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| 2/2/2004 12:00:00 AM

Una mañana como otras

Un nuevo atentado sacudió a Israel justo cuando se producía el canje de prisioneros con el grupo Hizbollah. Adriana Puerta, corresponsal de SEMANA, estuvo allí.

Esa mañana del 29 de enero, Meshulam Perleman llegó como de costumbre a su pequeña floristería de la calle Rehavia en Jerusalén. Con la tranquilidad de estar comenzando un día normal, organizaba un par de materas de flores rojas y amarillas, cuando escuchó el sonido inconfundible de una explosión fatal. Sólo tuvo que mirar a su izquierda, unos metros abajo, para entender lo que ocurría: un bus había estallado. Observó una gran nube de humo y pedazos de metal del techo que volaban entre los árboles. Cuando vio a lo lejos el cuerpo del chofer, derribado frente al timón, decidió entrar al bus para ayudar a las víctimas de un nuevo atentado suicida en Jerusalén. Para este hombre que no pasa de los 60 y dice haber participado en la guerra de Yom Kippur de 1973, la escena era impresionante. Dentro había personas con la cara cubierta de sangre, pedazos de cuerpos y algunos pasajeros aprisionados por el metal. También había un par de personas heridas que desde sus asientos miraban hacia el infinito, inmóviles. El y los demás transeúntes que habían subido al bus fueron reemplazados rápidamente por los policías y voluntarios de los organismos de socorro que llegaron con rapidez para realizar un operativo que ya conocen de memoria. Con sus ojos cubiertos de lágrimas, Perelman regresó a su negocio de flores de colores y se quedó parado en la esquina, respondiendo las preguntas de los periodistas. "Creo en la paz, tenemos que ser fuertes y siento que mi papel ahora es hablar para que no se olvide lo que pasó hoy aquí".



En una calle de Rehavia

La explosión de este 28 de enero se produjo minutos antes de las 9 de la mañana en las esquinas de las calles Azza y Arlozorov, en el sector residencial de Rehavia. El bus verde de la línea 19 que recorre varios lugares centrales de Jerusalén quedó destrozado en medio de una calle estrecha, rodeada de árboles, jardines, casas de fachada clara y pequeños negocios. La huella de la tragedia quedó grabada para siempre en este lugar después de que Ali Juara, un miembro de la policía de Belén de 24 años, detonó en la parte trasera del bus, la carga explosiva que llevaba atada a su cuerpo. Desde ese instante, el sol que iluminaba de forma inusual esa mañana de Jerusalén en invierno se escondió para siempre para Eli, Baruch, Chana, Dana y Rose, cinco de las 10 víctimas que murieron en este atentado. Las mismas que según el gobierno de Israel se suman a la lista de 635 civiles israelíes que han perdido la vida desde septiembre de 2000, cuando comenzó la Intifada o levantamiento palestino. El sitio de la explosión estaba próximo a Moment Café, donde 13 personas también murieron en marzo de 2002, por un ataque suicida y muy cerca de la residencia del primer ministro israelí Ariel Sharon. Mientras los operativos avanzaban, una periodista narraba con tono dramático a la radio inglesa: "En este momento, algunos hombres recogen con rapidez los escombros, vidrios y los pedazos de lata que quedaron del bus, y otro grupo limpia la sangre que aún podemos ver y oler en la calle".

Ahí, entre los transeúntes también se encontraba un grupo de judíos ortodoxos que dijeron oponerse a la entrega de territorios a los palestinos, y un hombre armado que dijo ser colono y negarse a abandonar su casa en uno de los asentamientos. "Hechos como este demuestran que no podemos cederles tierra ni creerles a los palestinos", decía. A pocos metros, Yossi Schultzman, voluntario de la organización Maguen David Adom -servicio de atención de emergencias israelí- dijo haber llegado al lugar pocos minutos después. "Estamos preparados las 24 horas del día para estas situaciones", dijo. Algunos de los vecinos de la calle miraban a través de las ventanas rotas. Lily Berger, una mujer de 65 años que emigró de Rusia hacía casi una década y vive a pocos metros del lugar, caminó hasta el sitio para expresar su opinión. "A pesar de esto, quiero creer que el futuro va a ser mejor. Es muy triste saber que alguien puede quitarle la vida con tanta frialdad a gente inocente. Aunque cuesta ser optimista, yo espero que podamos tener paz en Israel, que judíos y palestinos podamos vivir aquí". Junto a ella, callaba, atontado, su nieto Aaron, un sabra

-nacido en Israel- de 17 años y cubierto con una kipa -gorrito que usan los judíos observantes-.

Desde el 9 de septiembre no había un atentado suicida así en Jerusalén. En ese entonces, una bomba explotó y terminó con la vida de una docena de personas en el café Hillel de la calle Emek Refaim. Y es que a pesar de los esfuerzos y el trabajo intenso de los Servicios de Seguridad israelíes, el terrorismo sigue estando presente en la Ciudad Santa. Respecto a los operativos, Mickey Levy, jefe de la Policía de Jerusalén, dijo que se encontraban en un estado de alerta normal y que como es usual habían frustrado varios intentos de atentado en los últimos días.



¿Punto cero?

Con su grabadora y una libreta de notas en la mano, Doménec Subira, un periodista español que trabaja para la radio de Cataluña, cuenta que en el momento del atentado iba para un puesto de control en los territorios palestinos a cubrir un hecho relacionado con la liberación de presos por parte de Israel. Respecto al futuro y a las soluciones que puede tener este conflicto, se muestra escéptico. Dice no ver una voluntad política de las partes y siente que ambas no están dispuestas a discutir algunos puntos. Igualmente ve que los movimientos palestinos no están unificados ni muestran un horizonte claro.

En el lugar de los hechos también se encontraba Bernardo Reznick, un abogado de 45 años que trabaja cerca y dijo que cada vez le cuesta creer más que haya una salida a este conflicto. "Esto se produce en medio del intercambio de prisioneros de Israel y el grupo terrorista Hizbollah y ante una posible reunión entre las autoridades palestinas e israelíes. A esto le seguirá seguro una incursión israelí en los territorios y luego vendrá la represalia palestina, un círculo que no parece terminarse, volvemos al punto cero". A su voz se une la de Sara Fleiderman, una argentina que vive desde hace 40 años en Israel. Después de entregar a los voluntarios algunos objetos personales impregnados de sangre que entraron por las ventanas, dijo creer que "la mayoría de los palestinos quiere la paz y que los responsables de estos hechos siempre son gente extremista".

A eso del mediodía, la calle ya estaba limpia y las huellas que hablaban de muerte habían sido borradas con una rapidez impresionante, resultado de años de convivencia con la tragedia. En las calles próximas del centro de Jerusalén, el tráfico era difícil y hombres de la policía y de los servicios de seguridad rodeaban varios paraderos de bus. En una de las vías próximas al barrio judío ortodoxo del Mea Shearim, un bus palestino con letras árabes en sus puertas estaba detenido. A un lado, una fila de pasajeros árabes aguardaba contra la pared, la requisa de la policía de Israel. Como ya es costumbre, las emisoras musicales reemplazaron su programación habitual por melodías tranquilas cuyas letras hablaban de tiempos mejores o incluían la palabra shalom -paz- en sus letras. Mientras las imágenes del atentado protagonizan las primeras páginas de la prensa y el gobierno de Israel dice en su pagina web que de haber estado terminada la valla que actualmente se construye hubiera evitado esta masacre, los primeros ministros de Israel, la Autoridad Palestina y la opinión internacional condenaban el hecho. Y la gente en Jerusalén seguía subiendo a buses como el de la línea 19. Porque como dijo

Meshulam Perleman, testigo de lo ocurrido: "¿Qué podemos hacer? Esto no es nuevo para nosotros, aquí la vida sigue".
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