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| 10/18/2008 12:00:00 AM

Guerra sucia

La campaña republicana toma un cariz peligroso al asumir una estrategia agresiva contra Obama. El peligro es que los extremistas lo entiendan como un llamado a la violencia.

A sólo dos semanas y media de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el candidato republicano, John McCain, no debe estar durmiendo bien. La mayoría de las encuestas dice que va a perder el 4 de noviembre. El sondeo del lunes en The New York Times afirma que el 53 por ciento de los ciudadanos votará por su rival demócrata, Barack Obama, mientras que el 39 por ciento asegura que lo hará por McCain. Pero no sólo eso. El martes, el senador republicano desperdició una oportunidad de oro al no vencer a su adversario en el tercer y último debate. Según la CNN, el 58 por ciento de los televidentes creyó que Obama estuvo mejor, y sólo el 41 por ciento declaró que la victoria fue para McCain.

Lo curioso no es que McCain tenga que cargar con el lastre de haber respaldado desde el Senado a George W. Bush, el presidente más impopular de la historia de Estados Unidos. El problema no es sólo que los norteamericanos rechazan la presencia de su Ejército en Irak, o que la crisis de Wall Street, por falta de controles estatales, haya empujado al país al borde de una recesión sin precedentes en 70 años. El lío es que, además, McCain ha hecho una campaña desastrosa, se equivocó al seleccionar a Sarah Palin como su compañera de fórmula y ha cometido un error monumental que le ha valido el desplome en las encuestas: iniciar una guerra sucia contra Barack Obama.

Y fue la propia Palin quien puso en marcha la más reciente serie de ataques contra el demócrata. Sucedió el sábado 4 de octubre, pocas horas después de la publicación en The New York Times de un artículo sobre la relación entre Obama y el polémico William Ayers, un hombre que hoy es profesor de la Universidad de Illinois, pero que en los años 70 fundó Weather Underground, un grupo radical que para protestar contra la guerra de Vietnam promovió poner bombas en el Capitolio y el Pentágono. El artículo concluía que, lejos de tener un vínculo estrecho, “los caminos de Obama y Ayers se han cruzado esporádicamente”. La primera vez fue hace 13 años, cuando el senador presidió la junta directiva de una organización que manejó unos fondos para un proyecto educativo encabezado por Ayers. La segunda fue entre 2000 y 2002, cuando ambos coincidieron en la junta de Woods Fund, una organización de caridad que apoyaba el trabajo comunitario de Obama en Chicago.

Pero Sarah Palin pareció malinterpretar el artículo y el mismo sábado de la publicación, en Carson (California), se despachó contra Obama. “Esta mañana estuve leyendo un ejemplar de ‘The New York Times’ y me causó mucho interés un artículo sobre los amigos de Barack Obama en Chicago. Pues resulta que uno de sus primeros seguidores, según el periódico, es un terrorista doméstico que formó parte de un grupo que, comillas, ‘puso en la mira en una campaña de bombas al Pentágono y al Capitolio’”, dijo. Y agregó: “Este no es un hombre que ve a Estados Unidos como ustedes y yo. Nosotros lo vemos como una fuerza del bien en este mundo. Nuestro oponente ve a Estados Unidos tan imperfecto como para andar por ahí con terroristas que apuntaron contra su propio país. Este hombre no tiene nada que ver con la clase de cambio que queremos para este país”.

Lo peor no fue que la señora Palin no hubiera analizado correctamente los datos del periódico ni que se hubiera dado cuenta de que Obama tenía sólo 8 años cuando Weather Underground inició su campaña violenta. Lo más grave fue que dos días después, cuando en Florida repetía que el aspirante demócrata no considera que “Estados Unidos es una gran fuerza del bien”, algunos seguidores gritaron “Kill him!” (“¡Mátenlo!”). Algo parecido sucedió poco después en un mitin encabezado por el propio McCain. “¿Quién es el verdadero Barack Obama?”, preguntó el candidato. Y del público se oyeron voces: “A terrorist! Kill him!” (“¡Un terrorista!, ¡Mátenlo!”). Esto, en un país donde ha hab ido magnicidios como los de los presidentes Abraham Lincoln y John F. Kennedy o el del candidato Robert Kennedy, no es cosa de poca monta. Para rematar, se sumó a la difusión de unos videos en YouTube que vinculaban a Obama con Ayers. Uno de esos anuncios subraya que mientras el 11 de septiembre de 2001 el avión secuestrado de United no voló el Capitolio porque se estrelló en Pensilvania, el candidato demócrata ha recibido el apoyo de un hombre que puso bombas en la sede del Legislativo en la capital gringa.

Resulta preocupante que terceros ya han asumido por su cuenta la campaña sucia. Según el Times, el hombre que está detrás de todo esto es Andy Martin, un abogado que ha puesto a circular en FreeRepublic.com una larga serie de injurias. Ahí se dice, por ejemplo, que Obama es un musulmán encubierto que cuando vivió de niño en Indonesia recibió enseñanzas en una escuela wahabí (el wahabbismo es el ala más radical del Islam al que pertenece Osaba Ben Laden).

Resulta extraño que Sarah Palin haya utilizado este tipo de argumentos para hacerle guerra sucia a Obama y que McCain, en el debate del martes, hubiera intentado vincular nuevamente a su adversario con William Ayers. Es verdad que los demócratas tampoco han sido una pera en dulce y han recordado en comerciales de televisión los nexos de McCain con el escándalo financiero Keating Five, según el cual cinco senadores, entre ellos el candidato, que en los años 80 se opusieron a que se reglamentara el sector financiero, habían recibido plata y usado el avión privado de Charles Keating, presidente de Lincoln Savings and Loan, una firma que defraudó a miles de ahorradores (al final, McCain fue declarado inocente). Pero no han utilizado tácticas tan duras como la campaña republicana.

Los analistas creen que es esa guerra sucia contra su rival lo que ha acabado por desdibujar a McCain, un héroe de guerra con 30 años de experiencia en Washington y credenciales para presidir el país más poderoso del planeta. También creen que Obama, con su talante reposado y reflexivo, ha contribuido a la caída de McCain en los sondeos. Pero nada está escrito en esta campaña. Faltan poco más de dos semanas y cualquier cosa puede darle la vuelta al asunto. A finales de 1993, días antes de los comicios, el entonces candidato demócrata, Bill Clinton, barría en las encuestas al presidente George Bush papá. Le sacaba una ventaja inmensa: el 19 por ciento. Y llegado el día de la votación, ganó, aunque sólo por 4 puntos. Ahora puede pasar lo mismo. O que McCain dé una sorpresa. Pero la tiene cuesta arriba.
 
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