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| 1/20/2009 12:00:00 AM

Cómo podría Obama hacer una mejor política hacia América Latina

Estados Unidos ha descontado a América Latina como aliado por demasiado tiempo. Ya es hora de empezar a valorarla. Por Maria Teresa Ronderos.

En el último número de la revista Americas Quarterly, una publicación del prestigioso Consejo para las Américas de Nueva York, los editores le pidieron a 31 personas de diferentes trayectorias en América Latina que escribieran una especie de memorando de cuáles deberían ser las prioridades y los cambios en sus relaciones con América Latina del nuevo Presidente de Estados Unidos. Traducimos a continuación el que escribió la directora de Semana.com, Maria Teresa Ronderos, titulado: Desarrollar una nueva visión hemisférica.

Por muchos años, la mayoría de los presidentes de América Latina han estado a favor de mantener relaciones cercanas con Estados Unidos. Los mejores estudiantes universitarios han buscado con afán las becas para especializarse en escuelas estadounidenses y miles de los más de 190 millones de pobres de nuestra región han migrado a Estados Unidos, incluso corriendo grandes riesgos personales.

Pero, como dice la canción de Bob Dylan “los tiempos, ellos están cambiando”. Hoy, muchos líderes de América Latina (y sus pueblos) están tratando de poner algo de distancia y de desarrollar sus propias concepciones del mundo, y al mismo tiempo están trabajando más en llave para conseguir una autonomía más permanente. El presidente Chávez en Venezuela y algunos otros en la región disparan una pesada artillería verbal contra Estados Unidos todos los días. Aunque otros presidentes socialistas de la región pueden no ser tan ofensivos, la reciente creación del Consejo de Seguridad de Sur América, liderado por el presidente brasilero, Luis Inácio Lula da Silva, en el que participa incluso Colombia, el aliado más cercado de Estados Unidos en la región, es indicador de este cambio.

No es tanto que la región se haya vuelto anti-estadounidense. Pero ha emergido un sentimiento de desilusión con lo que Estados Unidos representa.

El siguiente presidente de Estados Unidos debe tomar en consideración estos cambios, en el desarrollo de nuevas políticas hacia la región. América Latina ha recorrido un largo camino en la última década. Sus democracias están madurando. Como lo puso alguna vez el ex guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos: “En esta región actores sociales y políticos que no tenían participación alguna están ahora sentados en la mesa del poder; con elecciones y democracia, la violencia no tiene razón de existir”.

Sus economías también han madurado también. En la más amplia y larga expansión económica en la región desde los setentas, el PBI promedio latinoamericano creció alrededor de 4,8 por ciento cada año entre 2002 y 2007. Al mismo tiempo, muchas ciudades latinoamericanas como Rosario en Argentina, Curitiba en Brasil y Bogotá en Colombia han propuesto al mundo nuevos y creativos modelos urbanos, en los que el automóvil ya no es el paradigma. Estas son ciudades de parques y bibliotecas públicas, de carriles exclusivos para bicicletas y nuevos colegios públicos en los barrios más pobres, construidos por importantes arquitectos.

A pesar de estas transformaciones, las políticas estadounidenses no parecen reflejar ningún reconocimiento del cambio. Con demasiada frecuencia vemos la misma mirada despectiva hacia nuestros países, la misma mentalidad cerrada guiada solamente por los intereses de corto plazo de Estados Unidos en la región: abrir mercados para los negocios estadounidenses y luchar contra las drogas ilícitas.

Entonces la primera recomendación que yo haría al nuevo gobierno sería que construya una relación más horizontal y equitativa con la región para que pueda escuchar y observar y así entender de manera más profunda los procesos políticos y sociales que se están desarrollando. Necesitamos un presidente estadounidense más humilde que no sienta que las soluciones que proponga su gobierno son las únicas posibles soluciones a los problemas de América Latina; uno que pueda proyectar una nueva visión sobre el continente que esté basada en la cooperación entre partes autónomas.

Hay problemas que nos aquejan a todos los americanos. Y el deterioro de las relaciones entre varios países de la región y Estados Unidos nos hacen la vida más difícil a todos. Por eso los latinoamericanos necesitamos un presidente con el que podamos trabajar.
De todos los problemas que tenemos, el más urgente es el del narcotráfico. Se requerirá mucha valentía del nuevo presidente de Estados Unidos para que inicie un cambio radical en las políticas frente al tráfico de drogas ilícitas. La fallida política actual de represión sólo ha traído consecuencias trágicas para nuestras democracias, nuestro medio ambiente, nuestra estabilidad política y nuestra tranquilidad.

En Colombia, el país de la región más golpeado por el narcotráfico, hemos adoptado todas las políticas inspiradas en Estados Unidos: la fumigación de las plantaciones de coca, la interdicción del comercio de pasta de coca y la persecución a los barones de la droga. Pero no hemos logrado demasiado.

Hoy las organizaciones ilegales del narcotráfico tienen raíces en 23 países latinoamericanos. El último informe del Programa de Naciones Unidas para el Control Internacional de las Drogas Ilícitas encontró que en el último año las tierras dedicadas al cultivo de coca en los países andinos crecieron en un 16 por ciento. Mafias del narcotráfico que dominaban barrios pobres de Sao Paulo pudieron resistir el intento de la policía por recuperar el imperio de la ley. Mercaderes de la droga infiltraron las pandillas juveniles en Centroamérica y convirtieron a las maras en sus títeres. Las mafias de la droga han corrompido gobiernos estatales de México y han llevado al país a un baño de sangre. Y generales retirados han creado el ‘Cartel de los Soles’ en Venezuela.

No hay soluciones fáciles para este problema. La legalización traería toda otra especie de problemas para todos. Pero al menos deberíamos poder discutir abiertamente cómo podríamos reformar las políticas actuales. Y esto sólo puede pasar si el presidente de Estados Unidos tiene la voluntad de empezar esa discusión.

Los países de América Latina enfrentan otros problemas graves. Es el continente más desigual del mundo. La pobreza y la inequidad proveen el terreno fértil para la violencia y las actividades ilegales y fomentan la migración. Aunque esta es sobre todo nuestra responsabilidad, Estados Unidos podría hacer mucho más al respecto.

Últimamente la ayuda de Estados Unidos a América Latina ha sido menor que la de Venezuela a muchos países de la región. Según la Associated Press Venezuela dio 8800 millones de dólares en ayuda, créditos y financiación de compra de petróleo a otras naciones de la región en los primeros ocho meses de 2007, mientras que, según las cifras oficiales de 2007 de la USAID, todos los programas sociales y desarrollo estadounidenses en la región ese mismo año sumaron mil millones de dólares.

Una perspectiva más amplia y de más largo plazo frente a América Latina tendría que incluir estrategias más intensas y generalizadas para cerrar la brecha entre pobres y ricos en la región. Estados Unidos debería encarar la pobreza y la desigualdad en la región con la misma dedicación y variadas estrategias e instituciones que ha creado para alcanzar el libre comercio, y con la misma pasión que le ha puesto a la lucha contra el narcotráfico. Este esfuerzo debería ser dise;na do en conjunto con los líderes de América Latina. Y debe resultar en menos inmigrantes golpeando en las puertas de Estados Unidos, menos jóvenes involucrándose en el crimen y el narcotráfico y más personas entrando en la economía de mercado.

Claro que no es un asunto sólo de aumentar la ayuda. Necesitamos unas relaciones comerciales más equitativas, transparentes y justas. Los tratados de libre comercio han resultado bendiciones ambiguas, sobre todo porque incorporan desigualdades estructurales.

Los latinoamericanos saben que muchos intentos para luchar contra la pobreza y para mejorar la educación y la salud en sus países sucumben en la política clientelista, en la corrupción y en instituciones débiles, incapaces de proteger debidamente derechos ciudadanos fundamentales. Estados Unidos ha desarrollado políticas interesantes en América Latina en este campo. Ha ayudado a varios países a adoptar el sistema acusatorio de justicia para hacerla más eficaz; y ha ayudado a otros en el fortalecimiento de sus instituciones y el control de la corrupción. En Colombia, por ejemplo, el gobierno y el Congreso de Estados Unidos han desempeñado un papel clave en hacer más transparentes a las instituciones militares y han ejercido presión sobre nuestros propios líderes para detener la violación de derechos humanos en la Fuerzas Armadas.

Esto es saludable, pero el presidente que entra debe hacer más para ayudarnos a fortalecer el imperio de la ley y a proteger nuestras instituciones políticas del crimen organizado y de la corrupción. Haría una gran diferencia si el gobierno estadounidense se volviera menos tolerante de líderes corruptos y valorara más la información abierta y transparente que pueda tener sobre éstos, en lugar de seguir con sus secretos y su diplomacia tradicional para mantener la estabilidad de élites aliadas que apoyan los intereses estadounidenses desde una perspectiva más inmediata y estrecha.

Los presidentes de Estados Unidos han dado por descontada a América Latina por demasiado tiempo. Y al hacerlo han pasado por alto la posibilidad de que los países de América Latina puedan ser valiosos socios del cambio, Las democracias latinoamericanas están madurando, algunas avanzan hacia regímenes más consolidados, otros avanzan de una forma más turbulenta e incierta.

Lo que resulte de estos procesos políticos podrá ser en gran parte determinado por la nueva visión que conciba para las Américas el nuevo presidente de Estados Unidos.

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