyo de Colombia se manifestó también en la cumbre del G-3 (Colombia, Venezuela y México) y el Caricom -organismo de integración del Caribe anglohablante-, celebrada el 12 de octubre, y tres dias más tarde en la reunión cumbre del Grupo de Río, en Santiago (Chile). En ambos encuentros propició tanto las resoluciones de apoyo al Nafta que se dice que el gobierno mexicano está agradecido porque Gaviria le "colgó" el tratado al resto de América. Tales resoluciones tuvieron el efecto adicional de evitar que se argumentará la indiferencia o incluso la hostilidad del resto de América al Tratado.
Lo cierto es que el gobierno de Gaviria aprovechó la coyuntura para dar a conocer al país y lo logró . Colombia, practicamente inexistente hasta hace un par de meses, se convirtió en una mención casi obligada cada vez que se hablaba de Nafta. Clinton lo hizo varias veces, los editoriales de los principales periódicos también, y, en la noche del debate, el tema de Colombia fue mencionado por no menos de seis parlamentarios favorables a la aprobación del Tratado.
La representación diplomática colombiana en Washington, a cargo del embajador Gabriel Silva, inició también un trabajo minucioso del lobbying. El embajador visitó a unos 20 parlamentarios, con una presentación basada en hechos y datos concretos.
La presentación se basó en los datos oficiales del comercio de cada Estado con Colombia, y en la producción de empleos como consecuencia de ese crecimiento. Junto con un artículo deGaviria publicado en lugar preferencial por el diario The Washinton Post, el resultado de las gestiones fue demoledor, pues lo cierto es que el nombre de Colombia comenzó a ser mencionado como uno de los más posibles adherentes a Nafta a corto o mediano plazos.
La actuación colombiana resultó clave también porque, por solicitud de la propia Casa Blanca, el equipo de lobbying de México estaba paralizado por el temor de Clinton de que la presión méxicana resultara contraproducente por ser parte interesada. Chile, que desde hace varios años había vendido la idea de que sería el primero en entrar, estaba por fuera por la misma razón. Colombia, en cambio, tenía a su favor no sólo que su presentación se basaba en cifras concretas, sino que ellas estaban destinadas no a defender al Nafta, sino a un principio abstracto: las bondades del libre comercio.
Aunque la prontitud con que envió su carta de felicitación parece demostrar lo contrario, Gaviria no da la impresión de estar muy interesado en que el país se integre demasiado pronto al Nafta. Pero dentro de las multiples negociaciones que debió hacer Clinton con los partidarios del N0 se incluyó en el Tratado un procedimiento muy puntual para la admisión de nuevos países. De esa forma, el gobierno de Estado Unidos deberá presentar al Congreso antes del 21 de mayo de 1994 la lista de los países que podrían integrarse en la primera tanda.
Si Colombia no está en esa lista, no podría ingresar hasta la misma fecha de 1997. Por eso, sí bien el objetivo no es ingresar inmediatamente, si se considera fundamentalmente estar en disponibilidad de hacerlo al menos a mediano plazo.
El TLC o Nafta podría ser el instrumento fundamental de las relaciones internacionales del continente hasta bien entrado el siglo XXI. Su aprobación abre paso al éxito del Gatt (Acuerdo General sobre Aranceles Aduanero y Comercio). Por eso se dice que, con eltriunfo del acuerdo, el futuro ha vencido sobre el pasado.

No hay prisa
AUNQUE PUDIERA PARECER lo contrario, Colombia es uno de los países de América Latina que menos prisa tendría en integrarse al Tratado de Libre Comercio (TLC o Nafta). La razón es que el comercio internacional del país está cubierto por varios mecanismos que aseguran el acceso privilegiado a los mercados más importantes del mundo.
El primero de esos mecanismos es la Ley de Preferencias Comerciales a Países Andinos, que nació en julio de 1992 como una especie de retribución del gobierno de George Bush por los esfuerzos de estos Estados (Colombia, Bolivia, Ecuador y Perú) en la lucha contra el tráfico de drogas.
Ese instrumento permite que el 90 por ciento de las exportaciones colombianas entren a Estados Unidos sin aranceles durante 10 años. Se trata de una concesión unilateral aún más favorable que la obtenida por México a través del Nafta.
Por otro lado, por los mismos motivos la Comunidad Europea (CE) expidió en mayo de 1990 la eliminación de aranceles para Colombia, Perú y Bolivia durante un período de cuatro años. Ese plazo expira el año entrante, pero su renovación es muy posible.
En America Latina, Colombia dispone de los mecanismos del Pacto Andino, está totalmente integrada con Venezuela y Ecuador, mientras con Chile se celebrará un acuerdo, probablemente el próximo 6 de diciembre.
El acuerdo de libre comercio del Grupo de los Tres (Colombia, México y Venezuela), está a punto de culminarse, y se espera firmarlo antes de las elecciones venezolanas del 5 de diciembre.
Se avanza con el Mercado Común Centroamericano y con el Caricom, organismo del Caribe anglohablante, en el que Jamaica parece interesado en iniciar el proceso con un convenio bilateral. Argentina, con su Mercosur, tiene el lastre de Brasil a lo que se añade que ese es un pacto no compatible con el Nafta. Pero tampoco se descarta alguna aproximación en esa área.
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