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| 10/30/2000 12:00:00 AM

Urnas de hierro

Las elecciones de Yugoslavia podrían marcar el final de la era de Milosevic. Las calles tienen la palabra.

Sacar a un dictador del poder nunca ha sido tarea fácil. Sobre todo si es por la fuerza de las urnas. Por eso no es ninguna sorpresa que Slobodan Milosevic no quiera aceptar su derrota ante el candidato de la Oposición Democrática de Serbia (DOS) Vojislav Kostunica.

Se miren por donde se miren, las elecciones del domingo 24 de septiembre le fueron adversas al llamado ‘Carnicero de los Balcanes’. Mientras la oposición sostiene que ganó con más del 54 por ciento de los votos, lo cual le daría el poder directamente a su candidato, el gobierno de Milosevic tuvo que transarse por aceptar una derrota relativa, de 48 a 44 por ciento, con la esperanza de recuperar terreno en una hipotética segunda vuelta el 8 de octubre. Pero al cierre de esta edición manifestaciones como la del miércoles en Belgrado, con 200.000 personas pidiendo la salida del dictador, podrían llevar a un desenlace diferente.

Y es que, como se sabe, los dictadores no convocan elecciones (y menos las anticipan) a menos que estén absolutamente convencidos de ganarlas. Milosevic llamó a votar nueve meses antes de lo debido seguro ante la división de sus opositores, que no lograron ponerse de acuerdo sobre un candidato único. Su objetivo, como siempre en estos últimos años, era refrendar una legitimidad que sus enemigos de la Otan acostumbran a poner en tela de juicio.

Milosevic, además, tenía una poderosa herramienta para ganar religiosamente todas sus elecciones: el nacionalismo del pueblo serbio y su odio por la Otan. Hasta ahora cualquiera que se opusiera a su reelección era atacado como traidor y defensor de los países que destruyeron virtualmente la infraestructura y la economía del país durante el conflicto por Kosovo. Cualquier indicio de apoyo extranjero era el suicidio político.

Pero esta vez Milosevic se enfrentó con un hombre poseedor de las cualidades necesarias para hacerle contrapeso. Vojislav Kostunica es un nacionalista moderado que, sin embargo, ha llamado “criminal” a la campaña de la Otan del año pasado y es el único candidato de oposición que jamás le ha aceptado un dólar de contribución a los extranjeros. Kostunica tiene unas credenciales personales intachables y aunque no ha entrado en componendas con el régimen, como los demás oposicionistas, ha dicho que no entregará a Milosevic a la Corte Internacional de La Haya, en la cual es requerido por crímenes de guerra durante los conflictos de Bosnia y Kosovo. Kostunica es tan sólido que Estados Unidos y la Otan han tenido que aceptarlo así su triunfo no conduzca a Milosevic ante la justicia.

Pero la salida a la crisis es incierta. Al negarse a ir a una segunda vuelta Kostunica ha apostado todo a que las protestas populares logren convencer a Milosevic que salir a las buenas es el mejor negocio. Pero nada asegura que eso sea así. Milosevic no tuvo inconveniente en desencadenar varias guerras y permitir el brote de racismo y la intolerancia para imponer, sin éxito, el concepto de la Gran Serbia. Su esposa, la ultraizquierdista Mirijana Markovic, ha dicho que “al poder llegamos con violencia, y así saldremos”. Es que ella se cree la heredera del mariscal Tito.
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