Lunes, 20 de febrero de 2017

| 1982/07/12 00:00

¿Y EL TRIUNFO PARA QUE?

El problema para Inglaterra no es ocupar a Port Stanley. Es lo que vendrá después.

¿Y EL TRIUNFO PARA QUE?

No sólo todo el mundo sabe ya dónde están las Malvinas: ahora sabe incluso donde está el monte Kent. Y sabe que la mayor parte de las casas de Port Stanley son de madera, y que por tanto pueden incendiarse a poco que el fuego de la artillería británica, las bombas de los "Harriers" y los cañonazos de la Royal Navy se desvíen de sus blancos. Una batalla difícil y feroz, la de Port Stanley, y con ella no se acaba esta guerra.
Muy bien: imaginemos que las previsiones de prácticamente todos los expertos militares -incluidos los argentinos- se han cumplido, y la bandera británica ondea ya en el tejado de la antigua casa del gobernador Rex Hunt. Aún queda la Gran Malvina por recuperar. Pero, sobre todo, aún queda por convencer al pueblo argentino de que ha perdido y que sería una locura que lo intentara de nuevo. Gran Bretaña va a ganar esta guerra. El problema es qué hace después, qué hace para no perder luego, en plena paz.
Hasta tal punto la reivindicación de las islas es una causa nacional argentina que, eufórico, por el apoyo de sus compatriotas, Galtieri no ha tenido inconveniente en decir "Aún cuando no fui elegido por ellos me siento muy orgulloso de ser el presidente de los argentinos". Hablaba en serio. El no elegido presidente, por una vez, tiene la nación detrás. Londres sabe que no puede romper esa voluntad de los argentinos por recuperar las islas. Una voluntad sentida tan en las entrañas, como para que la gente olvide, momentáneamente, lo que la dictadura militar les ha hecho sufrir. ¿Qué va a hacer, por lo tanto, Londres, una vez haya vencido a las guarniciones argentinas en las islas?
El gobierno de Su Majestad sabe que, acabadas las batallas en tierra, Buenos Aires puede mandar, de cuando en cuando, su aviación para hostigar a los soldados británicos. Una opción que tiene el gobierno, es convertir las islas en una fortaleza. Esto no supondría una carga insoportable para Gran Bretaña: se calcula que costaría unos veinte mil millones de pesos durante 1983 y alrededor de treinta mil al año siguiente.
Probablemente, bastaría con dejar tres mil soldados en las islas, tres barcos de guerra, dos submarinos, entre ocho y doce "Harriers" y unos quince helicopteros. Quienes saben dicen que estas fuerzas son suficientes para mantener a raya a Buenos Aires y disuadirlo de repetir la aventura o de hacer la vida difícil a los vencedores. Sin embargo, aun cuando convertir las islas en un bastión es una idea que tendría el apoyo de los isleños y de buena parte de los británicos, ni Estados Unidos ni el resto de los países de la Otan la ven con buenos ojos. Para empezar, el que Gran Bretaña deje efectivos militares en el Atlántico Sur, debilita a la Otan.
Además Estados Unidos tiene razones políticas para oponerse a esta solución. "Intentan cabalgar en dos caballos que van en dirección contraria: eso es lo que está haciendo el Departamento de Estado". El comentario lo hizo un alto funcionario británico después de lo que ocurrió el viernes por la noche en el Consejo de Seguridad de la ONU. Unas horas antes de que Estados Unidos vetara la moción hispano-panameña, se arrepentía y explicaba que lo que en realidad le hubiera gustado hacer era abstenerse. Margaret Thatcher y el presidente Reagan paseaban en el jardín de la embajada estadounidense en París.
Hora y media, estuvieron charlando a solas. Y al final, una Margaret Thatcher sonriente aseguraba que "Los Estados Unidos nos apoyan por completo". Por la noche, en el inoperante consejo de seguridad, iban a quedar claras las dudas del Departamento de Estado.
Oficialmente, Washington sigue apoyando a Londres, le suministra misiles y repite que "No se puede permitir que la agresión triunfe". Sin embargo, van dándose cuenta, cada vez con más angustia, del daño terrible que su apoyo a Gran Bretaña está haciendo a sus relaciones con Suramérica. Y, en el fondo de su corazón, no desean en absoluto que la crisis acabe en una humillación de los argentinos que la junta se tambalee. Mejor un régimen dictatorial de derechas que un gobierno de izquierdas, sea democrático o no. Hay que dar una salida a la junta.
El Departamento de Estado desea, y probablemente Ronald Reagan esté intentando convencer a la Thatcher de que acepte que la flota se vuelva a casa una vez tomado Port Stanley y vencidas las guarniciones de la Gran Malvina -se calcula que hay mil quinientos soldados en Fox Bay.
Después, aunque la soberanía volviera a ser británica, se establecéría una administración cuatripartita en las islas: Argentina podría participar en estas conversaciones, si lo deseara.
El inconveniente de estas propuestas es que son completamente inaceptables para Londres. Cecil Parkinson, presidente del partido conservador y miembro del "Gabinete de guerra", ha dicho que dudaba mucho que los isleños o la opinión pública británica pudieran aprobar este esquema. Un modo sutil de explicar que el gobierno no lo aprueba. Durante su visita a Gran Bretaña, Reagan se ha encontrado con un gobierno y un pueblo decididos a no ceder.
Por lo que a los británicos se refiere, las encuestas revelan que, de nuevo, apoyan las opciones para el futuro que prefiere el gobierno, con el mismo entusiasmo con que respaldan el uso de la fuerza. El 48% favorece que las islas se independicen así sean fuerzas multinacionales las que las protejan. El 30% cree que la solución es convertirlas en una fortaleza militar británica. Sólo el 21% se apunta a que la ONU administre las Malvinas y apenas un 3% es partidario de que la soberanía pase a la Argentina.

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