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| 12/10/2016 12:00:00 AM

El mundo le sonríe a Vladimir Putin

El triunfo de Donald Trump, el ‘brexit’, el avance del populismo en Europa… Todos esos desarrollos son positivos para el Kremlin actual, que tiene una mirada muy distinta a la de Occidente.

“A diferencia de algunos colegas extranjeros que ven en Rusia un enemigo, nosotros nunca buscamos enemigos. Necesitamos amigos. Pero no permitiremos la humillación o que desestimen nuestros intereses”. Lo dijo el presidente ruso, Vladimir Putin, en su discurso anual del 1 de diciembre al cumplirse 25 años de la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Putin predica amistad, al menos de dientes para afuera, pero en Occidente los medios presentan la imagen de Rusia como si el oso rojo de la URSS continuara existiendo. El FBI de Estados Unidos lo acusa, con pruebas en la mano, de interferir en la campaña electoral de Estados Unidos. También se le culpa de haber favorecido el triunfo del brexit en Gran Bretaña, de la victoria del No en el referéndum en Italia, del avance de los conservadores en Francia y otros países de Europa, y de todo lo que parece negativo o contrario a los valores occidentales. A tal punto, que la revista inglesa The Economist ilustró hace pocas semanas su tapa, titulada ‘Putinismo’, con una imagen diabólica del líder ruso y dos brillantes aviones de combate en lugar de ojos.

Todo eso puede ser cierto, pero vista desde el Kremlin, la perspectiva se presenta muy distinta. Desde hace 25 años, Rusia considera que Occidente la ha sometido al maltrato y la demonización. La poderosa crisis que se apoderó del país euroasiático, al desbaratarse la URSS, lo colocó al borde de la desintegración económica, política y social en los años noventa. Y Occidente lo supo aprovechar.

En esa década y bajo la dirección de Boris Yeltsin, Rusia dirigió su política exterior a integrarse con Europa y con Occidente. “Esta fue la orientación principal: que el nuevo orden mundial se construiría sobre la base de las instituciones occidentales, y no sobre la base de la creación de nuevas estructuras, correspondientes a la nueva época después de la confrontación”, dijo a SEMANA el analista ruso Fedor Lukyanov, director de la revista Rusia en la Política Global.

La cosa llegó a tal punto, que el gobierno ruso permitió el paso de las tropas de la Otan por su territorio para colaborar en la campaña contra Al Qaeda en Afganistán.

Pero la dolorosa trayectoria de Rusia en esos años llevó a un solo resultado: en el último cuarto de siglo, Estados Unidos expandió la Alianza Atlántica (Otan), que incorporó a todos los países de Europa del Este, antiguos aliados soviéticos. Bill Clinton bombardeó Yugoslavia en 1999. En 2008, prometieron el ingreso a la Otan de Ucrania y Georgia, dos países que formaron parte de la URSS, lo cual hubiera significado para Rusia una humillación moral y política, y una grave amenaza militar. Algo así como colocar misiles rusos Iskander en Canadá o México. En 2002, Estados Unidos se retiró del tratado que prohibía los misiles antibalísticos y estableció un nuevo sistema antimisiles en Europa.

Con Putin en el poder, la política exterior del Kremlin cambió: desde la segunda mitad de los años 2000, se dirigió en creciente medida a resistir las presiones occidentales, y los acontecimientos de Ucrania en 2014 fueron la gota que rebasó el vaso. El gobierno de Moscú vio la destitución del presidente Víktor Yanukóvich, afín a sus intereses, como parte del plan para separar a ese país de Rusia e incorporarlo no solo a la Unión Europea, sino a la Otan.

De ahí que Putin lanzara sus tropas, abierta o veladamente, a recuperar la estratégica península de Crimea en el mar Negro, sede de la principal flota naval rusa, que había sido cedida a Ucrania en 1954. De ese modo, logró reincorporarla a Rusia, lo cual motivó las sanciones económicas y políticas de la Unión Europea y Estados Unidos contra Moscú.

En esa ocasión, Putin dijo que Occidente cruzó “la línea roja”: “Nos engañaron una y otra vez, tomaron decisiones a nuestras espaldas, presentándonos hechos consumados. Así fue la expansión de la Otan al este, colocando infraestructura militar en nuestras fronteras, y siempre nos decían: ‘Esto no es contra ustedes’”.

Putin señaló que no se podía imaginar visitando a los marinos de la Otan en Sebastopol, la base militar rusa en Crimea, donde se libró una de las batallas decisivas de la Segunda Guerra Mundial. “Son buenos chicos, pero mejor que vengan ellos a visitarnos, y no al revés”, dijo.

Como explicó a SEMANA el analista ruso Serguéi Karagánov, decano de Economía Mundial en la Universidad Nacional de Investigación de Moscú, la posición de Putin frente a Ucrania marcó un cambio decisivo: “Detuvimos la expansión de la Otan. Yo creo que este es el mayor triunfo de la política rusa. Tenemos que dejar de intentar gustarles a todos. De cualquier manera, no lo valorarán. Por el contrario, debemos siempre y en todo lugar defender nuestros intereses”, señaló.

A su vez, Putin ha sido un crítico feroz de las intervenciones militares de Estados Unidos en el mundo y de su papel de defensor de la democracia. Es decir, de su rol como nación excepcional que tiene como misión expandir su evangelio por el orbe.

Esa percepción se confirmó con el curso que siguió la Primavera Árabe, que Occidente saludó como una serie de revoluciones democráticas, pero que terminó por desestabilizar la región y produjo la guerra civil que está acabando con Siria. Para Rusia, la gran paradoja es que el gobierno de ese país ha sido un bastión de estabilidad y progresismo en Oriente Medio, lo mismo que un aliado clave en la región. De hecho, la cercanía de Moscú comenzó mucho antes de que Bashar al Asad llegara al poder, pues ya desde los tiempos de su padre, Hafez, Siria y Unión Soviética compartían la ideología socialista. A su vez, durante su gobierno Moscú construyó la base naval de Tartus, el único puerto del que dispone Rusia por fuera de su territorio. De ahí que para Putin la supervivencia de Asad es un objetivo no negociable.

De la caída de la URSS a la caída de la globalización

Un cuarto de siglo después, la gran discusión no es por qué desapareció la URSS, sino qué pasará con la globalización, la aparente triunfadora de 1991. El colapso de la URSS hacía pensar en el triunfo eterno del capitalismo y de la democracia occidental. Pero tras el triunfo de Donald Trump y el brexit, y el avance de los partidos nacionalistas en Europa, el planeta no parece ser el mismo.

Para el Kremlin, la visión de estos hechos es positiva: “El modelo de un solo mundo dominado por Estados Unidos y sus aliados ha quedado en el pasado. Por la presión de sus propios ciudadanos, el país líder ha tenido que dedicarse a resolver sus problemas internos, y surge una pausa en la expansión internacional. El salto hacia el dominio mundial dado después de la Guerra Fría fue tan poderoso, que ahora llegó la ola contraria”, según el analista Lukyanov.

Después del 8 de diciembre de 1991, cuando Ucrania, Rusia y Bielorrusia, las tres naciones que constituyeron la URSS en 1922, firmaron el pacto de Belavezha para disolver la Unión, el historiador estadounidense Francis Fukuyama habló del “fin de la historia”. Pero si la Unión Soviética desapareció sin aviso, ¿no podría suceder lo mismo con la globalización y el mundo occidental, tal y como se les conoce hoy?

“Desde la victoria de Trump en noviembre, es posible creer que un colapso similar puede suceder en Occidente”, escribió un periodista inglés en The Guardian. “La globalización parecía ser un proceso natural irrefrenable, el libre mercado parecía apenas el estado natural de las cosas. Pero cuando el país que diseñó la globalización la impuso y se benefició de ella votó en contra, hay que considerar la posibilidad de que termine abruptamente”, como la URSS.

“Para la política exterior rusa aparecen nuevas condiciones. En los últimos años tuvo un carácter fundamentalmente reactivo. El activismo occidental obligó a responder permanentemente. Pero Estados Unidos y la Unión Europea cometieron muchos errores, que Rusia supo utilizar”, concluye Fedorov. 

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