Lunes, 20 de octubre de 2014

| 2013/09/21 04:00

Vladimir Putin, el grande

Al tomar la delantera a Barack Obama en el manejo de la crisis de Siria, el presidente ruso se posicionó como árbitro global.

Vladimir Putin vestido de oficial naval en una base de la Flota del Norte. El presidente recogió la herencia de la Rusia imperial y de la Unión Soviética, para despertar el poderío de su patria. Foto: AFP

La primera vez que Vladimir Vladimirovich Putin pisó un gimnasio de judo no tenía más de 11 años. Era un joven difícil, de los barrios bajos de San Petersburgo, que soñaba con imitar a los actores soviéticos de acción.  Ahora, a sus 60 años, Putin es octavo dan, uno de los grados más altos en este deporte. Se especializó en las tácticas de kuzushi, en las que se usa la fuerza del oponente para desequilibrarlo y arrojarlo al suelo. 

En las últimas semanas el presidente de Rusia, en un combate diplomático mucho más arriesgado, usó una maniobra análoga en la crisis de Siria  para imponer los intereses de su patria por encima del poder de Occidente. Putin sueña desde su llegada al Kremlin en 2000  con devolverle a esta su papel de gran potencia mundial y ahora está a punto de lograrlo.

El problema de las armas químicas del régimen de Bashar al Assad no es el primer asunto en el que Putin ha dado un duro golpe a los intereses de su gran adversario, su colega norteamericano Barack Obama. La seguidilla comenzó en agosto, cuando acogió en su país a Edward Snowden, el excontratista de la National Security Agency (NSA) que filtró miles de documentos confidenciales y buscó refugio en Moscú después de que Washington le canceló su pasaporte. 

Al perseguir a Snowden, la Casa Blanca le entregó a Putin en bandeja la posibilidad de quedar como el campeón del antiimperialismo y el defensor de la libertad de expresión, una ironía enorme cuando se observa hasta qué punto reprime al periodismo en su propio país. 

Como dijo en una entrevista, “no quiero ofender a los estadounidenses, pero hubieran podido ser un poco más profesionales. Hubieran dejado entrar a Snowden a un país donde operan e intimidan con facilidad como América Latina o Europa. O podían interceptarlo en pleno vuelo. Pero no, prefirieron intimidarnos y naturalmente, se quedó bloqueado en Rusia ¿Qué íbamos a hacer, mandarlo de vuelta?”. 

Putin repitió la maniobra con la crisis siria. Desde que empezó la guerra civil Moscú, aliado tradicional de Damasco, bloqueó en el Consejo de Seguridad de la Onu cualquier intento de resolución contra Assad. El ataque químico  del 21 de agosto desencadenó la amenaza de un bombardeo unilateral de Estados Unidos que dejaba a Moscú fuera de lugar y en el incómodo rol de ser quien tiene que replicar. 

Pero a pesar de sus cartas desfavorables, el Kremlin ganó la partida. Mientras los países occidentales parecían confusos, indecisos, contradictorios, Moscú mantuvo una posición clara, coherente y sólida de evitar intervenir sin que la ONU autorizara el ataque. Y como un jugador de póker, logró sintonizarse con una opinión pública occidental que claramente no apoyaba el ataque.

Luego, al apropiarse hábilmente de una insinuación de Washington y proponer desmantelar el arsenal químico del gobierno sirio, le ofreció una salida honorable a Obama, quien quedó encerrado en sus “líneas rojas” y en sus promesas de “castigar” a Damasco, algo que en el fondo no quería hacer. 

De ese modo Putin logró devolver su patria al primer plano mundial, lo que hasta hace solo unos meses parecía imposible. En 2011 su panorama parecía oscuro. Miles de manifestantes se opusieron a su tercera reelección, obtenida  en medio de numerosas denuncias de fraude; la economía andaba mal y el Kremlin había fracasado en su oposición a que Occidente bombardeara Libia. Algunos medios estadounidenses lo calificaban de “patético”, “lamentable”, “débil” y “perdedor”. 

Pero como escribió Clifford Gaddy, autor del libro El señor Putin, el presidente aprendió en el KGB, entre otras muchas cosas, a manejar la gente y a aplicarle el sistema de la Doble Cruz: “No destruyas tus enemigos, manipúlalos y úsalos para tus propios objetivos”.

Putin encarna un país nostálgico por su pasado imperial. Según dijo, “quienes no añoran a la Unión Soviética no tienen corazón”. Creció con la obsesión de ser agente del KGB, la Policía secreta soviética, lo que logró tras estudiar Derecho Internacional. Comenzó a trabajar en la división de contrainteligencia y más tarde en Dresde, en la antigua Alemania Oriental. 

Estaba allá cuando lo sorprendió el colapso del comunismo y el desvanecimiento de su amada Unión Soviética. Ya en la Rusia de Boris Yeltsin supo cómo aliarse con los políticos indicados para acercarse al poder. En 1998 lo nombraron director del FSB, la agencia que reemplazó el KGB y un año después el presidente lo nombró primer ministro. 

Recibió un país hecho trizas, golpeado en su orgullo y con su población en la absoluta miseria. La Otan había bombardeado sin piedad a Serbia, aliado histórico de Moscú, y la pequeña Chechenia había humillado al Ejército y disfrutaba de una independencia de facto. 

En menos de cinco años Putin logró cambiar esa situación sustancialmente.  Como explicó a SEMANA la doctora Lisa Baglione, experta en Rusia de la Universidad Saint Joseph de Filadelfia, “la doctrina Putin supuso reafirmar el control sobre elementos clave de la economía como los hidrocarburos, restablecer el orden dominando los medios de comunicación, los tribunales y la política y reconstruir el prestigio mundial del país”.

Gracias a altos precios de petróleo y gas, su alianza con la Iglesia Ortodoxa, las políticas ultraconservadoras, una buena dosis de populismo y liberalismo económico, convirtió en millonario a su círculo más cercano y reconcilió a los nostálgicos de la Rusia soviética con los ultracapitalistas. Al mismo tiempo implantó un Estado fuerte, de mano dura, que castiga a cualquier intento de oposición, llegando incluso a encarcelar hace unas semanas un pintor que lo retrató en ropa interior femenina. 

Como le dijo a SEMANA Roger Kanet, autor de La política exterior rusa en el siglo XXI, “Putin ha tenido un liderazgo típicamente ruso, el mismo que los zares, el mismo que los dirigentes de la Unión Soviética, autócratas que creen saber que es lo mejor para su país”. 

Y uno de los grandes beneficiados por esa nostalgia de poder es, naturalmente, el Ejército. En la era Putin su presupuesto se triplicó para llegar a más de 90.000 millones de dólares anuales, el tercero después de Estados Unidos y China, y el Kremlin prometió modernizarlo con una inversión de 800.000 millones de dólares en la próxima década. El presidente también reformó la doctrina militar que ahora vuelve a considerar a la Otan como su principal amenaza. 

Para dejar de depender de sus potenciales enemigos, Putin canceló en 2006 su deuda externa de 23.000 millones de dólares y ahora quiere construir la Unión Eurásica, una coalición con los países de su antigua zona de influencia soviética. Hasta ahora solo Bielorrusia, Kazajistán y Armenia adhirieron, pero va por el resto. 

En agosto, Ucrania rechazó la oferta de Moscú, que castigó la afrenta al bloquear sus importaciones. Según escribió hace unos meses, se trata de juntarse alrededor de la “gran herencia de la Unión Soviética”, cuyo colapso fue “la peor catástrofe geopolítica del siglo XX”.

Sin embargo, problemas en casa no le faltan. Como explicó Kanet, “la economía depende totalmente de los precios del petróleo, no hay inversión en pozos nuevos y la producción va para abajo. Sus dos principales exportaciones son las armas y los hidrocarburos. Para rematar, Rusia envejece y el 20 por ciento de su población, de origen musulmana y turca, fue absorbida pero no integrada. Son crisis potenciales”. 

Pero el show tiene que seguir. En febrero de 2014 Sochi, una ciudad del Cáucaso, acogerá los Juegos Olímpicos de invierno y Putin quiere que sean colosales. Aunque aún no se han entregado todas las obras, los costos de la competencia ya alcanzan los 50.000 millones de dólares, los más caros de la historia de todos los juegos. 

Los planes incluyen autopistas, un aeropuerto, vías férreas, un estadio solo para la ceremonia de inauguración, contratos para los amigos del Kremlin, pero sobre todo una plataforma inigualable para que Vladimir Vladimirovich le grite al mundo: “¡Rusia está de vuelta!”

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