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| 3/27/2005 12:00:00 AM

Vergüenza en Europa

El caso de los niños prostituidos por sus familias revela que el Viejo Continente, tras su fachada próspera, no está exento de la degradación más abyecta.

Europa anda conmocionada por el juicio en Francia contra 66 personas que prostituyeron a sus hijos pequeños a cambio de licor, cigarrillos y comida, porque el caso ha destapado la verdadera miseria e ignorancia que subyace en Europa y que, según algunas ONG, "los gobiernos quieren ocultar a toda costa".

Todos los acusados son personas sin dinero, la mayoría analfabeta y con un retraso sociocultural y una falta de ética tan profundas que uno de los padres procesados por violar a su hija llegó a decir en su defensa: "Puedo hacer con mi hija lo que yo quiera porque es mía".

Es el mayor juicio por pederastia e incesto realizado en la historia de Francia. El Tribunal de Angers (oeste del país) tuvo que construir una sala enorme para albergar a los 66 acusados, 60 abogados, más de 200 testigos y a los miembros del jurado popular. Los 45 niños víctimas no acuden al juicio, pues algunos de ellos tienen pocos años de edad, pero sus testimonios grabados en video están siendo reproducidos en el salón del tribunal.

Las víctimas tenían entre 6 meses y 12 años cuando fueron abusadas repetidamente por sus padres, madres, familiares, vecinos y desconocidos, en hechos ocurridos entre 1999 y 2002 en Angers. Las 23 familias procesadas violaban a sus hijos, nietos y sobrinos y se intercambiaban los menores entre sí o los alquilaban a terceros por sumas irrisorias de dinero o a cambio de alcohol, tabaco y comida. "Pero lo más grave y vergonzoso de este caso es que por primera vez demuestra la existencia de una pobreza honda y crítica que acusa no sólo al Estado, sino a la sociedad entera de un país que se ha preciado ante el mundo de tener el máximo desarrollo social y cultural, de no saber cuidar y educar a sus niños y a sus comunidades más vulnerables", dijo a SEMANA el sociólogo Pascale Moulevrier, de la Universidad Católica del Oeste con sede en Angers.

Una de las piedras del escándalo es que gran parte de los padres procesados sometieron a sus hijos a los mismos abusos que ellos sufrieron en su infancia: violaciones, incesto, golpizas y abandono. La historia de la familia Vergondy, la principal acusada, es el mejor ejemplo de esto. Frank Vergondy (de 36 años), quien padece de retraso mental y alcoholismo, fue abandonado por su padre y vivió sus primeros años bajo las palizas constantes de su madre alcohólica. Pasó buena parte de su infancia en las calles alimentándose de los restos que encontraba en las bolsas de basura, hasta que a la edad de 16 años su padre lo 'rescató' y se lo llevó a su casa sólo para violarlo. Phillippe Vergondy (de 53 años) fue condenado por ello y por otras violaciones de menores a 13 años de prisión. Entre tanto, Frank se casó con Patricia, una desempleada que sufre de miopía extrema y que fue violada por sus padres y familiares desde los 6 años de edad. La pareja tuvo dos hijos, y cuando Phillippe salió de la cárcel, Frank lo acogió en su nueva casa porque, según dijo, "quería que conociera a sus nietos". Esta historia familiar termina en las violaciones de los nietos filmadas por su abuelo y cometidas su hijo.

Frank y Patricia Vergondy subsistían gracias a los subsidios estatales en un apartamento de protección oficial que les otorgó el ayuntamiento de Angers. Pero el dinero nunca les alcanzaba y Frank alquilaba ocasionalmente a su esposa para fiestas sadomasoquistas de las cuales siempre la rescataba, incluso cuando los clientes la dejaban desnuda y amarrada de un árbol. Todos en el barrio recuerdan a los dos hijos de los Vergondy porque "eran muy guapos" y les llamaba la atención que Adèle, la menor, jamás sonreía. Por ello, todos se estremecieron al saber en el juicio que sólo en 1999 la niña fue violada por más de 25 personas distintas en más de 40 ocasiones.

"Aunque muchos quieran negarlo, en el fondo de todo esto hierve el total desastre del sistema de seguridad y protección social de Francia y la famosa y mal llamada 'sociedad del bienestar' de la Unión Europea, puesto que este caso de Angers nos sitúa no en el primero sino en el cuarto mundo", dijo a SEMANA la abogada defensora de uno de los acusados, Monika Pasquini.

Para colmo, algunos de los 45 niños víctimas han padecido nuevas violaciones en los hogares de protección a los cuales los envió el gobierno francés tras el arresto de sus padres. Además, varios integrantes de las familias procesadas se habían conocido desde niños en los centros oficiales de acogida dispuestos por el gobierno francés para proteger a los menores de la miseria familiar, y allí sufrieron abusos cometidos por otros menores y por adultos.

Uno de ellos fue Eric Joubert, quien vivió de niño en hogares de acogida y acabó en la cárcel por violación de menores. Al salir de prisión, Joubert se hizo amigo de los Vergondy, los convenció para que prostituyeran a sus hijos Kevin y Adèle y se ocupó de buscar los clientes. Los jueces y fiscales no se explican cómo pudo desatarse esta red de pederastia si Joubert estaba obligado a presentarse regularmente ante la justicia y a demostrar con documentos y otras pruebas que se encontraba bajo tratamiento médico y siquiátrico, de acuerdo con las leyes francesas. El fracaso del sistema de seguimiento a los delincuentes sexuales en este episodio en Angers recuerda el caso del 'monstruo de Bélgica', Marc Dutroux, quien fue condenado el año pasado a cadena perpetua después de secuestrar, violar y asesinar a por lo menos 10 niñas, mientras se encontraba bajo 'libertad vigilada'.

La defensora de la Infancia de Francia, Claire Brisset, reconoce que el proceso de Angers "es la prueba patente del fracaso de nuestros mecanismos para proteger a los niños", pero asegura que, si bien los sistemas de vigilancia y de protección han fallado, los autores de los hechos deben ser condenados ejemplarmente "para sentar un precedente pedagógico y para que la sociedad y el gobierno tomen conciencia colectiva sobre la necesidad de reformar y mejorar los sistemas de protección de los niños".

El juicio del año en Francia, que comenzó a principios de marzo, se prolongará al menos durante seis meses y ha desencadenado la movilización de numerosas ONG que demandan del gobierno y de la Unión Europea soluciones concretas para erradicar "la miseria profunda de Europa" y mecanismos reales y efectivos tanto de vigilancia de los delincuentes sexuales como de protección de los niños. Europa tiene los más altos índices de calidad de vida del mundo y uno de los mayores ingresos per cápita del planeta, pero según las ONG, la pobreza crítica y el analfabetismo persisten en muchas naciones y las diferencias sociales han venido creciendo en los últimos años, cuando los países europeos han sido gobernados por partidos conservadores.

El director de la Fondation pour L'Enfance de París, Arnauld Gruselle, dijo a SEMANA que "el proceso de Angers es solamente la punta del iceberg de un submundo de miseria e iniquidades sociales que ni Bruselas ni los países de la UE quieren ver ni mostrar, pues ninguno de los acusados se hizo millonario prostituyendo a sus hijos, y sólo vinieron a sospechar de ellos cuando les vieron ropa nueva y no de segunda mano, tal como descubrieron en el siglo XVIII a los campesinos hambrientos que se dedicaron al robo porque iban a las tabernas a comer dos veces por día".

Para las ONG y los abogados del caso, este juicio en Angers ha abierto en Francia y Europa un duro y crudo debate sobre la desconocida miseria en el Primer Mundo.
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