Jueves, 30 de octubre de 2014

| 2013/06/01 03:00

Viaje al centro del infierno sirio

La oposición siria está dividida, Occidente no sabe qué hacer, los islamistas son cada vez más fuertes y el régimen no cede. Especial de SEMANA.

Viaje al centro del infierno sirio Foto: AFP

Una mañana de invierno los habitantes cercanos al río Queiq, que atraviesa la ciudad de Alepo, comenzaron a descubrir que la corriente había sacado a la superficie decenas de cuerpos. Desafiando a los francotiradores que dominan la ribera, entraron a los canales y uno a uno fueron sacando cadáveres. El primer día 120, luego, 20 y así hasta sumar 250.

A todos les habían abierto la cabeza a machetazos, tenían rastros de golpizas, estaban desfigurados con químicos y sus manos estaban atadas. “A muchos de ellos los conocíamos, eran famosos en el barrio, sabíamos que desaparecieron cuando cruzaron al sector oficial o fueron capturados por el régimen”, le contó a SEMANA Abunidal Halabi, un reparador de calentadores y ahora policía rebelde del barrio Bustan Al Qasr, quien tuvo que coordinar la recolección de los cadáveres. Cada día ponían los cuerpos en fila en el patio de un colegio convertido en comisaría para que las familias los identificaran. 

Historias trágicas como la del ‘río de los mártires’ son constantes en Siria, donde los muertos en los últimos dos años sumarían más de 70.000, aunque algunos aseguran que alcanzan los 94.000. Una cifra absurda que muestra que la barbarie es general y que la violencia hace tiempos ya no es exclusiva del gobierno, como con las víctimas del río. Hace tan solo dos semanas se conoció el video de Abu Saker, comandante del Ejército Libre de Siria, comiéndose el corazón de un soldado del régimen. 

“Crímenes terribles se cometen en ambas partes, aunque la escala de aquellos perpetrados por el régimen es mayor”, aseguró a SEMANA el brasileño Paulo Pinhero, que encabeza una comisión de la ONU para esclarecer los crímenes de guerra en Siria. Pinhero, que dijo que ambas partes asesinan y torturan, enfatizó que dentro de la rebelión solo hay una minoría con historial democrático. “Otros tienen otras aspiraciones”, añadió. 

Y es que después de 26 meses del inicio de las protestas civiles y pacíficas que pedían reformas políticas, la llamada revolución siria terminó convertida en una sangrienta guerra civil que está desestabilizando la región. Esta conflagración es un rompecabezas con decenas de actores, con intereses divergentes, que se acumulan como capas que no solo volvieron la situación muy compleja, sino que imposibilitan la búsqueda de una solución. 

Para empezar, están los rebeldes, conformados por un gran abanico de grupos que en un comienzo se presentaban bajo el paraguas del Ejército Libre de Siria (ELS). Parte de estas brigadas fueron integradas por desertores de las fuerzas regulares y se les unieron ciudadanos, en general de la mayoría sunita, que vieron en las armas la única opción para derrocar a Bachar al Assad.

Pero la unión del ejército rebelde  duró poco. Cada brigada empezó a defender intereses particulares, a conseguirse su propio material y algunos se volvieron cada vez más fundamentalistas para ganarse el respaldo de  grupos de Arabia Saudita o Qatar. Para rematar, yihadistas sunitas de todo el mundo cruzaron la frontera para pelear en una guerra sectaria y religiosa contra la influencia chiíta de Irán y de la secta alauita de los Al Assad. 

Más decidido y más fanático, Jubhat Al Nusra, el grupo islamista más grande y leal a Al Qaeda, tendría ya miles de militantes radicales. “Yo apoyo a Al Nusra porque son los mejores y los más organizados”, le dijo un joven a esta revista. Acusa al ELS de desorganización, falta de estrategia y de tratar mal a la población que ha quedado atrapada entre el régimen y los rebeldes. 

“El conflicto está fuera de control”, aseguró a SEMANA la alta comisionada para los derechos humanos de la ONU, Navi Pillay. Y es que mientras los islamistas toman fuerza en el campo rebelde, el régimen sirio gana terreno. “Es porque las fuerzas internacionales dejaron de darnos municiones y cargadores hace dos meses. Lo que querían era equilibrar las fuerzas para llevarnos a negociar y aceptar lo que ellos quieran”, explicó Al Jabbar Al Egad, un comandante del ELS  en la provincia de Alepo, que enfatizó que la oposición armada no cederá a las exigencias extranjeras.

Como tampoco van a aceptar una transición que incluya al presidente Bachar al Assad, como exigen Irán y Rusia, los grandes aliados del régimen. Pero lo que está cambiando dramáticamente la ecuación es la participación abierta de la milicia chiíta libanesa Hizbolá, apoyada militar y económicamente por Irán. “La guerra en Siria entró en una nueva etapa”, anunció hace unos días Hassan Nasralá, líder de Hizbolá, y llamó a combatir los Tafkir, como Irán y Siria llaman a los grupos extremistas sunitas que consideran que cualquier musulmán que no siga su ideología es un infiel. Nasralá sabe que si cae Siria, la influencia sunita contagiaría también el Líbano.

Pero desde ya la inestabilidad siria está amenazando el frágil equilibrio religiosos y étnico del Líbano. La semana pasada dos bombas cayeron en un barrio de Beirut considerado un bastión de Hizbolá y algunos comandantes rebeldes advirtieron que, si el gobierno libanés no hace esfuerzos por controlar la milicia chiíta, llevarán la guerra al otro lado de la frontera. “Si los grupos anti-hizbolá expanden sus ataques, sería el Armagedón: una guerra regional entre Siria, Hizbolá e Irán en un lado y el resto del otro”, le dijo a esta revista el analista libanés Rami Khouri.

Entre tanto, en el campo político la oposición está igual de fraccionada que su brazo armado. Hay decenas de grupos distintos, dentro de los cuales hay subdivisiones, fracturas y odios. Se supone que en junio en Ginebra todas las partes se van a sentar para buscar una salida. Pero desde ya la Coalición Nacional Siria, el principal grupo opositor, aseguró que “no hará parte de ninguna conferencia hasta que las milicias de Irán e Hizbolá  continúen su invasión”, aseguró su cabeza, George Sabra. 

Pero las divisiones no son exclusivas de la oposición. La comunidad internacional tampoco sabe qué hacer con Siria. Estados Unidos y Rusia están cada vez más distantes. El jueves pasado Bachar Al Assad anunció que había recibido un envío de misiles tierra-aire S-300 de Moscú y dijo que estos iban a balancear la región y desmotivar las “cabezas calientes”. ¿Quiénes son esos que querrían atacar a Damasco? ¿Israel? ¿La Otan? ¿Arabia Saudita y Qatar?

La Unión Europea por su parte acaba de descongelar el embargo de venta de armas a los rebeldes, que entraría en vigor en septiembre. “Era importante para Europa enviar una señal clara a Al Assad de que tiene que negociar seriamente y que todas las opciones permanecerán en la mesa, si se rehúsa”, aseguró en una rueda de prensa el ministro de Exteriores británico, William Hague. 

Israel se opone tanto a la llegada de los misiles rusos como al levantamiento de armas europeas, que podrían terminar en manos enemigas. Siria, que está en conflicto con Israel por la ocupación de los Altos del Golán, aseguró que no detendrá a los que ataquen al país vecino. Israel lanzó ya tres bombardeos contra el régimen de Damasco para detener transferencia de armas a Hizbolá, su gran enemigo regional.

Es así como a pocos días de Ginebra II no hay grandes expectativas sobre una posible solución y nadie sabe qué hacer con Siria. ¿Hay que apoyar a la rebelión aunque esté infiltrada por Al Qaeda? ¿Con quién se puede negociar? ¿Hay que buscar una salida diplomática o esperar que las armas decidan? Lo único cierto es que ninguna opción es buena. Y que mientras el mundo se pregunta qué hacer, cada día la vida de decenas de sirios se desvanece. 

La caldera siria

Más de 26 meses han pasado desde que se escucharon en Siria los primeros gritos contra la dictadura de Bachar al-Assad. Desde entonces sus 22 millones de habitantes están atrapados en una espiral de violencia que nadie sabe ni cómo ni cuándo se va a acabar. Día a día se suman a la guerra yihadistas, rusos, iraníes, milicias chiítas, israelíes, musulmanes occidentales, turcos, qatarís mientras Siria se parece cada vez más a varios rompecabezas donde se sobreponen los odios y los intereses sin que nada se resuelva.

Refugiados

Hay más de 1 millón y medio de sirios diseminados en decenas de campos más allá de la frontera.

Fuentes: Ocha, Acnur, y el gobierno de Turquía.

Ejército sirio

Soldados: 300.000

Armamento: 10.000 blindados (tanques, anfibios, transporte de infantería), artillería pesada (cañones, artillería autopropulsada, defensa antiaérea, lanzacohetes ), misiles balísticos, drones, fusiles soviéticos.

700 a 900 cazabombarderos 

200 helicópteros (Gazelle, Mil) 

2 submarinos

2 fragatas

Apoyan al régimen

Rusia: Base naval en Tartus, vende armas y veta todas las resoluciones contra al-Assad en la Onu.

Irán: Envió fuerzas especiales, y armas. Detrás de la alianza hay un eje chiíta que se enfrenta con Turquía, Arabia Saudita y Qatar.

Hizbolá: Basado en Líbano, envió 4.000 militantes, que controlan pasos fronterizos y se enfrentan en su país con rebeldes.


Una oposición fragmentada y mal armada

Combatientes: Entre 60.000 y 140.000 del Ejército Libre de Siria, pero no hay mando central y están divididos en una multitud de brigadas semiautónomas.

Armamento: Fusiles, ametralladoras, lanzacohetes antitanques, morteros y cohetes caseros.

División política: Ningún grupo ha logrado imponerse. El Comité Nacional de Coordinación (de izquierda y kurdos), El Consejo Nacional Sirio (representantes del exilio), La Coalición Nacional Siria (agrupa la mayoría de la oposición) y la Comisión General de la Revolución.

Frente islamista: Entre 5.000 y 10.000 extremistas combaten en varios grupos. El principal es Jabhat al-Nusra, leal a Al Qaeda, quiere crear un califato islámico. Es el más combativo de la rebelión.

Apoyan a los rebeldes

Qatar y Arabia Saudita: Envían armas y dinero. Se sospecha que apoyan a los islamistas.

Europa y Estados Unidos: Envían ayuda militar no letal, material médico, inteligencia, la CIA coordina los envíos. Hacen lobby diplomático en la ONU.

Turquía: Alberga bases rebeldes y envía armas.

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