Lunes, 16 de enero de 2017

| 2016/03/19 00:00

Un yanqui en La Habana

La histórica visita de Barack Obama a Cuba podría abrir el capítulo final de la guerra fría en América Latina. Hoy la gran pregunta es si la revolución se impuso, o firmó su acta de defunción.

El encuentro de Barack Obama y Raúl Castro en la capital de Cuba marcará el punto más alto del acercamiento emprendido por ambos presidentes desde finales de 2013. Foto: A.F.P.

Tuvieron que pasar casi 90 años para que un presidente de Estados Unidos regresara a Cuba. Fue necesario más de medio siglo para que ambos países dejaran de mostrarse los dientes. Y se requirió que el actual mandatario norteamericano, Barack Obama, se la jugara a fondo para demostrarle a su país que la política que habían adoptado 11 presidentes ante la revolución cubana no solo había fracasado, sino que había sido contraproducente.

La visita de tres días que él, su esposa Michelle y sus hijas Malia y Sasha realizarán a la isla caribeña es histórica en todo el sentido de la palabra. Como el viaje de Richard Nixon a China en 1972, el de Obama a Cuba es una clara señal de una transformación muy profunda en la política exterior estadounidense ante La Habana, que durante su Presidencia ha pasado del aislamiento y la hostilidad, al compromiso y la normalización de las relaciones. No es ninguna coincidencia que durante su mandato también se haya firmado el pacto nuclear con Irán y el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica.

Sin embargo, aunque dichos tratados son más ambiciosos y sus repercusiones globales pueden ser mayores, el valor simbólico del acercamiento con La Habana es único. El itinerario del viaje de Obama, que solo se anunció a mediados de febrero, refleja varios de los puntos más sobresalientes de la difícil relación entre los dos países e incluye una cumbre bilateral con el presidente cubano, Raúl Castro, una conferencia de prensa, una reunión privada con disidentes y un partido de béisbol al que asistirán ambos líderes.

Sin embargo, como dijo a SEMANA Christopher Sabatini, profesor de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Columbia, “lo más interesante del viaje será lo que no está agendado, como una parada de la comitiva oficial, una reunión con periodistas cubanos independientes, un gesto hacia la comunidad afrocubana o un discurso en una plaza pública que no esté sometido a la censura”. Eso sí, la Casa Blanca excluyó a principios de la semana pasada una reunión de Obama con Fidel Castro, que será el gran ausente de la visita oficial que comienza el domingo y termina el martes.

Un largo camino

El viaje cierra un ciclo cuyas primeras señales aparecieron en diciembre de 2013, cuando Obama y Raúl Castro departieron con evidente cordialidad durante el entierro de Nelson Mandela. Aunque ambos le restaron importancia al evento, lo cierto es que sus gobiernos ya habían movilizado una gran cantidad de recursos diplomáticos y humanos para acercarse. Entre ellos, el papa Francisco, a quien todos reconocen como protagonista de ese proceso, que se desarrolló en el mayor sigilo. Como muestra de agradecimiento, la visita incluirá un gesto de agradecimiento a la Iglesia católica por su papel clave en el acercamiento.

Como se recordará, Obama y Castro anunciaron al mismo tiempo el éxito de ese proceso el 14 de diciembre de 2014, cuando el estadounidense, en un discurso que pasará a la historia, dijo en español: “Todos somos americanos”. Esa frase sorprendió tanto como la premura con la que se desarrollaron los hechos posteriores. En julio de 2015 ambas cancillerías abrieron sus respectivas embajadas en Washington y La Habana. Y en agosto del mismo año, el secretario de Estado, John Kerry, visitó la isla, con lo que se convirtió en el primer jefe de la diplomacia estadounidense en pisar suelo cubano en más de 70 años. “Es el momento de hacerle saber al resto del mundo que nos deseamos lo mejor los unos a los otros”, dijo frente al malecón habanero, también en español.

Pero ahí no acaba la cosa. En paralelo, en 2015, centenares de inversionistas norteamericanos han viajado a la isla, el intercambio aéreo ha aumentado a pasos acelerados, las restricciones bancarias para que los cubanos puedan negociar con dólares han desaparecido, el gobierno norteamericano ha aprobado mecanismos que les permiten a sus ciudadanos hacer turismo en la isla, mientras el respaldo de la opinión pública gringa al acercamiento se ha mantenido en torno al 70 por ciento. Eso incluye a la mayor parte de la comunidad cubana de Florida, que ya no está compuesta mayoritariamente por los exiliados políticos de los años sesenta, sino por sus hijos y nietos, a quienes se han sumado las oleadas de inmigrantes económicos. Y lo cierto es que para esos grupos la caída de los Castro ya es mucho menos importante que visitar a sus familiares.

De hecho, la polémica sobre la normalización de las relaciones bilaterales ya no es de actualidad. “Es llamativo que prácticamente no haya habido oposición de los republicanos en el Congreso ni de los grupos anticastristas. También, que Cuba no ha sido un tema en la campaña presidencial”, dijo en diálogo con SEMANA Peter Hakim, presidente emérito del centro de estudios Inter-American Dialogue.

En ese sentido, Obama tiene dos objetivos al visitar a Cuba. Por un lado, consolidar su legado con un logro diplomático que ilustre con contundencia el alcance de su doctrina de diálogo. Como él mismo lo expresó en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz: “Ningún régimen represivo puede moverse hacia un nuevo camino a menos que tenga la opción de una puerta abierta”. Por eso, su viaje no pretende cambiar de la noche a la mañana el régimen de La Habana, sino crear las condiciones para que los propios cubanos lleven a cabo la transformación. Esa es, en el fondo, la respuesta oficial a las críticas, sobre todo de políticos republicanos, según las cuales entregó demasiado a cambio de muy pocas concesiones cubanas.

Por el otro, “el presidente busca que el acercamiento sea un elemento permanente de la política de Estados Unidos hacia Cuba. Junto a la reapertura de las embajadas y a varios acuerdos sobre medioambiente y narcotráfico que se han firmado en los últimos meses, Obama quiere crear un hecho político y social que impida que el próximo mandatario tenga el margen político necesario para deshacer su legado”, dijo a SEMANA Gary Prevost, profesor de Ciencias Políticas de St. John’s University y coautor del libro United States-Cuban Relations: A Critical History.

Y aunque solo el Congreso norteamericano puede deshacer el embargo aprobado por John F. Kennedy en 1962, reforzado por la Ley Helms-Burton de 1992, lo cierto es que Obama se ha salido con la suya. A estas alturas, el principal obstáculo para la normalización de las relaciones es, sobre todo, el peso de una historia llena de suspicacias y recelos.

Una piedra en el zapato

Aunque menos de 150 kilómetros separan las costas de la Florida de la mayor de las Antillas, tras la revolución de 1959 esa distancia se convirtió en un abismo político que en la segunda mitad del siglo XX creció hasta convertirse en uno de los frentes más tensos de la Guerra Fría. En efecto, ni la invasión de playa Girón ni la crisis de los misiles a principios de los años sesenta hicieron cambiar de parecer a un gobierno que desde el principio tuvo un agudo instinto de supervivencia, comenzando por los centenares de intentos fallidos de asesinato contra Fidel Castro.

A su vez, la humillante recepción que le dio el gobierno de Dwight Eisenhower a Castro –quien ni siquiera lo recibió, sino que delegó a su vicepresidente, Richard Nixon–, contribuyó a que el gobierno de La Habana identificara a Washington como su principal enemigo. Y aunque Cuba tiene una superficie similar a la del departamento del Amazonas, y tiene apenas 10 millones de habitantes, su posición estratégica en el centro del Caribe y el apoyo de la Unión Soviética la convirtieron en una verdadera piedra en el zapato del Tío Sam.

En efecto, tras la revolución la isla alcanzó una proyección internacional totalmente desproporcionada a su tamaño. Cuba fue protagonista al participar en la fundación del Grupo de los No Alineados, y apoyó grupos guerrilleros en África y América Latina, donde se convirtió en el faro de la insurgencia armada de la izquierda. Con el tiempo, esa política no solo envenenó las relaciones entre Washington y La Habana, sino que también marcó las de Estados Unidos con el resto del continente durante la segunda mitad del siglo XX. Una situación que para sorpresa de muchos no lograron alterar ni la caída del Muro de Berlín, ni la desintegración de la Unión Soviética.

De hecho, ni Estados Unidos ni Cuba son los mismos países que se enfrentaron a muerte desde 1959. Obama, el primer presidente negro de la historia, es el reflejo de la nueva composición racial, política y económica del gigante del norte. Y en cuanto a Cuba, como dijo a SEMANA John A. Gronbeck-Tedesco, autor del libro Cuba, the United States, and the Culture of the Transnational Left, “uno de los problemas que tiene el análisis de la revolución es que suele entendérsela como una entidad inmutable. Pero lo cierto es que, como todos los países, ha tenido que cambiar, aunque suela entendérsela como si viviera en una cápsula del tiempo”.

En el balance, por lo pronto es difícil decir si alguno ganó este pulso de casi 60 años. Por ahora, ni Estados Unidos se plegó, ni Cuba renunció al socialismo. Solo el tiempo dirá el nuevo derrotero de esa vieja relación, sobre todo cuando la isla decida su futuro ya sin la presencia en el poder de los Castro. Mientras tanto, Fidel en su retiro debe estar frotándose las manos: al fin y al cabo es el presidente de Estados Unidos el que visita a su antiguo enemigo.

Raúl el pragmático

El hermano de Fidel resultó ser un político calculador que supo aprovechar el acercamiento de Obama sin hacerle una concesión a Washington.

El hombre encargado de comandar desde el Palacio de la Revolución el deshielo cubano ha sido Raúl, el menor de los Castro y el primer comunista de la familia. Aunque junto a Fidel y al Che fue uno de los protagonistas de la revolución, desde el triunfo de 1959 mantuvo un perfil bajo. De hecho, durante casi medio siglo pocas veces se le vio en público, y dio contadas entrevistas.

Cuando en 2008 llegó al poder para reemplazar a su hermano Fidel, muchos pensaron que su gobierno sería más ortodoxo que el de su hermano. Sin embargo, su mandato coincidió con el de Barack Obama, el presidente más progresista que ha tenido Estados Unidos, quien desde el primer año de su gobierno flexibilizó la posición de su país hacia La Habana.

Consciente de los problemas que el aislamiento le había llevado a su país, Raúl aprovechó la oportunidad. Desde entonces, ha demostrado que no es ni idealista, ni una marioneta del destino. Por el contrario, reaccionó con pragmatismo y hasta el momento es uno de los ganadores de la apertura. La gran pregunta es cómo responderá ante los cambios que el deshielo llevará a la isla.

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