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| 9/5/1994 12:00:00 AM

VEINTE AÑOS DESPUES

Un nuevo libro sobre el escándalo Watergate revela que la 'chiva' periodística del siglo fue manipulada

A MEDIADOS DE LOS AÑOS 70 los estudiantes de periodismo de Estados Unidos querían terminar rápidamente su carrera para salir a tumbar funcionarios públicos.

La idea de que el periodismo era un arma mortal contra la corrupción y otros males de la humanidad se extendió por todas las facultades de comunicación del país, inspirada en la imagen cinematográfica de dos jóvenes intrépidos del Washington Post que se habían convertido en los periodistas más famosos del mundo al provocar la renuncia del presidente Richard Nixon.

La admiración no era solamente académica. El país entero convirtió en héroes a Carl Berstein y Bob Woodward, luego de vibrar con el fascinante relato de sus peripecias y desvelos para obtener la información que los llevó a desenmarañar una compleja operación de saboteo del comité de reclección de Nixon al Partido Demócrata.

El libro Todos los hombres del presidente salió a la calle hace justamente 20 años con una portada que no escondía las luces de Hollywood. En el lugar de los periodistas aparecían Dustin Hoffman y Robert Redford, los actores que personificaron a los reporteros en una taquillera película de la época.

Pero como todos los héroes, Woodward y Berstein ya tienen un biógrafo empeñado en bajarlos del pedestal. Veinte años después del golpe publicitario, el periodista Adrian Havill ha publicado en Estados Unidos una semblanza investigativa que muestra a los reporteros como unos tipos cuya ambición por el dinero y mantener su fama, los llevó a tergiversar numerosas informaciones en sus libros.

Desde la perspectiva del autor, ambos reporteros son hoy en día como dos artistas en un triste ocaso, que no dieron la talla para los cargos y responsabilidades obtenidos por cuenta de su popularidad. Woodward fracasó en su intento por reemplazar al legendario editor de The Washington Post, Ben Bradlee, y se embarcó en otros libros de investigación que no pasaron el examen de los críticos. Por su parte, Berstein se enredó en un estilo de vida disipado que incluyó las famosas fiestas sexuales de finales de los 70 de las elites de Washington y un turbulento matrimonio con la escritora Nora Ephron. Su paso por ABC News, dive el biógrafo, transformó su reputación de personaje en caricatura.

Pero las críticas más agudas de Havill surgen de su casi perniciosa disección de Los hombres del presidente. Havill sostiene que el libro fue escrito pensando más en Redford que en la verdad. De hecho, el actor llamó a los reporteros cuando la idea de escribirlo estaba en borrador y era sencillamente un proyecto cuasiacadémico de cómo se hizo la reportería de Watergate.

"Lo que cambió todo -dice Havi- fue una llamada de Redford. Quería hacer una película sobre Watergate. Había terminado de filmar 'El candidato', y se había enfrascado en una discusión con algunos reporteros de Washington en torno de Watergate y si Nixon estaba comprometido o no". Redford sugirió a Woodward que la película debía ser acerca de dos reporteros que resolvieron el misterio de Watergate. "Si eso era lo que Redford quería, pues así se escribiría el libro", dive Havill. Redford estaba dispuesto a pagar 450.000 dólares, más comisiones.

Para dos periodistas que no ganaban más de 30.000 dólares al año juntos, la propuesta parecía irrenunciable. Años después la mezcla de farándula y periodismo produjo una confusión en la mente de los reporteros que el propio Berstein relató a la revista Playboy en 1986.

"Ha llegado a un punto todo esto que algunas veces no puedo recordar qué pasó en la vida real, qué pasó en el libro y qué ocurrió en la película".

La necesidad de cumplir con un ambiente cinematográfico pudo haber determinado una de las más graves invenciones del libro Los hombres del presidente, según Havill.

La teoría del biógrafo en su libro Verdad profunda (Deep throat) es que 'garganta profunda', la misteriosa fuente de información que le daba indicaciones a Woodward por dónde orientar sus pesquisas y le informaba sobre el ambiente en la Casa Blanca cada vez que explotaba un nuevo episodio de Watergate, jamás existió.

Havill afirma que la fuente era una hábil suma cinematográfica de todos los funcionarios que ayudaron al periodista, pero que no se trataba de un solo hombre que señalaba la hora del encuentro con el reportero pintando un reloj en la parte superior del New York Times, y a quien Woodward le enviaba la señal de que quería verlo clavando una banderita de Estados Unidos en una matera de su balcón.

En su afán por demostrar las discrepancias Havill visitó el edificio de apartamentos de Woodward, y concluyó que era físicamente imposible que alguien pudiera ver desde la calle la famosa matera con la bandera desde el octavo piso donde vivía el reportero del The Washington Post. La única manera era desde un patio interno del edificio que hubiera delatado a la fuente pues, según Woodward, pasaba todos los días a buscar la señal.

Para desmentir algunas licencias poéticas de los periodistas, el biógrafo se puso en la tarea de averiguar las condiciones climatológicas de Washington en los días citados con precisión por el best seller. En uno de los capítulos, Woodstein, como se conocía a la pareja en el periódico, describieron cómo llegaron empapados hasta los tuétanos al The Washington Post después de una reunión con una de sus fuentes.

Havill halló en los archivos de un instituto meteorológico de la capital, que lleva el registro hora por hora del clima, que ese día no había caído una gota de agua sobre Washington.

A medida que los periodistas recibían los cheques de la editorial Simon and Schuster, que publicó el libro, su vida se transformó. Bob cambió su Volkswagen por un BMW modelo 1973 y Carl reemplazó su sencilla bicicleta por una exótica Mercier.

"Con la fama y la fortuna vinieron otros placeres -dice Havill-. Las mujeres estaban más disponibles. Carl, que una reportera del Post describió como persistente antes de Watergate, no tenía que hacer más esfuerzos. Bob contaba en una entrevista que tenía tres novias".

Con la fama a su favor ambos periodistas se embarcaron en su segundo libro sobre Watergate. Los días finales que resultó, según los críticos, un fiasco. Desde un comienzo el proyecto había sido motivo de disputas. Woodward había pedido a la editorial que retirara el nombre de Berstein, porque su aporte había sido exiguo y en su lugar pusieran a Scott Armstrong y Al Kamen. Pero la editorial no aceptó tras argumentar que Woodward y Berstein se habían convertido en una razón social y cultural inseparable, tal y como Lerner y Lowe lo son para la música y Master y Johnson para el sexo. Berstein no había contribuido al nuevo libro en más del 25 por ciento, según Havill.

"Es por el trabajo de reportería nacional que he observado en mis 25 años de estar en este negocio", dijo el crítico Christopher Lehmann-Haupt en la revista The New Republic. Una organización que vigila a los medios de comunicación encontró 146 errores fácticos en la primera edición.

Una incursión osada del libro en la vida privada de Nixon ocasionó, según el biógrafo, un infarto a la esposa del ex presidente. Los periodistas sostenían que Nixon no tenía relaciones sexuales con su esposa Pat desde hacía más de 10 años. Nixon consultó varios abogados para demandar a los periodistas pero éstos le dijeron que el proceso sería largo y costoso y lo único que se lograría sería aumentar la circulación del libro.

Ni Berstein ni Woodward se mostraron dispuestos a responder preguntas de su biógrafo durante la preparación del libro. A través de Armstrong, Havill intentó entrevistar a Woodward pero éste mandó a decir que no le parecía que era el momento para el proyecto.

Difícil para Havill creer que este era el mismo Woodward, el joven reportero dispuesto a descubrir todo lo que alguien intentara ocultar, y cuya carrera al estrellato había empezado sin proponérselo ese sábado 17 de junio de 1972, cuando su jefe en el periódico, Barry Sussman, los despertó con una llamada a su casa.

Tenía que salir a cubrir una audiencia aburrida de un grupo de rateros que se habían metido en las oficinas de la campaña demócrata en el edificio Watergate.
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