Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2003/12/15 00:00

Unión en entredicho

El debate sobre la Constitución de la Unión Europea revela diferencias fundamentales entre sus miembros más poderosos y los más débiles.

El sistema de votación del Consejo Europeo abrió una brecha entre el presidente español, José María Aznar, y los más poderosos, como el presidente francés, Jacques Chirac, y el canciller alemán, Gerhard Schroeder.

"Tenemos dos opciones: una Europa dividida que sólo sea un espectador en el escenario político mundial, o una Europa unida que contribuya a la paz, el crecimiento y el desarrollo sostenible", afirmó Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea en un reciente discurso en Bruselas. Prodi se refería a las discusiones sobre el borrador de la nueva Constitución y sus palabras cayeron como anillo al dedo ante la incertidumbre que se vive en la Unión Europea (UE) pues, por lo visto durante los últimos meses, la Unión no ha logrado dar un paso hacia la integración sin que de inmediato surjan profundas divisiones. Al parecer, el sueño de que un día el Viejo Continente se convierta en una gran nación atraviesa por uno de sus momentos más difíciles.

Las controversias han estado a la orden del día. Y nada mejor para demostrarlo que el debate sobre la nueva Constitución, pues después de los 19 meses que ha tomado redactar un borrador, siguen abiertas discusiones como la de nombrar o no a Dios en la 'carta magna', o el papel que debe cumplir el eventual ministro de Relaciones Exteriores.

Pero si algo quedó claro del Consejo Intergubernamental es que el debate más álgido es el que tiene que ver con el sistema de votación, que es un reflejo de cómo está distribuido el poder dentro de la UE. Al cierre de esta edición todavía no se había llegado a un acuerdo sobre el tema, las opiniones seguían divididas y muchas decisiones estaban a punto de posponerse para el próximo año.

El problema es que el borrador de la Constitución plantea una reforma de fondo a un importante acuerdo de hace dos años, conocido como el acuerdo de Niza. Este le daba a países medianos como España y Polonia prácticamente el mismo poder de decisión en el Consejo Europeo que Alemania, que es de lejos el Estado más grande de la Unión y tiene el doble de población que estas naciones. La propuesta de reforma que se estaba discutiendo, y que se conoce como el sistema de doble mayoría, les otorga a los Estados más grandes -y más ricos-, como Francia, Gran Bretaña, Italia y la misma Alemania, el mayor poder de decisión.

El tema, por supuesto, es el que ha originado los mayores roces, pues muchos dudan que funcione el sistema de votación del acuerdo de Niza, cuando en mayo de 2004 se integren a la UE 10 nuevos países de Europa del Este que son en su mayoría pequeños. "Las instituciones existentes para tomar decisiones no funcionarán para una UE de 25 miembros. Y las propuestas de la convención, que son más bien conservadoras, no parecen haber movilizado el apoyo que necesitan", dijo a SEMANA Martin Schain, director del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Nueva York (NYU). Pero los países medianos y menos poderosos, como España, Polonia o Portugal, no están dispuestos a perder lo que han alcanzado hasta ahora.

Por su parte, el presidente rotativo de la UE y primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, no ha hecho sino complicar la situación. A lo largo de la semana aseguró que es indispensable aprobar el borrador de Constitución que propone el sistema de doble mayoría y lanzó fuertes críticas al presidente español José María Aznar, quien es el principal opositor de la reforma. Berlusconi, claro, quiere que el período de su presidencia en la UE termine con una Constitución aprobada y no pase a la historia como una colección de desafortunadas intervenciones públicas. Por eso ha apoyado incondicionalmente a Francia y Alemania, que quieren los menores cambios posibles en el borrador de Constitución Y es que el eje francoalemán no está dispuesto a perder su poder. "Queremos un acuerdo que refleje nuestra idea de la Europa del mañana. Simplemente no me puedo imaginar que uno o dos países puedan bloquear el progreso que otros quieren", dijo el presidente francés, Jacques Chirac, el pasado martes en una rueda de prensa, al salir de una reunión con el canciller alemán, Gerhard Schroeder. Por eso los más pesimistas piensan que lo que se logrará con la nueva Constitución y la expansión de la UE es solo una zona económica más grande. Pero que las decisiones de fondo, como la política de seguridad o las relaciones exteriores, quedarán siempre en manos de los países poderosos.

Justamente eso es lo que han demostrado Francia y Alemania en las últimas semanas, pues ellos mismos son los primeros en incumplir los pactos económicos. Por ejemplo, hace dos semanas violaron el límite de déficit fiscal acordado por los miembros de la Unión. Por si fuera poco, y a pesar de las protestas de muchos, persuadieron a las autoridades financieras para que no les impusieran las drásticas sanciones que estaban previstas para esta infracción.

Esta arrogancia no ha hecho más que aumentar las divisiones internas, como lo muestra el revés que ha sufrido la política de defensa común que hasta hace poco se mostraba como uno de los mayores avances de la Unión. Por ahora, y aunque los miembros acordaron que la UE debía poder planear y llevar a cabo sus propias operaciones militares, los europeos han abandonado la idea de establecer un cuartel general de operaciones separado de la Otan en Tervuren, Bélgica. Además, cualquier operación militar estaría sujeta al veto de cualquier miembro de la Unión.

Lo único que parece claro, por el momento, es que a la UE le hace falta superar muchas diferencias para lograr una verdadera integración política. Y queda abierta la pregunta de si una Constitución realmente representa esa integración. Como dijo a SEMANA Sebastian Wolf, investigador de la UE en la Universidad de Darmstadt, Alemania: "La Constitución no hace una Europa más unida y no representa un gran paso hacia la integración sino sólo una combinación de tratados anteriores con algunas nuevas disposiciones".

La integración política, sin embargo, no es algo que se logre de la noche a la mañana. A los europeos les tomó 50 años alcanzar una moneda común. Puede que alcanzar que 450 millones de personas de 25 países se unan bajo una sola Constitución lleve unos cuantos años más.

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