Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/11/08 00:00

Rey del mundo

El planeta entero ve con ilusión el histórico ascenso de Obama al poder.

El presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, subió con su hija Sasha, de 7 años, al estrado en el que pronunció su discurso de victoria en el parque Grant, de Chicago. Era la noche del 4 de noviembre de 2008

El rostro curtido de Jesse Jackson surcado por las lágrimas reflejó como ninguno la intensidad del momento. El viejo líder de los derechos civiles, que aspiró él mismo a la Presidencia, no podía creer lo que estaba viviendo el martes en el Grant Park de Chicago. El mismo lugar en el que hacía 40 años, la convención demócrata había degenerado en violentos disturbios raciales. Pero esa noche, cerca de 400.000 personas de todas las clases y razas no estaban allí para protestar, sino para celebrar como nunca se había visto en las elecciones norteamericanas. Es que había ganado la Presidencia Barack Obama.

Con la victoria de Obama, las elecciones se habían convertido en las más importantes del mundo en los últimos 50 años, en un hecho histórico del nivel de la caída del Muro de Berlín o de los atentados del 11 de septiembre. Ya lo decía el New York Times: la llegada de Obama a la Casa Blanca marcó el comienzo de una nueva era.

Que Obama se haya convertido en el primer gobernante negro de la democracia más antigua parece mentira. Hace 47 años, cuando el Presidente electo nació en Honolulu, los afroamericanos eran discriminados por la ley y la costumbre. Poco tiempo antes, en 1955, una afroamericana llamada Rosa Parks había ido a parar a la cárcel porque se había negado a cederle el puesto en un bus a un ciudadano blanco en Montgomery, en el estado sureño de Alabama. Y en 1963, cuando Obama acababa de cumplir 2 años, el mítico líder Martin Luther King, indignado por la discriminación contra su raza, pronunciaba aquel memorable discurso en su marcha a Washington en el que dijo: "Tengo un sueño en el que mis cuatro hijos podrán algún día vivir en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter".

Desde el martes por la noche circula un mensaje de texto a millones de celulares que dice: "Rosa se sentó para que Martin pudiera caminar, para que Obama pudiera correr (hacia la Presidencia), para que nuestros hijos pudieran volar". La emoción de la comunidad afroamericana es indescriptible.

Hace dos años nadie en Miami, en Washington, en Dallas o en Atlanta habría pensado que un negro nacido en Hawaii, hijo de un miembro de la tribu Luo de Kenya que crió cabras en su infancia, iba a ocupar la Oficina Oval donde despacharon Franklin Delano Roosevelt y John F. Kennedy, miembros de acaudaladas familias blancas de Nueva York y Boston. En la mismísima Casa Blanca donde durante varias décadas la única posibilidad de que pudiera ingresar un negro era en calidad de sirviente. Tanto, que en 1901 el presidente Teddy Roosevelt tuvo la osadía de invitar al reconocido escritor negro Booker T. Washington a almorzar a la Casa Blanca y casi lo tumban por eso.

Cuando el Presidente electo de Estados Unidos era niño, los negros no podían sentarse junto a los blancos en una cafetería. No podían compartir las aulas en colegios ni universidades. No tenían los mismos derechos para conseguir empleo. Y las humillaciones eran constantes: los blancos siempre los llamaban por el nombre de pila, sin importar su edad, para denigrarlos y negarles el derecho de ser considerados "señores".

Muchos columnistas negros han recordado en estos días las charlas que les daban sus papás sobre el futuro que les esperaba en ese mundo controlado por los blancos. Ser presidente era una quimera a la que nadie podía aspirar. Sólo en 1964, es decir, 101 años después de que fueron liberados sus antepasados esclavos por Abraham Lincoln, los descendientes de esclavos lograron la igualdad con la Ley de Derechos Civiles.

Tal vez quien mejor ha definido la victoria del afronorteamericano sobre John McCain ha sido Tom Friedman. El miércoles, en su columna de The New York Times, el autor de The World is Flat (La Tierra es plana) dijo en tono de relato histórico: "Y entonces sucedió que el 4 de noviembre de 2008, poco después de las 11 de la noche, hora de la Costa Este, llegó a su fin la Guerra Civil cuando un hombre negro, Barack Hussein Obama, obtuvo suficientes votos electorales para convertirse en Presidente de Estados Unidos".

Friedman puso los acontecimientos en perspectiva. Según él, la victoria de Obama ha sellado la paz entre los estados esclavistas del sur del país, y sus adversarios del norte, luego de un conflicto que comenzó en 1861 y en el que, tras cinco años de combates, se impusieron los abolicionistas de Abraham Lincoln. Puede ser cierto. El hecho de que un negro se haya convertido en el presidente de Estados Unidos es como si un indígena ecuatoriano tomara posesión de la Presidencia del gobierno español ante el rey Juan Carlos, en el Palacio de La Zarzuela en Madrid.

La victoria de Obama fue impactante. El candidato demócrata ganó por un margen semejante al que le daban las encuestas. Obtuvo 364 votos, de los 538 que integran el Colegio Electoral, mientras que McCain se quedó con 163. Con eso, logró el 53 por ciento del respaldo de los ciudadanos, 7 puntos más que su rival republicano. Obama recibió el 67 por ciento del voto de los menores de 29 años, el 95 por ciento del voto afroamericano y el 66 por ciento del hispano. Más extraordinario aun: obtuvo el 43 por ciento del voto de blancos, el mismo porcentaje que habían conseguido los anteriores candidatos demócratas John Kerry y Al Gore, en 2004 y 2000. En otras palabras, se rompió el paradigma de que los blancos nunca votarían en masa por un negro. La mayor prueba es que ganó en Virginia, sede de la capital del Sur esclavista, donde los demócratas no saboreaban un triunfo desde 1964, con Lyndon Johnson.

Son muchas las razones por las que ganó Obama. Primero, porque desde las primarias montó una campaña admirable de principio a fin en la que, de entrada, se llevó por delante la maquinaria de Hillary y Bill Clinton. A base de donaciones de 87 dólares en promedio, superó la cifra de 600 millones, todo un récord, y convirtió a esos donantes en parte de un movimiento político sorprendente. La gente sentía que jugaba en el mismo equipo que él.

Otra clave de su éxito fue que identificó perfectamente los asuntos que preocupaban a los norteamericanos. "El tema de esta campaña es la economía", repitió hasta la saciedad. Y estaba en lo cierto: el 62 por ciento de quienes votaron lo hicieron preocupados por la crisis financiera.

Obama además liquidó a los baby boomers, la generación compuesta por quienes nacieron en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando la prosperidad hizo que se multiplicaran los embarazos. Ellos habían impuesto por años la agenda política norteamericana, pero, como dicen John Harris y Jim Vandehei en un artículo en Politico.com, no tenían nada que ver con Barack Obama, cuya ideología "no se formó en los conflictos culturales de la era de Vietnam". Obama, por ejemplo, no discutió en la campaña sobre las drogas ilícitas. "El hecho de que haya reconocido que las usó demuestra que el tema no le preocupaba".

Obama no cometió el error de otros candidatos afroamericanos, como Jesse Jackson, que se envolvieron en la bandera de la lucha contra el racismo. Lo hizo como un político demócrata que coincidencialmente es negro, como se lo dijo a SEMANA el politólogo Francis Fukuyama (ver entrevista). Y eso, en un electorado joven, consciente de los dos siglos de discriminación que han sufrido los negros, caló hondo. Como señaló Nancy Gibbs en la revista Time, "Barack Hussein Obama no ganó por el color de la piel, y tampoco a pesar de eso. Ganó porque, en un momento muy peligroso para la vida de este país, mucha gente decidió unirse para tratar de salvarlo".

La elección de Obama no sólo entusiasmó a los norteamericanos, pues la euforia atravesó el mundo entero. Si algo quedó claro es que en todo el planeta había crecido un rechazo insuperable contra las políticas unilateralistas y guerreristas de George W. Bush. Tal como editorializó el periódico inglés The Guardian: "Sólo hay que pensar en los acontecimientos sísmicos que se han producido en los últimos ocho años. Dos guerras iniciadas, y en curso. Un clima alarmantemente caliente. La peor crisis financiera en un siglo. Los tratados internacionales rotos. La tortura racionalizada. Detenidos que desaparecen sin protección judicial. El imperio de la ley debilitado. Los enemigos envalentonados, los aliados minados. Producir basura ha sido el peor pecado del gobierno saliente de Estados Unidos", subrayó.

En Europa, donde las encuestas afirmaban que la inmensa mayoría de los pobladores quería la victoria del candidato demócrata, el resultado fue recibido con manifestaciones en ciudades como París y Madrid. 'The New World' ('El nuevo mundo'), tituló el mítico diario The Times de Londres. 'Nueva era', fue la apertura de La Vanguardia de Barcelona. 'A New Dawn' ('Un nuevo amanecer'), exclamó el tabloide británico The Daily Express. Y el sensacionalista The Sun: 'Un gigantesco salto para la humanidad'. Y en Asia y América Latina se repitieron las escenas de euforia.

Por eso, los ojos de millones de personas están puestos en Obama. "El solo hecho de ser un tipo distinto, afroamericano, nacido en Hawaii, hijo de africano inmigrante y criado en Indonesia le debe dar una perspectiva diferente ante el exterior, que lo observa de otro modo", le dijo a SEMANA el director de la revista Foreign Policy, Moisés Naím.

La revista The Atlantic tal vez lo dijo mejor hace un año al imaginarse una presidencia de Obama. "Es noviembre de 2008. Un joven paquistaní musulmán está mirando la televisión y ve a este hombre -Barack Hussein Obama- como la nueva cara de Estados Unidos. Con una sencilla imagen, el poder de persuasión pacífica de Estados Unidos ha sido incrementado no un punto, sino exponencialmente. No hay un arma más efectiva, contra la ideología islamista que demoniza a Estados Unidos, que el rostro de Obama".

Sólo con su elección, el nuevo Presidente ha supuesto una bocanada de aire fresco para la imagen internacional de la mayor potencia del mundo. Se nota de Noruega a Chile y de Japón a República Dominicana. De Irán a China. De ahí que los retos sean enormes.

A veces las crisis hacen que un líder se crezca, como sucedió en Estados Unidos con Lincoln, quien salvó a ese país de la división y liberó a millones de personas de las cadenas de la esclavitud. O con Franklin Delano Roosevelt, quien sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión y lideró la victoria de los aliados sobre los nazis. O con Harry Truman, tan novato como Obama, quien impulsó el Plan Marshall, fundamental para la recuperación de Europa. Barack Obama en su campaña demostró tener el talante de quienes cambian la historia. Ojalá sea cierto, por el bien de todos en este mundo convulsionado y sin esperanza.
 

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