Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1995/12/04 00:00

UNIDAD, POR AHORA

Aunque la secesión de Quebec ha sido derrotada, el nacionalismo de sus ciudadanos sigue intacto.

UNIDAD, POR AHORA

ESTA VEZ, LA UNIDAD DE Canadá se salvó por un pelo. Si en el anterior referéndum de 1980 la separación de la provincia de Quebec recibió apenas el 40 por ciento de los votos, en esta ocasión el SI perdió por menos del 1 por ciento. En la ciudad de Quebec, silenciosa después de acallados los cantos triunfales de unós y las exclamaciones desilusionadas de otros (sin que nadie vacilara en acatar democráticamente el veredicto de las urnas) la idea de que 'quien pierde, gana' fue ganando terreno. El escaso margen que dio el triunfo al NO obligará a Otawa, la capital federal, a tomar medidas para que su hija díscola (que ya está prometiendo otro referéndum) no abandone la familia. Pero, ¿qué hacer para retenerla?, ¿qué quieren los quebequeños?
Lo que impresiona es que la idea separatista es totalmente ajena a las realidades financieras, comerciales y políticas ante las cuales se revela como un verdadero disparate que desmembraría a un país que forma parte del Mercado Común norteamericano, del Tratado del Atlántico Norte, de los Siete más industrializados del mundo. Porque lo cierto es que a los 'soberanistas' todo eso parece importarles muy poco. Simplemente exigen ser reconocidos como una sociedad cultural y nacional netamente distinta de las otras provincias anglófonas. Desde los años 70 los primeros ministros quebequeños (cada provincia tiene su parlamento y su primer ministro) consagraron sus mayores esfuerzos a dar esa satisfacción a sus conciudadanos, al tiempo que se negaban a firmar la Constitución de 1982. Las cosas se volvieron más difíciles con la llegada al poder federal del partido liberal, liderado por el actual primer ministro Jean Chretien, que negó la existencia de un problema constitucional considerando que las otras nueve provincias habían firmado la nueva carta magna y que la Corte Suprema la había aprobado. Pero no se soluciona un problema ignorándolo, en especial cuando se trata de un problema que arrastra una fuerte dosis emocional.
Por otro lado, los quebequeños se sienten sitiados por el empuje de Estados Unidos al sur y por las provincias anglosajonas al oeste; razón de más para aferrarse a sus 'diferencias', a su francofonía hasta un punto que frisa la obsesión. En la autopista que a lo largo del río San Lorenzo va desde Montreal a Quebec no se lee un solo signo de Stop sino de Arret. Nadie hace Shopping sino que va a Magasiner, un término desconocido en Francia. A un Merci responden Bienvenu, una traducción inconsciente del inglés "Yoa are wellcome". Finalmente el francés quebequeño da en ciertos casos una vuelta de 180 grados insidiosamente penetrado por el inglés y traducido del inglés.
¿Cómo no comprender que los habitantes de la Belle Province quieran defenderse? Pero ese respetable amor a su historia y a su cultura puede deslizarse peligrosamente hacia el nacionalismo a ultranza, verdadera aberración en un país de inmigración. Eso fue lo que dictó al primer ministro quebequeño 'soberanista' una frase que la prensa consideró en Quebec y en Francia como un empujón hacia su renuncia más rápidamente de lo previsto. Jacques Parizeau exclamó al reconocer el fracaso del SI, refiriéndose a los inmigrantes no francófonos: "Perdimos frente al dinero y por el voto étnico". La renuncia de Parizeau ofrece cierto respiro a Otawa, que hasta su cesación efectiva como primer ministro de Quebec tiene aún dos meses, pero su probable sucesor, Lucien Bouchard, un 'soberanista' aun más convencido y carismático, ya ha rechazado la mano tendida del primer ministro canadiense Jean Chretien, quien ha prometido innovaciones importantes para que las 10 provincias avancen hacia un destino común. Eso hace pensar que el tema de la independencia de Quebec, con su peligrosa influencia sobre otras minorías lingüísticas del mundo, ciertamente no está cancelado.

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