Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1992/12/14 00:00

Yeltsin en peligro

El Parlamento ruso inicia un camino que podría terminar con la caída del primer presidente.

Yeltsin en peligro

BORIS YELTSIN VIAJA A Londres y una guerra étnica estalla por primera vez en plena Rusia. Detrás de estas noticias que ya parecen rutinarias, se esconde un animal muy grande, en espera de dar un zarpazo que podría resultar histórico. Desde la caída del comunismo los observadores internacionales ya se acostumbraron a que las cosas pasan, y por eso están en suspenso ante lo que puede suceder en Rusia. Pero todos coinciden en que allí podría estallar la anarquía, en un extremo, o la dictadura total, en el otro.
La primera bomba política explotó el 21 de octubre, cuando el Soviet Supremo (Parlamento) convocó al Congreso de Diputados del Pueblo, que es el máximo órgano de poder en Rusia, para el primero de diciembre. Al hacerlo, desestimó el pedido del presidente Boris Yeltsin de aplazar su convocatoria hasta la primavera.
El hecho marcó el punto culminante del enfrentamiento del presidente contra un Congreso compuesto mayoritariamente por viejos comunistas. Se cree que, en medio del creciente descontento popular por el estado de la economía, el Congreso irá por la cabeza del presidente y de no lograrla, pedirá la dimisión del equipo de ministros encabezado por Yegor Gaidar, el responsable de la reforma económica.
El trasfondo de la crisis es la lucha entre distintos sectores de la así llamada "nomenklatura" por el control de la política económica: por un lado los comunistas que ahora se han agrupado en el Frente de Salvación Nacional, que controla un tercio del Parlamento, que se proponen forzar la renuncia de Yeltsin y de todo su gabinete en el Congreso de Diputados del Pueblo en diciembre. Por otro lado los "capitanes de la industria", es decir los gerentes de las grandes empresas del complejo militar-industrial. Su partido, la Unión Cívica, del cual forma parte el vicepresidente Rutskoi, no busca remover a Yeltsin sino establecer un gobierno de coalición y la gradualización de las reformas económicas. Yeltsin, por su parte, demostró su escaso arraigo democrático cuando no encontró mejor manera de enfrentar a sus enemigos que declarar ilegal el Frente de Salvación Nacional.
La cúpula del poder está en caos en Rusia. Que cuatro ministros convoquen a la prensa internacional para denunciar al presidente del Parlamento por cobijar un golpe de estado; que este tenga una guardia armada no sujeta a ley alguna y que sus miembros anden por la calle tiroteándose con la policía; que el Soviet retome el control del diario rebelde Isveztia desafiando abiertamente al presidente; y que el vicepresidente diga que el plan económico del gobierno es una estafa, todo esto habla por sí solo del grado al que ha llegado la crisis política. A nadie extraña que en esas condiciones, dos viejas etnias del Caúcaso entren en guerra, con lo que el fenómeno se presenta por primera vez en el seno de la propia Rusia.
Las cifras son impresionantes: el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo dice que si no hay un giro decisivo hacia la disciplina fiscal, la inflación puede convertirse en hiperinflación al final de 1992. Para Jeffrey Sachs, economista de la Universidad de Harvard que asesora al gobierno, la inflación puede llegar al 10 por ciento semanal, lo cual daría una tasa anual de más de 14.000 por ciento. El déficit presupuestario, que debía ser un cinco por ciento del Producto Nacional Bruto, está llegando al 17 por ciento. La producción ha caído en 20 o 25 por ciento en menos de un año. El rublo continúa en barrena (esta semana, 393 rublos por dólar). El nivel de vida ha caído en picada, y la parálisis de la producción amenaza con despidos masivos para el invierno.
La crisis en las alturas es un reflejo del descontento creciente de la población. Hasta ahora, esta ha sido una convidada de piedra en la guerra entre el Parlamento y el gobierno. Pero desde distintos sectores del espectro político crecen las voces que alertan sobre las consecuencias sociales de la dislocación económica en una población cada día más angustiada.
Anatoly Sobchak, alcalde de San Petersburgo, uno de los pioneros de la apertura económica junto con Yeltsin, lo describió muy bien: "Durante 70 años dijimos que el capitalismo estaba podrido, y ahora decimos lo opuesto. Tal vez no es el mejor modelo para seguir. Nos hemos ido de un extremo al otro. Ese es un grave error del gobierno".
Gorbachov tambien advirtió en una entrevista a Paris Match: "Rusia no puede esperar más, porque, si todo sigue avanzando hacia el precipicio, esto puede provocar una inmensa ola de descontento. Hay que parar ese riesgo con otra política". Y para el escritor Roy Medvedev: "Se está agotando el tiempo en el cual todavía podemos evitar un cataclismo social. ¿Qué pasará si dejamos que el tiempo se nos escape? Pensarlo es demasiado aterrador".

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