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| 8/8/1994 12:00:00 AM

UNA INTERVENCION AMBIGUA

La presencia 'humanitaria' de los franceses en Ruanda tiene el trasfondo de la permanente disputa europea por la influencia en el continente negro.

CUANDO SE RECRUDECIO LA GUERRA CIvil de Ruanda, tras la muerte del presidente Juvenal Habyarimana, el gobierno francés se limitó a enviar tropas para evacuar a los residentes de esa nacionalidad, en vista del peligro que representaba para sus vidas el furor asesino que se apoderó de los miembros de la tribu hutu, a la que pertenecía el dictador. En ese momento, el ministro de Relaciones Exteriores de París, Alain Juppé, sostuvo que Francia no podía a estas alturas convertirse, como en tantas otras ocasiones en el pasado, en el gendarme de Africa.

Pero luego de 10 semanas de horribles masacres en las que la tribu tutsi (o watutsi), antagonista de la anterior, ha perdido más de 500.000 de sus miembros, el gobierno del Elísco decidió que su presencia era necesaria por "razones humanitarias". Dicho y hecho: Francia consiguió el aval del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas, el respaldo logístico de otros aliados europeos, y pronto los primeros soldados franceses se encontraban en territorio ruandés, para establecer una zona de seguridad en la que los cientos de miles de desplazados por la guerra tuvieran un refugio seguro.

Pero no todo es tan sencillo, porque al fin y al cabo después de que han pasado 30 años de la descolonización, no es tan obvio ni tan común que las ex metrópolis europeas envíen sus tropas a sus inmanejables ex colonias. Para el prestigioso diario británico The Financial Times, el gobierno francés actuó movido, por lo menos, por una intensa crisis de culpabilidad, porque siendo Ruanda uno de los países francófonos de Africa, durante años fue el principal aliado (y hoy, tal vez a su pesar, descubre que fue cómplice) del dictador Habyarimana.

En eso consiste la principal crítica a la intervención gala: Francia no puede exhibir la neutralidad que es absolutamente necesaria para interponerse en un conflicto civil de la naturaleza del que afecta a Ruanda. De hecho, va en 1991 París envió una fuerza de varios miles de soldados para salvar al gobierno de Habyarimana de una derrota casi segura a menos de la primera gran ofensiva del rebelde Frente Patriótico Ruandés, conformado mayoritariamente por miembros de la tribu tutsi. En ese sentido, es por completo comprensible que su comandante, el general Paul Kagame, haya rechazado la presencia francesa, y que lo que queda del gobierno, refugiado en dos poblaciones cercanas a la frontera norte con Zaire, tenga la llegada de los franceses como su tabla de salvación.

Esa crítica adquiere mayores dimensiones si se tiene en cuenta que, según testimonios muy confiables, las matanzas de tutsis comenzaron a ser perpetradas desde 1992 no sólo por el ejército, sino por las milicias policiales Interahamwe, entrenadas también por asesores franceses. Por eso resulta al menos extraño que sólo ahora París considere que es necesario enviar una fuerza de "interposición", como si los muertos de ahora valieran más que los de hace dos años.

De ahí que las razones para el súbito furor de los franceses por intervenir en Ruanda deben ser buscadas en otro ámbito, el de la protección de lo que sus estrategas llaman "los intereses franceses" en el continente negro. Unos intereses que siempre se han cifrado en mantener en el poder, a como dé lugar, a los dirigentes amigos, sea cual fuere su actitud ante su pueblo.

Lo cierto es que el Quay D'Orsay (el ministerio de Relaciones Exteriores francés) siempre ha considerado en privado que la vecina Uganda, que pertenece a la esfera de influencia británica, ha brindado apoyo a los rebeldes, y, por extensión, acusa a Gran Bretaña por no haber ejercido suficiente presión sobre Uganda para detener ese apoyo. Para los estrategas franceses, un triunfo del FPR significaría una estrecha alianza con Uganda, la pérdida de la influencia francesa y, horror de horrores, que de pronto los ruandeses dejaran de hablar francés.

Eso subraya lo que algunos observadores han llamado "extraña relación" de Francia con sus ex colonias, con las que, al menos a sus propios ojos, comparte el amor por la "civilización francesa" y la convicción de que París es el centro del universo.

Los franceses enviaron sus tropas a Ruanda convencidos de que aún se podía salvar al gobierno heredero de Habyarimana, para buscar algún tipo de acuerdo que dejara incólume su influencia, pero se encontraron con la realidad del triunfo inminente de los rebeldes.

Tal vez con este baldado de agua fría los dirigentes de la política exterior francesa entiendan, por fin, que las reglas han cambiado y que las viejas esferas de influencia de épocas coloniales superadas, ya no son ni sombra de lo que fueron.
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