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| 7/17/1989 12:00:00 AM

UZBEKIS... ¿QUE?

Las matanzas en una remota república soviética ponen en foco el drama de las minorías en la URSS.

Nadie sabe de dónde salieron los primeros disturbios. Según algunos, una disputa sobre el precio de las fresas en un mercado de la ciudad de Fergana. Según otros, todo comenzó con una riña en un bar de la misma ciudad. Pero ninguno de esos floreros de Llorente es suficiente para explicar la violencia extrema que atacó a la república soviética de Uzbekistán la semana pasada.

Lo cierto es que desde unas dos semanas atrás, hordas de jóvenes uzbekos comenzaron a arremeter contra los residentes mesjetianos de la región. Armados de cuchillos y pistolas automáticas, los amotinados asesinaron al menos a 100 personas y mandaron al hospital a otras 1.500, mientras destruían las casas de por lo menos 650 familias de origen mesjet. Las escenas de violencia presentadas por la televisión soviética mostraban los efectos de semanas de violaciones, torturas y mutilaciones de una atrocidad extrema.

Oficiales soviéticos declararon a la prensa occidental que las revueltas fueron particularmente salvajes en la ciudad de Kokand, donde, por ejemplo, miles de jóvenes capturaron un tren de transporte de combustible y derramaron su contenido con el propósito de desencadenar un verdadero holocausto. De no haber sido por la llegada oportuna de fuerzas de gobierno central, el episodio hubiera adquirido proporciones enormes. En esa misma ciudad fue donde se produjerón los hechos más sangrientos cuando más de 5.000 "bandidos" barrieron el centro de la ciudad disparando contra cualquier ciudadano de origen mesjetiano. La situación de caos se prolongó hasta la llegada de 7.000 hombres del Ministerio Soviético del Interior, que se vieron en dificultades para contener los disturbios. Ello no alcanzó a evitar que miles de mesjetianos abandonaran precipitadamente sus casas, ante el peligro de un recrudecimiento de los ataques.

Las autoridades soviéticas anunciaron al final de la semana que las revueltas habían sido sofocadas y que la paz había regresado a la región. Pero quedaron sin explicarse las causas del estallido, en una región en la que los distintos grupos étnicos habían convivido pacíficamente durante más de 40 años.

Uzbekistán es la tercera república soviética en población, después de Rusia y Ucrania. Allí viven cerca de 20 millones de personas, casi todos musulmanes, de los cuales el 70% son uzbekos. También residen en el país unos 160 mil mesjetianos, a quienes Stalin deportó desde su lugar de origen, el sur de Georgia, en 1944. La razón de esa deportación masiva no es clara. Algunos creen que el dictador quería alejarlos de Turquía, su origen remoto, pues pensaba que sus vínculos con ese país podrían poner en peligro sus aspiraciones para anexarlo a la URSS. Otros piensan que Stalin, georgiano de origen cristiano, despreciaba a sus paisanos de religión musulmana. Sea como fuere, los mesjetianos se establecieron en Uzbekistán y convivieron con los lugareños durante este tiempo, sin que nada indicara la existencia de odios entre las dos etnias.

Por eso la mayoría de los observadores se inclinan hacía una explicación distinta. Los mismos mesjetianos han declarado a la prensa occidental que sus relaciones con los uzbekos han sido inmejorables, y que de hecho muchas familias uzbekas brindaron refugio a sus vecinos en peligro. Además, las hordas parecen perfectamente organizadas, y están compuestas por jóvenes ajenos a los lugares arrasados. Eso hace pensar que las explicaciones oficiales, en el sentido de que se trata de turbas organizadas por elementos que quieren desestabilizar el proceso de la perestroika en Uzbekistán, son correctas.

Eso se confirma con los testimonios recogidos por algunos diarios de Europa, según los cuales la idea prevaleciente entre los mismos residentes de Uzbekistán es que los lideres locales del Partido Comunista --que son precisamente uzbekos-- organizaron las revueltas para demostrarle al gobierno central que aún mantienen el control de la región.

Esa tesis se refuerza con el hecho de que la mayoría de esos funcionarios corruptos tienen sobre sí investigaciones y algunos han sido convictos en juicios penales.

Sea como fuere, el sangriento episodio, de consecuencias impredecibles, puso en el foco de la atención mundial las tribulaciones de un pequeño pueblo olvidado en el Asia Central. Los mesjetianos, desarraigados de su Georgia natal por el capricho de un dictador, hoy quieren regresar a su tierra. Pero los georgianos que quedaron atrás y ocuparon sus antiguas tierras, no los quieren ver. La tragedia de ese pequeño conglomerado humano no parece tener un final a la vista y augura nuevos dolores de cabeza para el líder soviético Mijail Gorbachov.--
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