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| 2/21/2009 12:00:00 AM

La peluquera valiente en Kabul

Una estadounidense se atrevió a montar una escuela de belleza en Kabul para ayudar a 200 afganas oprimidas por sus esposos. La escuela se convirtió en un oasis en medio de la represión y la crónica de la hazaña en un best seller que acaba de llegar a Colombia.

Cuando Deborah Rodríguez, una excéntrica peluquera de Michigan, llegó en 2002 a Kabul como parte de una brigada humanitaria, estuvo a punto de llorar al entrar a un salón de belleza.
 
Sin agua potable y con las cortinas cerradas, un grupo de mujeres afganas trabajaba con los elementos más rudimentarios: tijeras oxidadas más apropiadas para cortar el césped, espejos rotos, peinillas mordisqueadas y sillas viejas para los clientes. “Sencillamente no podía creer que ser peluquero pudiera ser tan difícil”, dice.
 
A Rodríguez se le ocurrió entonces una idea: buscar ayuda en Estados Unidos para crear una escuela de belleza en Kabul y capacitar a esas mujeres. Era un sueño valiente pero peligroso en Afganistán, que había soportado el control talibán y sus leyes radicales desde que este grupo asumió el poder en 1996.
 
Durante el régimen, que terminó poco antes de la llegada de Rodríguez a ese país, el trabajo femenino, los bailes, las fotografías a personas y hasta la educación a las mujeres mayores de ocho años habían sido prohibidos y ellas debían llevar siempre una burka (velo islámico) con la que cubrían cada rincón de su cuerpo.

Lógicamente, las peluquerías también fueron cerradas. Hasta la llegada de los talibanes, la belleza había sido una industria creciente que iba de la mano con los matrimonios, pues las mujeres aparecen en su día de boda con prendas vistosas y maquilladas como mariposas. Los talibanes, en cambio, pensaban que ellas salían de los salones como prostitutas y que los locales escondían burdeles tras los escaparates.
 
Por eso destruyeron muchos salones y sólo pocas mujeres lograron esconder en sus jardines los objetos más valiosos de sus negocios, entre ellos los espejos que luego, años más tarde, recuperaron en pedazos para montar sus salas de nuevo. Pero, según Debbie, había otra razón para la destrucción de las peluquerías: “Los salones proporcionaban a las mujeres un espacio propio donde se sentían libres del control de los hombres”.
 
Un lugar de estos en Afganistán ha sido un territorio vedado para el género masculino, un oasis para las mujeres y una vergüenza para los fundamentalistas, que lo han considerado una abominación porque destaca el papel de las mujeres.

Por eso, la escuela de belleza que Deborah montó en 2003 con un grupo de norteamericanas, y sobre la cual escribe en el libro titulado "Escuela de belleza de Kabul" -que acaba de llegar a Colombia- resultó una apuesta tan arriesgada como novedosa.
 
Por un lado, servía de ejemplo para revivir la industria de la cosmética tras la caída de los talibanes. Por el otro, le permitió a Debbie, una maga con las tijeras, ser útil en un país necesitado de médicos y enfermeras pero donde no parecía haber lugar para una peluquera.
 
Al final, su escuela benefició a alrededor de 200 mujeres que se educaron en estética y rompieron la rutina de control masculino. “La escuela era como un invernadero y las chicas eran como flores que habían sido atrofiadas y pisoteadas pero que, aun así, nadie había conseguido romper”, cuenta en el libro.

Ese sufrimiento fue precisamente el factor común de las mujeres que se vincularon a la escuela. Roshanna, por ejemplo, llevaba a cuestas un pasado tortuoso, pues su primer esposo la violó antes de abandonarla. Lo peor para ella era que por no ser virgen le quedaba difícil encontrar un nuevo marido.
 
Baseera, otra aprendiz, fue obligada a casarse a los doce con un hombre 17 años mayor para que no pensaran que era una prostituta. Nahida tampoco corrió con suerte. Un policía talibán que le triplicaba en edad amenazó a su padre con matarlo si no autorizaba el matrimonio. Se convirtió pronto en una esclava rebelde que recibía palizas cada vez que no aceptaba una orden de su marido, adicto al opio. Por fortuna logró ahorrar dinero, abrió su propio negocio y, con esa independencia, se separó del hombre que la dominaba. Es una de las historias de éxito de la escuela.

Desde el principio, Deborah fue confidente de sus ayudantes, relación que se facilitó porque ella también tenía su propio calvario. Cuando joven tuvo dos hijos con un hombre del cual se separó y luego se volvió a casar con un predicador que maltrataba. “Espero que te mueras en Afganistán”, le dijo el hombre cuando ella decidió dejarlo para viajar a Kabul. “Prefiero morir allí que seguir viviendo contigo”, replicó ella. Y así comenzó su viaje a la libertad, precisamente en un país donde lo común es que las mujeres no sean libres.

Pero ella no aprendió la lección y, cuando se sintió sola en Kabul, concertó un matrimonio al estilo afgano. Así se casó con el uzbeko Samer Mohamed Abdul Khan, un personaje a quien había conocido 20 días antes, casado, con siete hijos y con quien no compartía ningún idioma. Ella lo describió como un hombre tierno que parecía miembro de la mafia colombiana, que pasó de vender pijamas en La Meca a perforar pozos petroleros y se refería a él como “Pedro Picapiedra con un lanzacohetes”. El problema fue que Sam terminó convertido en un colaborador cercano del poderoso señor de la guerra Abdul Rashid Dostum. Ahí empezaron los problemas para Debbie.

En 2007 recibió amenazas por las historias que contaba en su libro, recién publicado en Estados Unidos, y por el éxito de la escuela de belleza. Y fue extorsionada para que revelara las identidades de las mujeres que trabajaban con ella (cambiadas en el libro). “A nadie le gusta oír la verdad”, cuenta Deborah, que tuvo que huir a Estados Unidos. De regreso en su casa, se enteró de lo más doloroso: “Sam era parte del grupo que estaba extorsionándome”.

Ya en su país natal, Deborah se concentró en promocionar su libro, que estuvo en la lista de los más vendidos de The New York Times y que tiene opciones de convertirse en una película de Hollywood donde Sandra Bullock tendría el papel protagónico. Todo marchaba bien, pero entonces llegó la controversia. Algunas de las afganas que se prepararon como peluqueras han revelado que tienen miedo y que incluso están convencidas de que pueden matarlas. Por otro lado, seis mujeres estadounidenses que cofundaron la escuela indicaron a The New York Times que las historias no son precisas y que Deborah exageró su rol hasta convertirse en “en la Madre Teresa de Calcuta”. Rodríguez se defiende: “En el libro está dicho que cambié nombres y lugares para proteger a las mujeres. Todo lo demás es totalmente cierto”.

De cualquier manera, Deborah Rodríguez no ha cedido a la polémica y sigue trabajando por las mujeres en Afganistán. Ahora, desde Estados Unidos, prepara unos kits especiales que contienen todos los objetos necesarios para que cualquier mujer empiece su centro de belleza sin recurrir a tijeras oxidadas y espejos rotos. Porque ella sabe en el fondo que “nadie podrá detener, en ningún lugar del mundo, a una mujer que quiere arreglarse su pelo. Eso simplemente no va a pasar”.



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