Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/06/19 00:00

A las urnas

Candidatos de oposición se enfrentan a maquinarias casi invencibles en Venezuela y México. Y en el Perú, la renuncia del candidato de oposición abre graves interrogantes.

A las urnas

Tres países latinoamericanos se acercan a un momento histórico en su futuro político. En los tres un candidato de oposición intenta derrotar las bien aceitadas maquinarias del oficialismo. En Venezuela el tema se plantea entre el presidente Hugo Chávez, quien con todas las palancas del poder a su favor compite desde el palacio de Miraflores con su adversario, el también comandante Francisco Arias Cárdenas, para cumplir la nueva Constitución Bolivariana promulgada según sus deseos. En Perú el candidato Alejandro Toledo, intenta evitar que el presidente Alberto Fujimori consiga una segunda reelección, aunque el jueves anunció su retiro por falta de garantías, Y en México, por primera vez, un candidato opositor pone en peligro la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que lleva más de 70 años gobernando (ver siguiente artículo). Pero las posibilidades de que el poder sea derrotado son más bien escasas.



Venezuela

En Venezuela jamás se había presenciado una pelea por el poder de esta naturaleza, en la que se enfrentan dos antiguos camaradas que surgieron de la misma sublevación militar de 1992. Los 11 millones de votantes tampoco han vivido una campaña tan violenta, sucia, dramática y decisiva como la actual porque están en juego la paz, la libertad, la democracia y la estabilidad del país. Sea cual fuere la decisión final en las urnas Venezuela empezará el siglo con un militar retirado en la Presidencia, mandando a 23 millones de civiles que han sido arrastrados por las emociones y no por las razones.

Arias Cárdenas, un hombre sosegado y flemático, tiene por delante a un contrincante caracterizado por ser extrovertido e impulsivo, y eso ha planteado una confrontación de estilos poco común. Sobre todo por cuanto se trata de dos personas que tuvieron estrechos vínculos personales desde los años en que, como oficiales de grado medio, concibieron el proyecto bolivariano y antipolítico que ahora encarna el presidente.

El proceso electoral también se produce en las peores condiciones socioeconómicas jamás vividas en Venezuela y difíciles de justificar en momentos en que le ingresan 4.000 millones de dólares extras por el alza de los precios del petróleo. En su año y medio de gestión el gobierno de Chávez exhibe las peores cifras de desempleo, inseguridad, delincuencia, corrupción, marginalidad, invasiones, cierre de empresas y pobreza. En lo político lo único destacable de su labor es haber barrido con el bipartidismo y creado una nueva Constitución.

El presidente-candidato asegura que triunfará una vez más, como lo ha hecho en las cuatro últimas elecciones, y se afinca en su estrategia de descalificar y agredir a todos los disidentes, adversarios, la Iglesia Católica, los medios de comunicación e incluso a sus propios aliados, lo que ha provocado que Patria para Todos rompiera definitivamente con Chávez. El mandatario reitera su amenaza de que “no habrá paz si no gano las elecciones”.

Pero parece que los adversarios ya no le temen a sus amenazas. Arias Cárdenas dijo a SEMANA que será “la sorpresa absoluta” porque “ganaré con 7 puntos de ventaja”. Los sondeos de las empresas encuestadoras más conocidas en el mercado todavía le dan a Chávez unos 12 puntos de superioridad, pero las encuestas que encargan en privado grandes empresas, no publicadas, señalan que Chávez está perdiendo a razón de 1 y 2 puntos diarios.

Para lograrlo el candidato opositor ha recurrido a mecanismos que muchos esperarían más bien en el presidente. En los últimos días Arias asombró al país al lanzar una cuña publicitaria con dos podios como en un debate: en uno está montada una gallina clueca y en el otro Arias, quien le reclama que “no queremos una gallina como Presidente”, en alusión a la supuesta cobardía de Chávez durante el intento de golpe de 1992.

Esa es una campaña que no debería asombrar a un presidente que no ha dudado en calificar a sus camaradas disidentes de “serpientes”, “judas”, “traidores” y “contrarrevolucionarios”. Pero indica hasta qué punto se ha degradado una controversia que el próximo 28 de mayo decidirá el futuro del país limítrofe.



En Perú

En Lima la lucha de Alejandro Toledo asumió el jueves de la semana pasada un cariz nuevo. El candidato de Perú Posible anunció su intención de retirarse de la segunda vuelta de elecciones, prevista para el 28 de mayo, si éstas no eran postergadas para permitir la verificación del cumplimiento de las recomendaciones de los organismos internacionales de vigilancia.

La decisión, anunciada el jueves, aparentemente fue producida como consecuencia de las declaraciones del jefe de la misión de la OEA, el embajador guatemalteco Eduardo Stein, quien antes de pedir oficialmente la postergación dijo que la Oficina Nacional de Procesos Electorales (Onpe) no entregó un duplicado completo del software para la segunda vuelta como tampoco “los informes de capacitación de los miembros de mesa y de gestión electoral” y, como dijo en rueda de prensa, “los plazos para auditar este nuevo programa son imposibles de cumplir”. La misión a cargo de Stein había manifestado una semana atrás que la Onpe tampoco había explicado satisfactoriamente el que las cifras totales de votación en primera vuelta no sólo presentaran más de un millón de votos por encima del padrón electoral sino que se redujeran cuando se publicó el resultado con el ciento por ciento de las mesas escrutadas respecto de un boletín entregado cuando sólo habían sido contabilizadas el 97 por ciento.

Esas manifestaciones se unieron a otras, como la de la Veeduría Ciudadana, según las cuales no hubo cambio notorio en la actitud de los medios de comunicación, controlados por el gobierno, que propiciaran las condiciones para un voto libre de los ciudadanos. Una cosa y otra llevaron a la decisión de Toledo, que es una verdadera bomba para Fujimori.

El problema es que, como dijo a SEMANA el analista Francisco Soberón, “Fujimori no quiere postergar las elecciones, apoyado en un argumento constitucional, pero se encuentra en una situación sin salida”. En efecto, de negarse a la postergación, que para algunos, como el defensor del pueblo Jorge Santistevan, es perfectamente constitucional, su elección incontestada tendría una legitimidad tan precaria que muy probablemente se vería obligado a repetir las elecciones por la presión internacional.

El riesgo, como escribió Mario Vargas Llosa en su columna en La República, “es que se diluya la fuerza de Toledo y los hechos consumados conduzcan a la resignación de sus partidarios”. La apuesta está hecha aunque Toledo ya se echó para atrás una vez, cuando amenazó con desconocer los resultados de la primera vuelta para luego aceptarlos. Así que, a pocos días de la fecha, el tema está abierto.

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