Sábado, 21 de enero de 2017

| 2016/08/27 00:00

¿Por qué Santos fue el presidente que terminó firmando la paz?

Un hombre con imagen de halcón logró lo que no pudieron alcanzar varios de sus antecesores con vocación de palomas. Perfil del primer mandatario.

El presidente Santos, el miércoles, anunció el fin de las negociaciones. Al día siguiente declaró el cese al fuego definitivo con las Farc. Foto: A.F.P.

Varios presidentes le habían entregado todo a una negociación para terminar la guerra con las Farc. Betancur, Gaviria y Pastrana llegaron al poder con esa promesa y agotaron su capital político en el intento, a pesar de que parecían designados por la historia para cumplir ese papel.

La paradoja es que de Juan Manuel Santos, el mandatario que firmará el fin de la guerra con Timoleón Jiménez dentro de tres semanas, se esperaba todo lo contrario. Estaba más asociado con la imagen de mano dura, sobre todo después de haber formado parte del gobierno de Álvaro Uribe como ministro de Defensa en el periodo en el que el Ejército alcanzó los mayores golpes contra la insurgencia: la muerte de Raúl Reyes en Ecuador y el rescate de un grupo de secuestrados en la Operación Jaque.

Dos audacias hasta entonces inimaginables que tuvieron el sello de Santos, un hombre lejano al mamertismo criollo y, por el contrario, nacido en terrenos que hoy forman parte del exclusivo Country Club de Bogotá. Este puede ser un dato anecdótico, pero subraya de qué lado estuvo siempre el actual mandatario durante la guerra fría que hoy está a punto de terminar en su versión colombiana.

La famosa frase que pronunció Santos en su primer discurso de posesión, el 7 de agosto de 2010, sorprendió a todo el mundo. Dijo que tenía en sus manos la llave para negociar el fin de la guerra y que esta nunca se podría botar al mar.

Poco a poco, esa línea escueta se fue convirtiendo en el tema que definiría la administración Santos ante la historia. En el campo político le ganó que el uribismo lo tratara de traidor y lo llevó a gobernar con una oposición sin precedentes en términos de su pugnacidad y efectividad. En cambio, su reelección en 2014 se justificó con esa bandera, la de la paz, que sirvió incluso para ganar el segundo cuatrienio con la curiosa promesa de abolir para el futuro la reelección presidencial.

Pero la continuidad de las negociaciones en La Habana lo justificaba. Visto con mayor distancia, Santos era un halcón que también había pisado la orilla del otro lado, la de las palomas. Por algo le gusta recibir críticas de la izquierda y de la derecha para demostrar que es realmente de extremo centro y de tercera vía, como siempre se ha considerado. Cuando entregó la presidencia de la Unctad en Sudáfrica, en 1994, después de haber sido ministro de Comercio Exterior, conoció a Nelson Mandela y sostuvo un largo diálogo que le despertó un interés profundo en el proceso de reconciliación de ese país. Y conoció, también, las experiencias centroamericanas a partir de lazos políticos y académicos.

Por eso, la frase de la llave no era un globo. Aunque muchos de sus asesores alertaron a Santos sobre el desgaste que podría pagar, había elementos de la coyuntura histórica que podían hacer viable, esta vez, la negociación: la debilidad de las Farc después de ocho años de seguridad democrática y la situación del continente, casi dominado en 2010 por gobiernos de izquierda. Incluso antes de posesionarse, Santos cuadró la reapertura de relaciones con Venezuela en diálogo con Hugo Chávez, a quien alcanzó a tachar de su “nuevo mejor amigo”.

La serie de paradojas no se agota. Haber sido ministro de Defensa le había perfeccionado su conocimiento tanto de las Fuerzas Armadas como de las propias Farc. Esto por la inteligencia, fortalecida gracias a la cooperación británica para mejorar la eficacia de las operaciones contra la guerrilla. Pero más importante fue iniciar un proceso de paz después de haber hecho contactos personales y tener una trayectoria que demostraba que no era propiamente un enemigo de los militares. De esta manera se abría una oportunidad para evitar los roces evidentes que se produjeron en el pasado entre los presidentes que negociaron con la guerrilla y las Fuerzas Armadas. Los famosos ruidos de sables que llegaron a su punto más escandaloso en la era de Belisario Betancur.

Santos, de alguna manera ‘propias tropas en la institución militar’, buscó la participación de dos generales retirados de gran prestigio y ascendencia en sus respectivas fuerzas: Jorge Enrique Mora Rangel, del Ejército, y Óscar Naranjo, de la Policía. Después designó a miembros en servicio activo para negociar en La Habana, en una subcomisión sobre un asunto decisivo: el cese al fuego y de hostilidades. Nunca antes se habían sentado oficiales de las Fuerzas Armadas con miembros de la guerrilla. Las Farc recibieron esa iniciativa con beneplácito porque siempre han considerado que los asuntos de la guerra se deben negociar entre quienes la pelean –hombres y mujeres del pueblo– y no con las elites que dan órdenes desde sus cómodos despachos citadinos.

Al presidente Santos lo han criticado por haber convertido al proceso de paz en su única preocupación. Incluso en el círculo interno del palacio presidencial le han señalado que le convendría diversificar su agenda, especialmente para contrarrestar las críticas que le llegan de la oposición al proceso, para no asumir todos los golpes de opinión que producen las concesiones que ha tenido que hacer a las Farc.

Pero lo cierto es que el tiempo que el presidente le ha dedicado a la negociación es mucho mayor que el que le dedica a otros temas. De hecho, ejerce un estilo gerencial de delegación amplia, que deja en manos de sus funcionarios el manejo del día a día y que se reserva la función de supervisar que la nave no extravíe su rumbo. Frente a la paz, sin embargo, actúa con un esquema diferente: es un microgerente. Ha mantenido el manejo de los hilos, incluso generando molestias en algunos de los miembros del equipo negociador.

Un equipo flexible

Humberto de la Calle, el jefe del equipo, y Sergio Jaramillo, el alto consejero, han sido la columna vertebral de todo el trabajo, y de ellos su jefe no podría quejarse ni de falta de dedicación ni de lealtad. Todo lo contrario. Santos sacó a De la Calle de su retiro de las actividades públicas, pues estaba dedicado a su próspera empresa de abogados en el sector privado. A Jaramillo lo había conocido en el Ministerio de Defensa, donde fue viceministro. El dúo logró mantenerse a lo largo de una negociación que resultó más prolongada de lo esperado, porque Santos buscó siempre un equilibrio –muy complejo, por cierto– entre el respaldo a sus dedicados colaboradores, y la introducción de sangre nueva.

En cuatro años hubo momentos difíciles y coyunturas críticas que produjeron más de una renuncia y muchas tensiones. Al contrario de lo sucedido en otros procesos similares, el presidente evitó relevar a los negociadores a pesar de que se presentaron muestras evidentes de desgaste. Prefirió asegurar la lealtad de su equipo y la credibilidad del proceso. Y también escuchó una recomendación del grupo de asesores internacionales que lo alertó sobre la posibilidad de que cualquier cambio en el equipo pudiera ser visto como un triunfo de la contraparte, las Farc.

Pero Santos introdujo nuevos nombres en la medida en que fue necesario. Para alcanzar el acuerdo sobre justicia en septiembre pasado –que motivó su primer encuentro con Timoleón Jiménez- echó mano de los juristas Juan Carlos Henao y Manuel José Cepeda. También involucró, como plenipotenciaria, a la canciller María Ángela Holguín y, en los últimos días, al ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, y al consejero para el posconflicto, Rafael Pardo. La llegada de personas nuevas dio oxígeno, aunque también produjo molestias en la alineación que venía desde atrás. Santos las manejó con una mezcla de diplomacia y una actitud de mirar para otro lado para dejar muy en claro que no quería comprar peleas ajenas. “Esa actitud era insoportable, pero al final resultó fundamental para mantener la coherencia del equipo”, según uno de los negociadores.

Y aunque tuvo una cercanía permanente con el núcleo del grupo –De la Calle, Jaramillo, Holguín, Rangel y Mora– marcó alguna distancia. Los asesores extranjeros –Joaquín Villalobos, Shlomo Ben Ami, Jonathan Powell, Dudley Ankerson y Bill Ury– tuvieron contacto casi exclusivamente con el presidente, salvo algunas reuniones formales con el equipo negociador, y le dieron consejos que el primer mandatario utilizó para aclarar sus instrucciones para la negociación. También le dio tareas a su hermano Enrique Santos y al economista Henry Acosta –ambos en una función crucial en el inicio del proceso, cuando se abrió la fase exploratoria y secreta– en momentos puntuales, para enviar mensajes precisos y concretos a las Farc.

Empeño vehemente

Santos impulsó algunos de los puntos más notables del proceso, incluso sin el beneplácito de varios de sus colaboradores. Al menos en tres temas claves se empeñó en forma vehemente. El primero, postergar el cese al fuego para el final, en contra de lo planteado por las Farc desde el comienzo. Santos consideró que no podía paralizar a las Fuerzas Armadas durante los diálogos, visión que corroboró cuando, durante la fase exploratoria, Alfonso Cano cayó muerto en un bombardeo de las Fuerza Aérea.

Santos también sacó adelante sin consenso interno –ni siquiera con el convencimiento inicial de la canciller María Ángela Holguín– la vinculación del Consejo de Seguridad de la ONU. Sobre todo, en la tarea de verificación del cumplimiento de los acuerdos. Le llegaron argumentos en contra que hablaban de la inconveniencia de facilitar una excesiva intervención de ese organismo en los asuntos internos del país, e incluso sobre un supuesto sesgo “izquierdista” de sus representantes. Pero Santos se empeñó en la idea por la legitimidad internacional de la ONU, y con ayuda del gobierno británico logró una “resolución limpia” –que limita la labor del Consejo de Seguridad a tareas de verificación– con la que se comprometió la canciller Holguín.

El otro empeño presidencial fue el plebiscito. Lo había prometido desde el anuncio del inicio de los diálogos y lo mantuvo a pesar de las críticas que llegaron a diestra y siniestra. No lo querían las Farc –que preferían una constituyente– y en el gobierno señalaban que en un ambiente tan polarizado se podría perder y, en todo caso, fomentaría la pugna política. A pesar de los enormes riesgos, no se movió de su posición, no solo para fortalecer la legitimidad de los acuerdos, sino para blindarlos hacia futuro.

La última instrucción del presidente fue cambiar la metodología para acelerar las negociaciones en los últimos días. El llamado cónclave. Se lo había planteado uno de sus asesores internacionales, y había sondeado a Timoleón Jiménez cuando lo conoció en La Habana el 23 de septiembre del año pasado. Se trataba de propiciar un encierro de los dos equipos, con instrucciones de no levantarse de la mesa hasta que se cerrara el acuerdo. Así ocurrió y las personas cercanas al proceso afirman que si se hubiera mantenido la metodología de siempre, el proceso se habría podido prolongar hasta bien entrado 2017.

Santos, en fin, pasará a la historia como el mandatario que firmó la paz con las Farc. Está por verse si será el que consiguió acabar con la violencia política. La última paradoja es que lograr ese anhelo no le ha asegurado el reconocimiento de la opinión pública, sino, por el contrario, un profundo desgaste en imagen y un gran costo político en gobernabilidad. El trabajo eficaz de la oposición uribista para desacreditar el proceso, la imagen negativa de las Farc y la prolongación de las conversaciones en La Habana lo pusieron en la contradictoria posición de ser uno de los mandatarios colombianos con más baja popularidad interna y con mayor admiración en el exterior.

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