Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/08/04 00:00

Viaje al fondo del mar

Tras una hazaña técnica comparable al viaje a la Luna, Rusia pretende anexarse el Polo Norte para explotar sus recursos.

El minisubmarino Mir 1 descendió más de 4.000 metros para alcanzar el fondo del océano Ártico

Una bandera rusa ya está instalada en el Polo Norte. No se puede asegurar que ondea, porque se encuentra a más de 4.000 metros de profundidad, en el fondo del océano Ártico, y está hecha de titanio para evitar la corrosión marina. Pero su carga simbólica es innegable. Al mejor estilo de la carrera espacial que enfrentó a las dos grandes potencias de la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética, la hazaña de los científicos rusos que descendieron a las gélidas profundidades estuvo rematada por su emblema nacional. Y por si a alguien le quedaba alguna duda, el portavoz del instituto Ártico y Antártico ruso, Sergei Balyasnikov, lo dejó claro: "Es como poner una bandera en la Luna".

La expedición incluyó desde un rompehielo nuclear hasta sofisticados minisubmarinos de última tecnología y fue liderada por el carismático explorador polar y vicepresidente de la Cámara de Diputados, Artur Chilingárov. Detrás de la aventura científica se escondía una motivación geopolítica: reclamar la explotación del Polo Norte, hoy día bajo jurisdicción internacional como patrimonio de la humanidad. La idea era demostrar que la cordillera submarina Lomonosov es una prolongación de la plataforma continental rusa, lo que, de acuerdo con la Convención de Derecho marítimo de la ONU, le daría los derechos al Kremlin.

Es mucho lo que está en juego. La ambición rusa hace parte de su proyecto para recuperar su estatus y consolidarse como una superpotencia energética. La zona sobre la que Moscú reclama derechos equivale a 1,2 millones de kilómetros cuadrados y se calcula que alberga una cuarta parte de las reservas mundiales de petróleo. Se trata de una región riquísima no sólo en hidrocarburos, sino también en minerales, al punto que varios medios han hablado de una nueva "fiebre del oro", en alusión al apetito de varios países por colonizarla.

Son cinco los Estados que tienen territorio en el círculo polar ártico: Noruega, Canadá, Dinamarca (que controla a Groenlandia) y Estados Unidos (por medio de Alaska). Por supuesto, las protestas no se hicieron esperar. "No estamos en el siglo XV. No se puede ir por el mundo plantando banderas y reclamando la posesión de un territorio", se quejó el ministro de Relaciones Exteriores de Canadá, Peter MacKay. Y es que Dinamarca y Canadá también han hecho investigaciones para demostrar que se trata de una prolongación de sus propias plataformas. Hasta el momento, ninguno ha prosperado en su propósito, pero la exhibición rusa demostró que dispone de una flotilla polar superior a las de todos sus rivales.

La extracción de los recursos naturales polares era impensable en otros tiempos, pero el deshielo de los últimos años, impulsado por el calentamiento global, ha abierto la ventana. En las últimas dos décadas, los hielos se han reducido en un 20 por ciento y según algunos estudios, en unas cuatro décadas el mar estará despejado durante el verano. Las rutas marítimas que acorten la distancia entre el Pacífico y el Atlántico también se han convertido en una nueva posibilidad.

Todo esto ha convertido al Ártico en una zona en disputa. Como bien apuntaba en su editorial el diario inglés The Guardian, "antes de que la capa de hielo se derrita y el océano Ártico se convierta en una congestionada ruta de embarcaciones, un campo de pesca y un yacimiento de gas y petróleo, vale la pena pensar sobre lo que está a punto de desaparecer". El océano de hielo ya no tendrá paz.

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