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El martes 21 de marzo, antes de que amaneciera, Jaime Enrique Gómez Velásquez se puso su ropa deportiva y salió, como lo hacía tres veces por semana, a trotar por los senderos de los cerros adyacentes al Parque Nacional. Esa mañana, su esposa, Lelis del Carmen Archila, le preparó el desayuno y lo dejó sobre la mesa, con la esperanza de que se lo comiera dos horas después, cuando regresara de la montaña. Pero en la noche, cuando regresó del trabajo, encontró intacta la comida. Su esposo no había regresado. Ese día comenzó la tragedia de la desaparición de Jaime Gómez, de 55 años, asesor de la senadora electa Piedad Córdoba, profesor universitario de historia, ex concejal de Bogotá y ex sindicalista. Esa misma noche, carabineros de la Policía y un grupo contraguerrilla inició un operativo para buscar a Gómez en los cerros. Una zona poblada de bosques, riscos, y cubierta por la neblina y una lluvia pertinaz. Durante horas exploraron los múltiples caminos que se bifurcan en la montaña, con visores nocturnos y perros especializados en el hallazgo de personas.
La Policía creía que si el hombre se había accidentado, esa noche era posible encontrarlo con vida. Después, muy difícil, pues en un frío tan atroz la hipotermia es un riesgo inminente. Esa noche no encontraron nada. Al día siguiente, ya de día, se repitió la operación, esta vez en compañía de brigadas de la Cruz Roja, Bomberos y Defensa Civil, que conocen como pocos ese terreno donde se cuentan más de 50 caminos, en el que no pocos caminantes se han perdido. La búsqueda resultó infructuosa: Jaime Gómez había desaparecido. Así se lo hizo saber la familia a la Fiscalía.
Desde entonces se activó el mecanismo de búsqueda urgente que se utiliza en casos de desapariciones y que está en manos de la unidad de derechos humanos de la Fiscalía. Las calles se llenaron de afiches con el rostro sonriente de Jaime Gómez. Sus hijos, sus alumnos y amigos tocaron todas las puertas, e iniciaron una campaña para recibir información sobre su paradero. El temor de que se tratara de una desaparición forzada, con motivaciones políticas, crecía cada día. Hasta el domingo 23 de abril en la mañana. Ese día, los hermanos César Augusto y María Fernanda Vargas vieron salir a su perrita del bosque con un hueso humano en su boca. Siguieron el rastro del animal y se encontraron con una macabra escena: un esqueleto, con apenas trozos de carne y piel, y alguna ropa al lado del mismo. Los huesos estaban desprendidos unos de otros, y algunas extremidades, como los brazos, no aparecían. El cráneo, la columna y la cadera, se veían rotos. De inmediato dieron aviso a la Policía. Se inició la labor de levantamiento del cadáver y la verificación sobre la identidad de la persona que habría muerto en los cerros. Pocas horas después se supo que, efectivamente, los restos eran los de Jaime Gómez.
Desde entonces ha surgido todo tipo de interrogantes sobre los procedimientos que usaron las autoridades, y en particular la Policía, para sacar el cadáver de allí. La familia de Gómez y la senadora Piedad Córdoba denuncian que hubo irregularidades en el proceso. Incluso han dejado abierta la hipótesis de que se tratara de un crimen. Y no de cualquier crimen: sospechan que se trata de un crimen de Estado. De una persecución política a quienes están en la oposición y en particular a Piedad Córdoba por sus actividades electorales en Venezuela. Córdoba, que ha observado con detalle el estado en que quedó su amigo, cree fielmente que fue raptado primero, luego brutalmente torturado y después abandonado en esa montaña.
Las autoridades, en cambio, confían en que el dictamen de los forenses arrojará otra versión: que se trató de un accidente. Creen que Gómez habría resbalado por uno de los caminos y rodado por un risco de 28 metros lleno de rocas y troncos. Así se explicarían los múltiples y horribles traumas que presenta el cuerpo de Gómez. Aunque aún no se sabe la fecha de su muerte, las autoridades creen que los animales devoraron parte de su cuerpo. Y que el resto de su humanidad desapareció por las inclementes lluvias. Explican que no hubo olor por lo cerrado del bosque.
Las dos versiones están polarizadas. Las evidencias fácticas parecen inclinarse a la idea de que Jaime Gómez, que tanto conocía esos caminos, dio un paso en falso y rodó por un abismo del que no volvió a salir con vida. No obstante, hay interrogantes sobre el estado de su cuerpo, y sobre eventuales errores en los procedimientos de la Policía judicial. Será el dictamen de Medicina Legal el que permita esclarecer una de las muertes más tristes y misteriosas de los últimos años.
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