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| 1/14/1991 12:00:00 AM

VECINOS Y AMIGOS

Checoslovaquia entra a la fila de los países de Europa oriental que están en trance de disolverse.

El drama de los países de Europa oriental no parece terminar. Esta vez el turno le correspondió a Checoslovaquia, cuyo presidente, el dramaturgo Vaclav Havel, se dirigió la semana pasada al país por la TV para informar a la opinión pública sobre la petición de poderes especiales que presentaría al Parlamento. La razón: una crisis constitucional que amenaza con producir la disolución del país.

La razón de la crisis reside en la amenaza de los eslovacos, los habitantes de la región oriental del país, de ignorar la autoridad del gobierno central si el Parlamento no aprobaba una resolución que devolviera algunos poderes a las autoridades locales. En tono dramático, Havel advirtió que los poderes especiales eran indispensables "para salvar al país". Advirtió que si los eslovacos llevaban su actitud hasta las últimas consecuencias, ello significaría "la caída del país en el absoluto caos político y el comienzo de la desintegración del estado checoslovaco.

La solicitud de poderes especiales, aunque no fue descrita en detalle, se dirigiría a establecer mayores poderes al ejecutivo, a la creación de una corte constitucional para resolver las disputas sobre autonomía y la aprobación del sistema de aprobación por referéndum para todas las decisiones que tengan que ver con la unidad del país.

Las tensiones que llevaron al país a esa crisis nacen de la desconfianza ancestral de los eslovacos, de espíritu más rural y localista, frente a los checos, generalmente considerados más avanzados y urbanizados. Las solicitudes de mayor autonomía para su región llevaron a que hace unos meses se modificara el nombre del estado, que a partir de entonces se llama oficialmente República Federativa Checa y Eslovaca.

Pero las verdaderas raíces del problema están en el renacimiento del nacionalismo eslovaco, largamente reprimido por los comunistas. Durante siglos, Eslovaquia vivió bajo la dominación húngara. Pero con la disolución del imperio Austro-Húngaro al final de la Primera Guerra Mundial, se convirtió en parte de la recién creada Checoslovaquia.

Entre 1939 y 1944, Eslovaquia se convirtió en un estado títere de los nazis, independiente desde el punto de vista formal, y gobernado por Jozef Tiso, un sacerdote católico que siguió al pie de la letra las instrucciones hitlerianas de deportar masivamente a los judíos. Tiso fue ejecutado como criminal de guerra al final del conflicto.

Lo curioso del caso es que los eslovacos no parecen tener quejas muy concretas contra sus vecinos checos. Lo que justifica en apariencia su actitud es el cansancio de seguir siendo los socios minoritarios de un país que no consideran suyo. A mediados del año, los eslovacos nombraron su propio ministro de Relaciones Exteriores, y desde entonces han luchado, sin éxito, por la división de las mayores empresas federales, como los ferrocarriles, el banco central, los gasoductos.

Tras meses de negociaciones, las dos partes llegaron a un acuerdo en borrador, que regularía las relaciones federales. Pero al contrario del eslovaco, que aceptó todos los artículos, el parlamento checo exigió seis modificaciones, entre las que estaban el control central de los servicios postales, el banco central y la responsabilidad por la protección de las minorías étnicas del país.

Esas exigencias causaron las amenazas de los eslovacos, que tienen al país al borde de la disolución. Y al final de la semana, el único partido que se mantenía firme a favor de la unidad del país, cambió de actitud. Vladimir Meciar, líder de "Público contra la violencia", le añadió un ingrediente más al problema, al afirmar que las reformas hacia una economía de mercado, introducidas por el gobierno de Praga, "ponen en peligro la economía de Eslovaquia".

La situación de Checoslovaquia, lejos todavía de encontrar una solución, demuestra que la caída del comunismo destapó en Europa oriental la caja de Paandora, y sus consecuencias aún no se conocen a cabalidad.
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