Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1990/10/15 00:00

...Y OTRAS SON DE ARENA

Exito relativo con Corbachov, y descalabro con los iraníes, el balance semanal de Bush en el golfo.

...Y OTRAS SON DE ARENA


Un odio ancestral entre persas y árabes, ocho años de guerra, un millón de muertos y miles de millones de dólares en pérdidas materiales, separaban a dos enemigos irreconciliables, Irán e Irak. A finales de la década de los 70, el segundo de ellos se había convertido en la esperanza de occidente para detener el fanatismo fundamentalista que, inspirado por el ayatollah Jomeini, amenazaba diseminarse por todo el mundo árabe, con su carga de odio a Occidente. Los gobiernos europeos armaban a Saddam Hussein y cerraban un ojo ante sus atrocidades, pues al fin y al cabo, era su gobierno secular y anticlerical el que asumía los costos políticos y humanos de enfrentarse a los chiítas. Nadie hubiera pensado que jamás Bagdad y Teherán se reconciliaran, al menos en el presente siglo.
Sin embargo, diez años después del comienzo de la guerra entre Irán e Irak, un nuevo elemento haría olvidar los ríos de sangre que corrieron entre los dos países . Ese elemento sería el odio que los dos países comparten hacia Estados Unidos.
La reconciliación de Irak e Irán, se hafa concretado la semana anterior con la visita del ministro de Relaciones Exteriores del primero, Tarik Aziz, a Teherán. Pero si eso ya resultaba suficientemente preocupante, por los efectos que podría tener sobre el bloqueo impuesto a Irák, pocos imaginaban que a la semana siguiente, el nuevo lider espiritual de Irán, el ayatollah AlíJamenei, anunciara que su país no sólo estaba al lado de Irak, sino que "la lucha contra la agresión de Estados Unidos y sus políticas en el golfo Pérsico equivale a una "Jihad" (guerra santa) por la causa de Dios, y todos los fieles islámicos que mueran serán mártires" . Se trataba del ataque más duro lanzado por un dirigente iraní contra el despliegue militar norteamericano en la región, desde que comenzó la crisis el 2 de agosto. Jamenei advirtió que Irán no permitiría que Estados Unidos consolidara su presencia en el golfo y menos aún en Arabia Saudita, donde tiene asiento La Meca, la ciudad sagrada del Islam.
" Declararnos nuestra disposición a cooperar con los países del golfo para recuperar la estabilidad y la paz, y para cortarle las manos a quienes se inmiscuyen en asunSos ajenos", terminó Jamenei, en una alusión clara a Estados Unidos y sus aliados europeos, y en una velada amenaza contra Arabia Saudita, por haber aceptado la presencia de tropas extranjeras en una tierra sagrada para los árabes.
La declaración de Teherán se produjo un par de días después de la cumbre de Helsinki, en la que los presidentes de Estados Unidos y de la URSS habían confrontado sus posiciones sobre la crisis, no siempre convergentes.
En efecto, aunque Bush y Mijail Gorbachov se mantuvieron de acuerdo en cuanto a que el objetivo de la presión internacional no debía ser otro que el retiro inmediato e incondicional de Saddam de Kuwait, Gorbachov dejó en claro ante su colega y amigo norteamericano que la URSS tiene sus propios puntos de vista al respecto.
En primer lugar, Gorbachov mantuvo su libertad de acción al rehusar comprometerse a enviar tropas al golfo, algo que no sólo le hubiera costado grandes dolores de cabeza por los millones de musulmanes de la URSS, sino con todos sus conciudadanos, más preocupados por resolver sus problemas económicos que en arreglar el equilibrio mundial.
Segundo, Gorbachov consiguió aplacar las preocupaciones de su propio estamento militar, al obtener de Bush la promesa de que la presencia militar norteamericana sólo se mantendría mientras la crisis estuviera vigente. Eso pareció contradecir lo dicho la semana anterior por su secretario de Estado James Baker, quien había planteado el establecimiento de una fuerza multinacional permanente en la región, y los repetidos llamados de la primera ministra británica Margaret Thatcher.
Tercero, "Gorby" dejó en claro que mantiene en pie su tesis de que la crisis debe tratarse en el contexto de todo el problema del Medio Oriente, junto con la guerra civil en el Líbano y el levantamiento de los palestinos en las zonas ocupadas por Israel.
Y cuarto, Gorbachov se mantuvo firme en la posición de que la nueva política exterior soviética no está determinada por la búsqueda de préstamos en efectivo. Ante la observación de Bush, calificada de torpe, de que la actitud de la URSS "me inclin a buscar la más estrecha colaboración económica posible", el líder soviético contestó, casi en tono airado, afirmando que la política sovietica "no se compra con dólares" .
Por todo eso, si bien la reunión de Helsinki fue presentada como un éxito diplomático de Bush, muchos creen que el gran beneficiado fue Gorbachov, quien llegó a la cita como un invitado del protagonista, y salió convertido en un actor de primera línea.
Pero la proclama de Jamenei se convirtió en un descalabro para el presidente norteamericano que el día anterior se había dirigido a su Congreso -en un mensaje televisado a todo el país - para dejar en claro que su gobierno estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias.
Bush había buscado en su discurso del martes 11 preparar al pueblo norteamericano para la idea de que lo que le esperaba en el golfo Pérsico podría ser una sangría, a tiempo que afirmaba que su país no se dejaría chantajear por el secuestro de rehenes, ni por la posibilidad de que miles de soldados norteamericanos pudieran morir en el desierto.
Mientras en todo el mundo la expectativa se mantiene, el espectáculo de los miles de refugiados, principalmente asiáticos, que han ido acumulándose en Jordania dejaba en claro el problema social creado por la desaparición súbita de miles de empleos en el país más rico del mundo.
En Kuwait todos los trabajos de menor categoría eran desempeñados por inmigrantes provenientes no sólo de los países más pobres del mundo árabe, sino del Asia. Se trataba de empleos muy bien remunerados, que significaban, además, importantes ingresos para los países de origen, pues muchos enviaban mensualmente algún dinero a sus parientes en casa. Pero ahora, no sólo ese ingreso ha desaparecido, sino que sus países tendrán que asumir el desempleo de sus emigrantes repatriados.
El contraste entre esos refugiados asiáticos, transportados como carga en los gigantescos Antonov soviéticos, con las condiciones en que viven miles de kuwaitíes tomados fuera del país en el momento de la invasión, comenzó a causar escozor entre la mayoría de los observadores intemacionales. En Abu Dhabi, por ejemplo, se encuentran 35 mil kuwaitíes alojados en hoteles de cinco estrellas. La primera dama del país, Shaika Fatima, organizó una fiesta para conseguir fondos para el mantenimiento de sus dorados huéspedes, y para comenzar la subasta simbólica, pagó tres millones de dólares por una lata de galletas de Kuwait. Una suma no destinada al sostenimiento de los incipientes grupos de resistencia en el interior, sino a ayudar a pagar las cuentas de los lujosos hoteles ofrecidos por el gobiemo del emirato. Porque esos exiliados han sido obsequiados por los gobiemos "hermanos" del golfo con automóviles lujosos, plata de bolsillo, comida sin restricciones y acceso a los colegios y universidades.
Pero aún sin semejante beneficencia, se afirma que los kuwaitíes son la comunidad exiliada más rica de la historia, una que dispone de miles de millones de dólares y que no tendría ninguna dificultad en establecer un amplio aparato administrativo para mantener sus riquezas incólumes.
Pero los miles de refugiados, que en su mayoSa quedaron fuera del país en plena temporada de vacaciones, no contribuyen en nada a mejorar la imagen del emirato, sino más bien a generalizar la idea de que miles de soldados extranjeros están exponiendo sus vidas mientras quienes deberían estar asumiendo la defensa de su país, esperan cómodamente sentados al borde de las piscinas.
Por eso,no han faltado quienes aseguren que, aunque el caballo de batalla de Bush ha sido la restauración no sólo de la independencia de Kuwait sino de los emires en el poder, existe un plan norteamericano para, de lograrse la retirada de Saddam, establecer una democracia y propiciar la celebración de elecciones.

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