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| 12/16/2017 10:15:00 PM

Vladimir Putin, el mandamás del mundo

El líder ruso lanzó oficialmente su candidatura para llegar a la Presidencia por cuarta vez. En el último año de su tercer periodo, amplió la influencia de este país en Oriente Medio y fomentó el caos en las democracias de Occidente, incluida Estados Unidos.

El 14 de diciembre, el presidente Vladimir Putin dejó claro que después de 3 periodos presidenciales no hay ninguna señal de agotamiento ni de intenciones de dejar el poder. En una rueda de prensa que duró más de 4 horas, ratificó su aspiración como candidato independiente para las elecciones del próximo año. Nadie duda de que seguirá al mando del país más grande del mundo durante 6 años más y que ampliará la influencia de Rusia, aún más, a lo largo y ancho del mundo. En 2017 cerró con broche de oro varias de sus apuestas diplomáticas más ambiciosas.

Después de recibir críticas de la comunidad internacional por anexar a Crimea en 2014, Rusia debía buscar la manera de salir del aislamiento internacional en el que ella misma se metió. Putin, con habilidad y astucia, concentró sus esfuerzos en limpiar su imagen y dejar mal parado a sus rivales occidentales al meterse de cabeza, desde 2015, en uno de los conflictos más complejos y dramáticos del siglo XXI: la guerra siria.

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Los resultados de la empresa rusa en Damasco no pueden ser mejores para el exagente de la KGB. En primer lugar, logró sacar del atolladero al gobierno autoritario de Bashar al Asad, quien se convirtió en un aliado dócil y fiel. Esa alianza, aunque criticada por los observadores internacionales, pues las tropas rusas ayudaron a reprimir la oposición del régimen, rindió frutos que valen oro. Hoy en día, el puerto de Tartus acoge a los buques de la Armada rusa, lo que consolida la presencia de Moscú en el Mediterráneo. Sumado a esto, Putin se ha vendido como un dirigente capaz de acabar con el terrorismo (se atribuye la derrota de Isis en la región) y como el líder internacional que Siria necesita para alcanzar la paz. Sobra decir que detrás de ese propósito, aparentemente loable, se esconde la mezquina intención de torpedear los diálogos de paz de la ONU en Génova.

Los tentáculos de Putin son tan largos, que no se podían quedar solo con Siria. En los últimos meses, el mandatario ruso tuvo acercamientos con Arabia Saudita, Turquía y Egipto, entre otros países de la región. Con Egipto, por ejemplo, está a punto de firmar un acuerdo que le permitiría a los jets rusos tener bases aéreas y circular libremente por el espacio aéreo egipcio. Por si no fuera poco, el otrora aliado de Estados Unidos en los años setenta le compró a Rusia armas por miles de millones de dólares en los últimos tres años. Moscú, ante la pésima gestión diplomática de la administración de Donald Trump en Oriente Medio, recuperó el terreno perdido por la antigua Unión Soviética y se consolidó como un aliado atractivo por su poder militar.

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Si las tropas rusas en Siria tuvieron éxito, el ejército cibernético del Kremlin triunfó al inmiscuirse en todos los procesos electorales posibles. No solamente inundó las redes sociales norteamericanas (Facebook y Twitter, principalmente) con noticias falsas que favorecieron la campaña a la Presidencia de Donald Trump, sino que también lo hizo en dos elecciones europeas (Francia, Alemania) y aumentó la polarización de dos referendos ya de por sí sensibles: el brexit y la independencia catalana.

A todas luces, Rusia aplicó la máxima de “divide y reinarás”, estrategia sumamente fructífera en las redes sociales virtuales. Como se esperaba, el Kremlin ha negado rotundamente dichas prácticas cibernéticas, pero nadie, en la comunidad internacional, duda del poderío informático ruso, altamente desarrollado desde los tiempos de la Guerra Fría.

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Vladimir Putin se movió a su antojo a lo largo de 2017. Ningún analista de la política rusa duda, ni un instante, que el actual mandatario arrasará en las elecciones del próximo marzo. Aunque en el plano internacional el mandatario ruso jugó cada una de sus fichas con astucia, su próximo reto será mucho más local y espinoso: debe, como los autócratas de antaño, escoger a su sucesor. Mientras la oposición se prepara para dar esa dura pelea en 2024, todo el Kremlin espera recibir la bendición de Putin, ese zar del siglo XXI. 

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