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| 12/17/2015 7:50:00 PM

Venezuela: ¿Y ahora qué?

Después de la contundente victoria electoral de la oposición, las fuerzas chavistas y antichavistas, cada una empoderada, deberán convivir. Los retos, para ambos, son altos. Y el futuro, para Venezuela, incierto.

Venezuela iniciará el 2016 bajo un escenario riesgoso e inédito hasta ahora: la convivencia entre el chavismo y la oposición, cada una con un poder legítimo e institucional en sus manos. Mientras el presidente Nicolás Maduro fue elegido hasta el 2019 y controlará hasta entonces el poder Ejecutivo, el antichavismo dominará, con mayoría calificada de dos terceras partes, el poder Legislativo hasta el 5 de enero del 2021. Al menos por lo que se ha visto en las relaciones entre los dos bloques en los últimos 17 años, no es fácil prever una cohabitación constructiva de los dos poderes. Un diálogo para buscar acuerdos sobre gobernabilidad y una agenda común mínima es casi imposible entre dos proyectos políticos irreconciliables y una relación de semejante tirantez.

El presidente Maduro salió debilitado de las elecciones del 6 de diciembre pero no ha perdido su cargo, que ni siquiera estaba en juego. Y aunque la mayoría de la oposición en la Asamblea es amplia, la votación por las listas que apoyaron al Gobierno fue significativa: 5.599.025, el 41 %. La oposición, en esta oportunidad, se benefició de normas que le permiten a una fuerza obtener un porcentaje mayor de curules que el que obtuvo en la votación popular. Los candidatos de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) alcanzaron el 66 % de la Asamblea con el 51 % de los votos. Pero Maduro, en medio de una crisis económica angustiosa, mantuvo recursos de poder para seguir con su programa de gobierno revolucionario y para intentar llegar a las presidenciales en mejores condiciones que las que tiene ahora.

¿Qué viene? Todo dependerá de la manera como la oposición utilice su apreciable mayoría en la Asamblea Nacional. En primer lugar, qué objetivos estratégicos se va a fijar. Porque tiene varias opciones y debería fijar prioridades claras. Puede intentar hacer leyes que moderen el proyecto revolucionario del chavismo, pero deberá tener en cuenta que Maduro tiene atribuciones propias de un jefe de Estado y de gobierno y que, como tal, tiene cómo buscar lo contrario: conservar la línea de los últimos 17 años. La oposición, según proponen algunos de sus miembros, también podría intentar una ley de amnistía para presos que ellos consideran políticos. Pero necesitarían un aval de la justicia institucional, que está en manos del chavismo. También podría buscar el reemplazo de los miembros del poder judicial y electoral a quienes se les vayan venciendo sus períodos, para restablecer un equilibrio y debilitar el control que ejerce el chavismo, pero eso tomaría tiempo.

La otra opción sería convocar un referendo para revocar el mandato del presidente: lo podría hacer desde abril, cuando se cumple la mitad del sexenio, gracias a la mayoría de dos tercios que tiene en la Asamblea. Aprovecharía el impulso que recibió la MUD el 6 de diciembre, con su victoria electoral. El riesgo es que si lo pierde, afianzaría a Maduro, de la misma manera como el referendo revocatorio del 2004 fortaleció a Chávez.

Apuntarle a todo al tiempo podría generar una dispersión de objetivos. Y no está claro con qué mecanismos la oposición fijará su agenda y sus prioridades de corto plazo.

Además de la agenda estratégica, el éxito o el fracaso de la MUD dependerá de su capacidad para mantener la unidad. Son más de 20 partidos que, aunque en las elecciones del 6 de diciembre lograron inscribir listas con candidatos únicos, no convergen en todos los temas. La oposición no tiene un líder con capacidad de aglutinación. Por el contrario, hay agrias disputas en la cúpula. Las relaciones entre Leopoldo López y Henrique Capriles no son buenas y tienen visiones distintas sobre lo que deben hacer para enfrentar a Maduro. En los días siguientes a la victoria electoral la oposición ha dejado ver la fragilidad de la coalición: Julio Borges, coordinador de Primero Justicia, y Henry Ramos Allup, de Acción Democrática, aspiran a ser el próximo presidente de la Asamblea y no han logrado un acuerdo. Es difícil imaginar que los 112 diputados de oposición siempre estarán (y votarán) juntos y basta que uno solo se salga del redil para perder la mayoría de las dos terceras partes.

El futuro también dependerá de la manera como el chavismo enfrente el nuevo panorama. La unidad en el oficialismo también es débil y hay quienes culpan a Maduro por el descalabro electoral. El número 2 de esas filas, Diosdado Cabello, ha perdido el poderoso cargo de presidente del Legislativo y probablemente ingresará al gabinete, pero no tendrá el margen de maniobra que tenía hasta ahora. La competencia con miras a las elecciones presidenciales del 2019 se empezará a sentir y, después de la derrota del oficialismo (a pesar de sus enormes ventajas en materia de recursos para hacer la campaña) no se puede dar por sentado que Nicolás Maduro sea una carta inmodificable. Tendrá más de un competidor por la candidatura del chavismo.

Los tiempos de tormenta se agravan por el lado de la economía. Maduro ha postergado decisiones impopulares para ajustar la economía a la nueva realidad de precios del petróleo que rondan los 40 dólares. Un nivel en el cual son insostenibles los gastos en subsidios y programas asistencialistas que son cruciales para mantener el apoyo de las bases del chavismo. Algunos analistas consideran que el mandatario podría buscar un acercamiento con la oposición –que ha criticado el modelo económico– para aplicar el ajuste y tratar de compartir sus costos políticos. A la oposición no le convendrá entrar en ese juego a pesar de que quiere cambiar el modelo económico.

Además, nadie se imagina un entendimiento entre el Gobierno y la oposición en el que esta última no les dé prioridad a asuntos políticos: la liberación de presos, las garantías para la oposición, el equilibrio en el poder judicial, el acceso a los medios de comunicación.

Otra carta se le está agotando a Maduro: la comunidad internacional. Ella no jugará la función de apoyo a la oposición que quieren la MUD y que piden los expresidentes de la región, porque las relaciones entre gobiernos suelen respetar el manejo de cada nación de sus asuntos internos. Pero hay cambios: la Argentina de Maccri ya no es un incondicional al lado del chavismo, la OEA ha endurecido su discurso sobre la falta de cumplimiento de estándares democráticos, y la mayoría de los colegas de Maduro en el Alba están debilitados en la política doméstica y tienen sus manos ocupadas en el manejo de sus propios problemas.

La convivencia entre dos fuerzas polarizadas y en un entorno en el que la moderación ha perdido rentabilidad a manos de los radicales de ambos lados, no se ve fácil. El 2016 será un año inédito para Venezuela.
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