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| 3/17/2003 12:00:00 AM

¿Una guerra justa?

SEMANA presenta, en exclusiva para Colombia, el texto escrito por el ex presidente norteamericano Jimmy Carter a propósito del conflicto de Estados Unidos contra Irak.

Han venido ocurriendo profundos cambios en la política exterior norteamericana, con los cuales se han echado atrás compromisos bipartidistas que se venían aplicando de manera consistente y que por más de dos siglos le han ganado a nuestra nación una imagen de grandeza.

Dichos compromisos han sido predicados sobre la base de principios religiosos básicos, del respeto por la ley internacional y de alianzas que condujeron a sabias decisiones y a una actitud de restricción mutua. Nuestra aparente determinación de lanzar una guerra contra Irak sin contar con apoyo internacional constituye una violación de aquellas premisas.

En mi calidad de cristiano y de ex presidente que durante su gobierno fue provocado en forma severa por graves crisis internacionales me familiaricé completamente con los principios de una guerra justa. Hoy, está claro que un ataque fundamentalmente unilateral contra Irak no cumple con las condiciones de una guerra justa.

Lo anterior constituye prácticamente una convicción universal de los líderes religiosos, con la muy notable excepción de unos cuantos portavoces de la Unión Bautista del Sur, quienes están grandemente influenciados por su compromiso con Israel, el cual se basa en teología escatológica, es decir, relacionada con los últimos días del mundo.

Para que una guerra sea justa, ella debe cumplir con ciertos criterios claramente definidos.

La guerra solamente debe ser utilizada como opción de última instancia, cuando todas las opciones no violentas se hayan agotado. En el caso de Irak es obvio que existen claras alternativas a la guerra. Dichas opciones -propuestas previamente por nuestros propios líderes y aprobadas por Naciones Unidas- fueron planteadas nuevamente por el Consejo de Seguridad el viernes.

Sin embargo ahora, aunque nuestra seguridad nacional no se encuentra directamente amenazada y a pesar de la abrumadora oposición de la mayoría de las personas y de los gobiernos del mundo, Estados Unidos parece decidido a llevar adelante acciones militares y diplomáticas que prácticamente no tienen precedentes en la historia de los países civilizados.

La primera etapa de nuestro plan de guerra ampliamente publicitado consiste en lanzar 3.000 bombas y misiles sobre una población iraquí relativamente indefensa, durante las primeras horas de una invasión, con el propósito de lastimar y desmoralizar a tal punto a la población que ésta se decida a cambiar a su nefasto líder, el cual muy probablemente estará escondido y a salvo durante el bombardeo.

Las armas de la guerra deben discriminar entre combatientes y no combatientes. El masivo bombardeo aéreo, inclusive aunque se efectúe con gran precisión, inevitablemente trae consigo 'daños colaterales'. El general Tommy R. Franks, comandante de las fuerzas norteamericanas en el Golfo Pérsico, ha expresado preocupación porque muchos de los objetivos militares se encuentran cerca de hospitales, escuelas, mezquitas y hogares.

La violencia de la guerra debe ser proporcional al daño que hayamos sufrido. Aparte de los demás crímenes, muy serios, cometidos por Saddam Hussein, los esfuerzos norteamericanos para vincular a Irak con los ataques terroristas del 11 de septiembre no han sido convincentes.

Los atacantes deben contar con la autoridad legítima conferida por la sanción de la sociedad que dicen representar. El voto unánime de aprobación del Consejo de Seguridad para la eliminación de las armas de destrucción masiva de Irak aún puede ser cumplido; pero nuestras metas anunciadas ahora son las de cambiar el régimen y de establecer la Pax americana en la región, tal vez ocupando durante una década ese país que está tan dividido por sus enfrentamientos étnicos. No contamos con la autoridad internacional para estos objetivos.

Aunque Turquía aún puede ser atraída para que nos ayude mediante la promesa de enormes recompensas financieras y del futuro control parcial de los kurdos y del petróleo del norte de Irak, su Parlamento democrático por lo menos ya ha sumado su voz a las expresiones mundiales de preocupación.

La paz que establezca debe constituir una clara mejoría en relación a la situación existente. Aunque existen visiones de paz y democracia en Irak es bastante posible que una invasión militar desestabilice la región e impulse a terroristas a amenazar aún más nuestra seguridad interna. También ocurre que, al desafiar la oposición abrumadora del mundo, Estados Unidos socave a las Naciones Unidas como una institución viable para la paz mundial.

¿Qué pasará con el estatus mundial de Estados Unidos si no vamos a la guerra luego de semejante despliegue de fuerza militar en la región? La sincera simpatía y la amistad ofrecida a Estados Unidos luego de los ataques del 11 de septiembre, inclusive por parte de regímenes otrora antagónicos a nosotros, han sido dilapidadas, pues las políticas cada vez más unilaterales y prepotentes han reducido la confianza internacional en nuestro país al nivel más bajo que quepa recordar.

La estatura de Estados Unidos seguramente decrecerá más aún si lanzamos una guerra en franco desafío a las Naciones Unidas. Sin embargo, la utilización de la presencia y la amenaza de nuestro poderío militar para obligar a Irak a cumplir con las resoluciones de Naciones Unidas -con la guerra como opción final- reforzará nuestro estatus como campeones de la paz y la justicia.

(Jimmy Carter, 39º Presidente de Estados Unidos, es el presidente de la junta directiva del Centro Carter, en Atlanta, y ganador del Premio Nobel de la Paz en 2002.) © The New York Times Syndicate
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