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| 10/12/1987 12:00:00 AM

¡WELLCOME J.P.!

La visita del Papa a Estados Unidos se realiza en medio de protestas de feministas y homosexuales

Miami está acostumbrada a recibir visitantes, pero no de esta naturaleza. Por eso, cuando el jueves pasado a las dos de la tarde un jet de Alitalia se detuvo en la pista del aeropuerto y en lo alto de la escalerilla apareció la conocida figura del Papa Juan Pablo II, la actividad en esta ciudad turística de Estados Unidos pareció detenerse por unos minutos.
Así, bajo el caluroso sol de la Florida, comenzó la jornada número 36 en la lista de viajes que ha realizado el primer jerarca de la Iglesia Católica. En esta oportunidad, el viaje del Papa se extenderá durante diez días y cubrirá una distancia cercana a los 30 mil kilómetros a lo largo y ancho de la diócesis más rica, variada, beligerante y contradictoria de todas las que están bajo la jerarquía del Vaticano.
Es por esa razón que Miami se presentó como el sitio preciso para que Juan Pablo II comenzara su periplo. Aparte de recibir el saludo de bienvenida del presidente Ronald Reagan, quien lo esperaba al lado del avión, el Pontífice comenzó rápidamente con un cargado itinerario en medio del cual había que sacar tiempo para recibir a todas y cada una de las comunidades cristianas -e incluso algunas no cristianas- de la ciudad. Refugiados centroamericanos, habitantes de Little Haiti, exiliados cubanos e inclusive 175 integrantes de la religión judía, tuvieron oportunidad de manifestarse. Esa, precisamente, debe ser la tónica de esta semana cuando la caravana pontificia se oriente hacia las principales ciudades de la costa oeste de Estados Unidos. Aunque probablemente el jerarca no encuentre una variedad tan amplia de nacionalidades, como en su primera etapa, sí va a escuchar todo tipo de peticiones.
Y es que el Juan Pablo II "modelo 87" es mirado con especial interés en esta oportunidad. En 1979, cuando viajó por primera vez a norteamérica, el Pontífice era relativamente nuevo en el cargo para que fuera calificado por sus actos. Sin embargo, ahora las cosas son diferentes para los 53 millones de católicos que hay en Estados Unidos. En el centro de la discusión está la percepción de que la Iglesia va por un lado y los creyentes norteamericanos, por otro.
Una encuesta publicada hace unos días por la revista Time encontró que el 93% de las personas que se consideran católicos en Estados Unidos piensa que "es posible estar en desacuerdo con el Papa y seguir siendo un buen católico". Mientras 53% de los encuestados piensa que el Papa es infalible cuando se pronuncia sobre la doctrina, sólo el 37% opina que lo es cuando habla de asuntos morales. A pesar de la doctrina de la Iglesia, solamente el 24% piensa que los métodos anticonceptivos son malos y apenas el 29% considera que el sexo prematrimonial es malo siempre.
Semejantes ideas han producido de tiempo atrás, tensiones entre el Vaticano y la Iglesia norteamericana. Adicionalmente hay puntos de controversia mucho más espinosos como la actitud ante los homosexuales y el rol de las mujeres dentro de la jerarquía. En algunos casos, los obispos norteamericanos han decidido adaptarse a lo que piensa su comunidad, lo cual les ha valido numerosos tirones de orejas por parte de Roma. El ejemplo más claro es el del arzobispo de Seattle, Raymond Hunthausen, quien el año pasado fue temporalmente "degradado" por estar abiertamente en desacuerdo con el Pontífice.
Claro que en esta oportunidad las protestas ante el Papa las van a hacer directamente los fieles. Aparte de los cartelones y avisos durante las misas a campo abierto, Juan Pablo II podrá escuchar puntos de vista contrarios. Este jueves, por ejemplo, el Pontífice deberá visitar a un centenar de enfermos de SIDA en Monterrey (California), casi todos homosexuales, que deberán quejarse del tratamiento "discriminatorio" de la jerarquía en contra de ellos.
Las mujeres también tienen algo que decir. Desde hace tiempo se ha solicitado en Estados Unidos la ordenación de mujeres como sacerdotes petición a la cual la Iglesia se ha negado sistemáticamente. Como prueba de que se quiere eso y mucho más varias comunidades de monjas se encargarán de exponerle directamente sus puntos de vista a Juan Pablo II.
Según algunos observadores, el Papa requerirá de todo su encanto personal para evitar que dichas protestas acaben acaparando la atención de la visita. Hasta ahora, los conocedores están tranquilos. Como ejemplo se cita la audiencia que el Papa le concedió a los judíos a principios de septiembre para restablecer las relaciones, severamente dañadas después de que el Pontífice recibiera en junio a Kurt Waldheim, primer ministro austriaco, quien a su vez fuera oficial nazi en la Segunda Guerra Mundial.
En la reunión con la comunidad judía, el Papa, sin discutir su encuentro con Waldheim, logró tranquilizar el ambiente, gracias a lo cual no se canceló su reunión de la semana pasada con los judíos norteamericanos en Miami. Claro que en este caso la negociación es más difícil. En los tres puntos principales en discusión -la autoridad del clero, la moral sexual y el papel de las mujeres- el Papa se ha mantenido repetidamente en sus trece y por lo tanto lo más posible es que a pesar de las admoniciones la discrepancia entre lo que dice el Vaticano y lo que hacen los católicos norteamericanos, continúe.
Aparte de las ideas hay -como es corriente en cada viaje papal- discusión sobre el costo de la travesía. En esta ocasión, se estima que la Iglesia de Estados Unidos deberá aportar 20 millones de dólares para cubrir los gastos, dinero que según algunos sería mejor gastado en otras cosas. La razón de tales protestas reside en que algunas diócesis han decidido tirar la casa por la ventana. En Miami, donde la visita se preparó durante 18 meses, 100 palmeras y 600 crisantemos costaron la suma de 200 mil dólares, mientras que en San Antonio (Texas) las contribuciones de los millonarios deben alcanzar para cubrir una cuenta que estaba presupuestada en 2.5 millones de dólares en menos de 24 horas de visita.
No obstante, según los defensores del viaje, todos esos costos son justificados por la llegada del Papa. Eso era lo que debía estar pensando algún astuto empresario que días antes de la llegada del Pontífice, y parodiando una leyenda de la época de Los Beatles, empezó a vender unos botones de recuerdo con el mensaje: "I love Jean Paul, Ringo & George".
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