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| 9/8/1986 12:00:00 AM

VIAJE AL CENTRO DE LA TRAGEDIA

Un médico norteamericano que colaboró con los soviéticos después del escape nuclear de Chernobyl, revela las primeras fotos y un impresionante testimonio

Tres meses después de la catástrofe de Chernobyl, este nombre sigue ocupando las primeras planas de los periódicos, no sólo por las implicaciones mismas del accidente nuclear, sino además por el secreto con que las autoridades soviéticas manejaron la información sobre el caso.
Un científico norteamericano, Robert Gale, de 40 años, especialista en trasplantes de médula ósea, y quien atendió cientos de pacientes irradiados en Chernobyl en el hospital número 6 de Moscú, ha sido uno de los primeros en rasgar esta cortina de misterio. Fotos tomadas por él y el testimonio de su experiencia están siendo publicados en las más importantes revistas internacionales, entre ellas Life y París Match, que muestran a todo color y con lujo de detalles, la realidad de la mayor pesadilla nuclear no militar de la historia.
Sin duda, una de las revelaciones más crudas proviene de una investigación de las autoridades soviéticas cuya principal conclusión es la siguiente: "Quedó establecido que el accidente se originó en una serie de burdas infracciones a las reglas de funcionamiento de un reactor". Este informe desencadenó una ola de destituciones de la que no se salvaron algunos viceministros y altos directivos del instituto que manejaba el reactor. Pero más allá de las consecuencias burocráticas está el testimonio humano de las varias semanas que el doctor Gale permaneció en el hospital número 6 de la capital soviética.
EL INFIERNO
El 29 de abril, tres días después del accidente de Chernobyl, el profesor Gale escuchaba la radio mientras se afeitaba en su residencia de Belle Air. Inmediatamente comprendió que la tragedia demandaba una solidaridad de los científicos de todo el mundo. Una serie de contactos telefónicos con las directivas de las ligas contra el cáncer y con el embajador soviético en Washington, Oleg Sokolov, le permitieron en pocas horas preparar las maletas para viajar a Moscú. Para ese momento, la petición de auxilio hecha por el premier soviético Mijail Gorbachev ya le había dado la vuelta al planeta.
El 2 de mayo Gale ya estaba en Moscú, donde encontró que el operativo de emergencia montado por los soviéticos era impresionante por sus dimensiones y organización. Desde Kiev habían sido evacuados a Moscú los 300 heridos más graves, que se encontraban ya en el hospital número 6.
Con batas azules, máscaras y botas esterilizadas, Gale hizo su primera incursión a un "islote de supervivencia" en cuyo interior se encontraban tres pacientes bajo asistencia respiratoria. El primero de ellos era un bombero que había manipulado agua radiactiva y presentaba gravísimas quemaduras en las manos y otras partes del cuerpo. La imagen de otros ochenta enfermos, con similar estado clínico, quedó grabada en la mente de Gale. Un médico que hacía parte del primer equipo de urgencias que llegó al lugar de la tragedia protagonizó uno de los casos más tristes. Después de haberse comportado como un héroe resultó gravemente irradiado; tanto, que ni siquiera un trasplante de médula lo hubiera podido salvar. Dos semanas después de que Gale lo conociera, murió.
NAUSEAS Y DIARREAS
Por momentos, Gale trataba de abstraerse del impacto visual para pensar que estaba enfrentado muy de cerca a un acontecimiento histórico. Las conversaciones con los médicos soviéticos y de otras nacionalidades que se encontraban aquí, solían llegar siempre al mismo punto: si este era el resultado del escape de un reactor ¿qué sucedería en el caso de un gran bombardeo nuclear?
Pero no había demasiado tiempo para la abstracción. Con el paso de los días, los enfermos comenzaron a experimentar los síntomas corrientes de una radiación: náuseas, vomitos, diarreas, fuertes fiebres, confusión mental, caída del cabello, la típica coloración amarilla de la piel que reemplaza el bronceado inicial. Algunos cayeron en coma y 20 de ellos murieron en el hospital.
Pero la experiencia de Gale no se limitó al área simplemente médica. Descubrió, por ejemplo, que en los hospitales soviéticos las familias de los pacientes juegan un rol mucho más importante que en Occidente. Se encargan de traer platos cocinados en casa, y de crear un ambiente más personal. La esposa de uno de los pacientes era enfermera, y debió asistir a la muerte de su marido. "Me acuerdo de ella, relata Gale. Sentada en el corredor, llorando suavemente mientras el doctor Baranov trataba de consolarla. Esta gente era admirablemente estoica".
Las técnicas de trasplante de médula ósea no son sencillas. Para empezar, es necesario buscar un donante que debe ser un familiar, preferiblemente hermano del receptor. Desde las primeras horas después de la tragedia, las autoridades soviéticas habían iniciado la búsqueda sistemática de los donantes. Algunos fueron llevados en avión a Moscú desde lugares tan apartados como Vladivostok. Una vez en el hospital, se comprobaba si sus tejidos eran compatibles con los de sus parientes enfermos. Para el receptor, el procedimiento desde el trasplante mismo hasta que se logra poner en funcionamiento la médula, es bastante peligroso. La ventaja, según Gale, es que los enfermos estaban tan graves que no había tiempo de pensar en lo que sucedería después del trasplante.
POR UNAS LATAS DE CERVEZA
Las largas jornadas eran desempeñadas por dos equipos de trabajo:
uno americano y uno soviético, que actuaban paralelamente, para evitar problemas de idioma. Realizaban un promedio de dos trasplantes diarios, compartían experiencias y aprendían cosas nuevas todos los días. Pero la jornada no terminaba para ellos al caer la noche. Todos los días antes de dejar el hospital, Gale y los demás debían pasar sus manos y sus pies por un contador Geiger para verificar el nivel de radiactividad y evitar una contaminación al exterior. "Con los pacientes sucedía algo similar. Era un problema sinfin. Su orina y su sangre eran radiactivas. Cuando tomábamos una muestra, y la llevábamos al laboratorio, este se volvía radiactivo", recuerda Gale.
Después de superar dificultades logísticas en operativos que adquirían las proporciones de una verdadera hazaña, el equipo norteamericano logró hacer llegar a Moscú 800 mil dólares en aparatos de alta tecnología y medicamentos sofisticados. Después de varios días muy duros, "privados de toda información deportiva y de la necesaria cerveza occidental, uno de mis colaboradores se sumió en una profunda depresión -cuenta Gale. Fue entonces -agrega- que decidimos que si había sido posible traer 800 mil dólares en materiales, debía ser posible conseguir dos cajas de Watney's ale. A los pocos días, un avión nos las trajo".
Cuando después de algunas semanas finalmente el ritmo de trabajo en el hospital descendió, Gale reveló a las autoridades soviéticas que visitar Chernobyl se había convertido en su obsesión. Finalmente fue autorizado para volar en helicóptero a la zona.
"Al salir de Kiev descubrí esta magnífica región boscosa. Eran más o menos las diez de la mañana. De pronto, pude ver la enorme central al borde de un río. Cinco helicópteros sobrevolaban en círculos el reactor, bombardeándolo de barro y tierra para taponar su corazón. Nos pusimos a girar en círculos cada vez más estrechos alrededor del edificio. Era impresionante: el techo desplomado, el reactor destruído, los escombros de cinco pisos de construcción. Pero lo más angustioso era la ausencia de actividad allá abajo. No había un alma en este inmenso complejo industrial".
Más impresionante resultó la vista de la ciudad de Pripyat. Sus 40 mil habitantes habían sido evacuados al día siguiente de la catástrofe. "Todo estaba desierto -relata Gale. Era evidente que los habitantes habían partido de prisa, abandonándolo todo: la ropa recién lavada colgaba en las ventanas. Y un balón de fútbol había quedado en la mitad de un terreno. Así era la cosa, pensé. Esto era lo que el átomo podía generar. Era una terrible lección".-
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