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| 4/18/2012 12:00:00 AM

Yom Hashoa, día de conmemoración de las víctimas del holocausto

En Colombia viven alrededor de veinte sobrevivientes del holocausto judío. Llegaron al país durante y después de la segunda guerra mundial y llevan más de sesenta años viviendo en diferentes ciudades de Colombia, la mayoría de ellos en Bogotá.

El 18 de abril se conmemora Yom Hashoa, día del holocausto, en el que se honra la memoria de quienes perdieron su vida en este genocidio. Hilda Demner, directora de la Oficina de Relaciones Humanas de las Comunidades Judías de Colombia explica que en la fecha se recuerda a los once millones de seres humanos que murieron en el holocausto: seis millones de judíos y entre ellos un millón y medio de niños.
 
En cada acto de Yom Hashoa se encienden siete velas. Una por cada millón de judíos asesinados. La séptima es una luz de esperanza para que un hecho como el holocausto no se repita. Alrededor de veinte sobrevivientes de la Shoa viven hoy en Colombia, cuenta Estella Goldstein, directora de la “Fundación Zajor” de sobrevivientes e hijos de sobrevivientes del holocausto. Seis sobrevivientes del holocausto contarán hoy sus experiencias en la conmemoración de Yom Hashoa, que la comunidad judía realizará en un acto privado en el norte de Bogotá. Tres de ellos compartieron su historia de vida con Semana.com.

Más de 1.600 murieron en el camino
 
Las tradiciones y fiestas judías son los recuerdos más alegres de la infancia de Cilli Scheter de Reines. Nació en 1921 en Siret, Rumania.
 
El drama de la guerra llegó a Siret en junio de 1941. Cilli tenía 17 años. Los nazis habían llegado y ordenaron a todos los judíos abandonar la ciudad con apenas las pertenencias que podían cargar. Iniciaban lo que después se llamaron marchas del horror. Miles de personas fueron obligadas a caminar por días enteros, con poca comida y agua y a la merced del clima y la intemperie.
 
“Caminamos más de 250 kilómetros”, recuerda Cilli. “Eramos 1.800 personas que salimos de Siret, después de tres meses quedamos vivos 180”. La gente moría de tifoidea causada y agravada por las precarias condiciones en las que vivían. Los abuelos y el padre de Cilli murieron de tifus. “Yo fui la primera que me enfermé”, cuenta Cilli con una sonrisa triste, “pero estoy aquí”.
 
David Reines, su futuro esposo también vivía en Siret. Cuando se lo quisieron presentar ella se negó pero cuando lo conoció fue amor a primera vista. Se casaron por lo judío en medio de la guerra. No tenían anillos así que David fabricó uno para Cilli hecho de una cuchara de plata que tenía.
 
Durante años tuvieron que moverse de un lugar a otro, buscando cualquier trabajo para ganarse el pan de cada día. David fue movilizado por el ejército soviético y obligado a dejar a Cilli para unirse a la guerra. Ella lo esperó y cuando fue necesario caminó kilómetros para llevarle ropa o comida. Al finalizar la guerra no terminaron los problemas. La vida bajo el régimen comunista también era dura, incluso peor, y pasaron años hasta que pudieron salir, primero a Bucarest, donde nació su hijo Benny y después a Israel.
 
La madre de Cilli había viajado a Colombia al finalizar la guerra y apenas consiguieron los permisos tomaron un barco hacia este país. Llegaron en 1951. Su hija, Rita, nació en Armenia. “Aprendimos a vivir en muchas partes y con lo que teníamos,” cuenta Cilli. Aprendió español leyendo caricaturas pero la bondad y caridad que siempre ha tenido sobrepasó las barreras del idioma. “Mi lema siempre ha sido haz el bien y no mires a quien”, repite una y otra vez.
 
“Yo entiendo en drama de los desplazados de Colombia”, dice Cilli. “Siento lo de los desplazados porque yo también viví eso”. Hoy vive en Bogotá, aunque lleva pocos años en esta ciudad pues se radicó Cali desde 1961. Su esposo David falleció pocos meses después de su aniversario de bodas número 57.

Alemania ya no era su hogar
 
Los recuerdos de una infancia vivida en Alemania de Inge Chaskel son alegres. Nació en Stuttgart, Alemania, en 1922. Como muchas otras familias, cuando Hitler subió al poder en 1933, pensaron que iba a ser algo pasajero pero la vida de Inge cambió completamente.
 
“Yo tuve infancia, pero no tuve adolescencia”, dice. Los primeros cambios se vieron cuando sus amigas del colegio le dijeron que ya no podían ser amigas, pues Inge era judía. Algo que nunca había sido un problema se había convertido en una barrera ineludible.
 
El 9 de noviembre de 1938 ocurrió lo que se conoce como “la noche de los cristales rotos”. Esa noche, en toda Alemania se realizó un ataque instigado por el gobierno a la población judía. Inge recuerda haber caminado esa mañana al colegio como cualquier otro día. A la hora del recreo su madre llegó, cosa que era extremadamente inusual. “¡Nos vamos!”, le dijo a Inge. “No vuelves al colegio. La sinagoga está en llamas”. En el camino de regreso las calles estaban cubiertas de vidrios. “Y la gente corría y gritaba y lloraba”, cuenta Inge. “Y la sinagoga ardía, con los vitrales en la calle”.
 
No se podía imaginar que algo así ocurriera en un país como Alemania.
 
Sabían que tenían que partir pero era muy difícil, no había puertas abiertas. Una de las iniciativas más importantes que marcó la vida de Inge fueron los “Kindertransport” (transporte de niños). Este mecanismo fue creado para sacar a la mayor cantidad de niños de Alemania y llevarlos a Inglaterra donde familias los recibieron de manera voluntaria. Los niños viajaban sin sus padres e Inge, de solo 16 años, los acompañaba en el trayecto desde un pequeño pueblo hacia Frankfurt, para que no viajaran solos. Desde allí, otros voluntarios los llevaban hasta Inglaterra.
 
“Eso es lo que más me ha marcado en mi vida porque fue muy triste”, dice Inge. “Imagínese los padres mandando a un niño de 4 años, solo. Los niños no sabían qué pasaba, por qué se tenían que ir”.
 
Cuando inició la guerra todo se volvió más difícil pero la madre de Inge logró conseguirles una visa temporal al principado de Lichtenstein y en 1941 obtuvieron boletos para viajar a Cuba. El viaje fue largo y lleno de peripecias. En Habana vivió cinco años y después ella y su madre consiguieron cupos para migrar a Estados Unidos. Allí conoció a su futuro esposo, un colombiano que la trajo a vivir a Bogotá.
 
“Tuvimos mucha suerte”, dice Inge, quien hoy es un miembro activo de la comunidad judía de Bogotá. Tiene dos hijos, quienes, con sus familias, también viven en el país.

“El hombre de la Gestapo no me vio”
 
Sigmund Halstuch lleva más de sesenta años viviendo en Colombia. “Conozco Colombia más que muchos porque he sido siempre pescador”, cuenta Sigmund con una sonrisa. Pescaba desde niño en Czortkuw, donde nació; una pequeña ciudad de Polonia que hoy en día es parte de Ucrania.
 
Cuando la guerra estalló en 1939, Rusia y Alemania invadieron Polonia. Czortkuw quedó bajo control ruso y por unos años la vida siguió un curso más o menos normal. No fue sino hasta 1941, cuando los nazis entraron a Polonia oriental, que las cosas cambiaron drásticamente. Con el régimen nazi llegaron las restricciones y persecución contra los judíos. Sigmund era todavía un niño cuando vio, desde el balcón en el que estaba sentado leyendo, como soldados nazis forzaron a su padre y a su hermano mayor a entrar a un camión. “A mi papá lo estaban empujando dos muchachos de la Gestapo [policía secreta nazi] y mamá estaba detrás protestando y casi le pegan con un revólver”, recuerda.
 
Se llevaron a su padre y a su hermano mayor. Al hermano lo dejaron ir unos días después pero el padre nunca volvió. No fue sino hasta el final de la guerra cuando Sigmund se enteró de que su padre fue asesinado y enterrado en una tumba colectiva cerca a la ciudad.
 
Poco después la familia se tuvo que mudar al gueto, una parte de la ciudad en la que los nazis aglomeraron a todos los judíos. Los forzaron a dejar su casa y sus pertenencias e ir a vivir con una tía y una abuela en una habitación pequeña. Las condiciones eran precarias. No había suficiente comida, dormían en el suelo, sufrían de frío y tenían el constante miedo de las “acciones”, momentos en los que los nazis entraban al gueto y se llevaban a personas que jamás volvían.
 
Sigmund recuerda una de estas acciones: “Se sabía que algo iba a pasar, entonces mamá me escondió en un armario y me echó trapos encima, me tapó completamente. Mientras estaba sentado en este armario entró un hombre de la Gestapo buscando gente. Empezó a quitarme cosas de encima y quedó solo un costal cubriéndome y no me vio. Fue un milagro”. Se llevaron a su abuela y su tía al campo de exterminio de Belzec. “Supimos que la abuela murió en el tren asfixiada,” añade Sigmund.
 
La apendicitis lo salvó de una segunda acción. Aunque los judíos no podían acceder a los servicios de los hospitales cuando Sigmund se enfermó un médico tomó el riesgo de admitirlo en la clínica y realizarle la cirugía necesaria. “Mientras me recuperaba en el hospital con mi mamá, entraron al gueto y se llevaron a mi hermano”, cuenta Sigmund y baja los ojos. Después de la guerra un sobreviviente relató que el hermano se enfermó y fue asesinado.
 
“Después en el gueto andábamos con una cosa que la señora del laboratorio nos regaló”, continúa Sigmund, “era veneno, cianuro. Y decidimos que si nos cogían lo íbamos a tomar”. Después de una corta pausa retoma el relato. “Mamá quiso tomarlo pero yo no la dejé. Yo quería vivir”. Fue esta determinación lo que los llevó a la puerta de un campesino polaco que a gran riesgo propio los escondió. Construyó una pared falsa que ocultaba un pequeño cuarto y ahí estuvieron diez meses, hasta el fin de la guerra. Entre las cosas que más le duelen a Sigmund es que no se acuerda del nombre del hombre que le salvó la vida.
 
Cuando acabó la guerra Sigmund y su madre empezaron el largo proceso de buscar un hogar. Querían viajar a Israel y viajaron a Cracovia, Praga y Alemania, donde pasaron dos años en un campo de refugiados. En 1947, uno de los hermanos de la madre, que vivía en Colombia desde los años treinta, les envío los papeles necesarios para migrar.
 
Se radicó en Cali donde estudió contabilidad. Se casó, tiene tres hijos y ocho nietos. Conoce el Amazonas y la Costa Pacífica y sonríe cada vez que habla de lo bella que es Colombia. Finalmente se mudó a Bogotá donde tiene una casa llena de fotos, entre ellas una en blanco y negro, restaurada, de su familia en Polonia, sonrientes, antes de la guerra.
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