Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1988/12/26 00:00

UNO PARA TODOS

Las elecciones en Canadá dan vía libre al mercado común norteamericano.

UNO PARA TODOS


Como se esperaba, la votación en Canadá fue masiva. Siguiendo la tradición de este país, los votantes atravesaron tormentas de nieve, aguaceros y ventiscas en las regiones más apartadas, para expresa su voluntad en las urnas. Pero la razón para semejante despliegue democrático no era solamente la de continuar una tradición de participación electoral. Como en otras cuatro ocasiones en su historia, los canadienses votaron para decidir sobre su integración comercial con Estados Unidos. Un paso trascendental que podría cambiarle la cara al mundo de los negocios.

Cuando se cerraron las votaciones era clara la victoria del sí al pacto comercial. El partido Conservador Progresista, del primer ministro Brian Mulroney, había conseguido una victoria calificada como la más grande de la historia del país. Con 5.6 millones de votos, consiguió el 43% contra el 31.9% del partido Liberal y el 20.4% del partido Nuevo Demócrata, de tendencia izquierdista.

Aunque se trataba de unas elecciones parlamentarias, lo que en el fondo se dio fue un verdadero plebiscito nacional para aprobar o rechazar el pacto comercial con Estados Unidos. Concebido en la reunión que sostuvieron Mulroney y Ronald Reagan en la llamada "Cumbre de Shamrock" en marzo de 1985, y negociada durante los dos años siguientes, el pacto contempla la eliminación de aranceles aduaneros en un comercio que mueve más de US$150 mil millones al año, cifra récord que convierte a Canadá y Estados Unidos en los socios comerciales más grandes del mundo. Con sus medidas complementarias de disminución o eliminación de barreras energéticas y agrícolas; el panorama inmediato es el de un gran mercado continental de 267 millones de personas.

El acuerdo fue aprobado por el Congreso de Estados Unidos y sancionado por el presidente Reagan en septiembre. Pero cuando el Parlamento canadiense recibió para su estudio el documento, condicionó su aprobación a que el primer ministro convocara a elecciones, de tal forma que la nueva composición parlamentaria, integrada conforme a la voluntad popular sobre el tema, fuera la que decidiera en últimas.

Con el correr de los días, pudo constatarse la importancia trascendental del tema para los canadienses. Como nunca antes en su historia, los líderes recurrieron a ataques virulentos de parte y parte. Quienes se oponían al pacto, el liberal John Turner y el neodemócrata Edward Broadbent, no vacilaron en calificar la firma del acuerdo como la "venta de Canadá", y de uno y otro bando se hicieron afirmaciones sin precedentes, como que se estaba "mintiendo" sobre el pacto. En un país tradicionalmente apacible, la campaña presentó lo que algunos observadores calificaron como "las escenas más feas jamás presenciadas en unas elecciones". Más de una vez el primer ministro fue saboteado en sus intervenciones por piquetes de protesta y hasta se vieron golpes en una manifestación.

Las críticas al pacto comercial se centraron en que los costosos programas sociales de Canadá, como la atención médica universal y gratuita, sufrirían daños irremediables. Pero además, los opositores acusaron a Mulroney de haber entregado demasiado al garantizar a los Estados Unidos el libre acceso a los recursos energéticos de Canadá, a precios no superiores a los que pagan los canadienses.

Pero a pesar de la virulencia de la campaña, al conocerse los resultados el tono pareció recobrar la mesura acostumbrada. Mulroney, quien tenía todos los motivos del mundo para reclamar una victoria arrolladora --es el primer gobernante en 35 años en conseguir la reelección y el primer conservador que lo logra en lo que va corrido del siglo--, apareció prudente y casi modesto a la hora de anunciar su triunfo. Los observadores adujeron que, aunque su partido obtuvo una sólida mayoría en el Parlamento, con 170 de los 295 escaños, la composición del voto popular, en la que su partido no superó el 43%, podría llevar a un bloqueo del pacto por parte de la oposición.

Sin embargo, sus contendores no parecieron dispuestos a ejercitar esa posibilidad. Tanto Turner como Broadbent declararon pocas horas después que Mulroney había ganado su derecho a ratificar el pacto y que ellos no harían nada para evitarlo. Luego de un partido de fútbol lleno de patadas, los contendores se dieron la mano como buenos deportistas.

Tras el fragor de la batalla, una cosa quedó bien clara: Brian Mulroney pasará a la historia como el primer ministro de la integración económica con Estados Unidos, luego de que al menos en tres ocasiones anteriores, en 1891, 1911 y 1947, los gobernantes de turno, incluidos varios muy eminentes, vieron terminar sus carreras políticas al ser derrotada la integración.

El efecto del pacto en la economía canadiense, que lleva ocho años de un crecimiento sostenido del 4% anual, uno de los más altos del mundo, está por verse. El pacto con Estados Unidos, que es un triunfo indudable de Ronald Reagan, cambiará el mapa económico del mundo. Muchos observadores creen que Estados Unidos, como lo anunciara el entonces secretario del Tesoro, James Baker, al comienzo de la administración actual seguirá formando un "club de naciones de criterio parecido" para buscar la liberación de los mercados internacionales. Otros candidatos en turno son Australia, Nueva Zelanda y Taiwan, e incluso el vecino del sur, México. ¿El comienzo de un nuevo sistema económico internacional basado en pactos bilaterales? La pregunta está planteada, la respuesta es cuestión de tiempo.--

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