Martes, 2 de septiembre de 2014

Nicolás Gómez Dávila en su biblioteca, una de las más completas e interesantes del país. Foto: Archivo Semana

| 2013/06/01 02:00

100 años de un pensador

Al cumplirse el centenario del gran intelectual Nicolás Gómez Dávila, el filósofo español Miguel Saralegui evoca lo que ha significado para Colombia y el mundo el pensamiento de este colombiano ilustre.

El 18 de mayo de 1913 nacía en Bogotá Nicolás Gómez Dávila. Quizá nadie más alérgico que don Colacho –como lo designaban sus amigos– a los fastos y a las conmemoraciones. Introvertido y tímido, sería el primero en sorprenderse de que un país que nunca admiró y que un siglo que supo odiar antes de conocerlo –murió en 1994– le rindiesen tributo. 


Quizá por respeto, aunque el motivo sea tan banal como el olvido, casi no se han organizado conmemoraciones ni congresos. Este descuido llama la atención de varios profesores extranjeros a quienes Bogotá comenzó a atraer por ser el lugar de nacimiento de uno de nuestros autores predilectos.


No solo por la desidia de la instituciones, Gómez Dávila continúa siendo un oculto desconocido entre sus coterráneos, por mucho que ya existan importantes estudiosos colombianos –Alfredo de Abad, entre los consagrados, y Antonio Barguil, el más prometedor de los jóvenes estudiosos– que se esfuerzan por divulgar la obra de don Nicolás. Sin embargo, el anonimato no resulta extraordinario.


Durante toda su vida no pasó de ser un ilustre desconocido que decidió entre sus propios libros –los cuales forman una de las bibliotecas privadas más interesantes de Colombia, ahora disponible al público en la Luis Ángel Arango–, los que le acompañaron hasta la hora de su muerte. 


Es creador de unos pocos artículos y de tres obras de título genérico: Textos, Notas y Escolios a un texto implícito. Esta última composición se publicó en un lapso de 15 años en tres momentos diferentes y con leves modificaciones de título: en 1977 la primera, con el título ya mencionado; en 1986 los Nuevos; en 1992 los Sucesivos, tan solo dos años antes de que el escritor desapareciera. Aunque apreciadas por el público culto colombiano, las obras jamás gozaron de éxito. 


A pesar de que el silencio acompaña tanto su vida como su posterioridad, esta desatención resulta injustificada, sobre todo al contemplar las letras del país andino desde el extranjero. En un marco estrictamente cultural, Colombia representa la brillantez más pulida de la novela latinoamericana posterior a la Segunda Guerra: Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis como padres fundadores; Juan Gabriel Vásquez, Evelio Rosero y Tomás González, entre los más recientes. 


Sin embargo, apenas se encontrará un autor de ensayos, un filósofo o un historiador cuyas obras se editen en el extranjero. Por ejemplo, por muy valiosa que sea una figura como la de Fernando González resulta absolutamente mediterránea. 


En 2009, los cinco volúmenes de Escolios fueron publicados en España por la prestigiosa y elegantísima Atalanta, la cual está a cargo de Jacobo Siruela, uno de los editores más reconocidos de Europa. Si bien no alcanzó una colosal difusión, los más importantes críticos del país –Fernando Savater y Juan Malpartida entre ellos– alabaron la obra de manera ilimitada. Si uno tuviera que escoger uno de los motivos por los que Gómez Dávila marca la historia de las letras colombianas, es el de ser el primer colombiano que se consagra internacionalmente en el campo de la no ficción creativa. 


No hay duda, sin embargo, de que la importancia de Gómez Dávila como autor traspasa estos límites. Posiblemente la palabra escolio (según el DRAE “nota que se pone a un texto para explicarlo”) no le sea familiar al lego. Por mucho que se puede establecer alguna distinción, esencialmente no son otra cosa que aforismos. 


Si Notas resulta un poco más digresivo, Escolios está compuesto de impactantes frases breves. En la mayoría de los casos poco más de 20 palabras provocan un terremoto que, al mismo tiempo, nos advierte de una falsedad cotidiana y nos revela un tesoro imprevisto y esotérico.


Cada escolio se caracteriza por una completa condensación, un destilado cargado de incómoda sabiduría. Si bien se caracteriza por la concentración estilística, Gómez Dávila es un autor profundamente enciclopédico. Apenas existirá un tema intelectualmente relevante sobre el que el autor no haya brindado una concisa sentencia. La historia, la política, la literatura, la filosofía, la sociología, la religión, el amor, incluso el sexo son materias de escolio. No existe realidad que no sea ‘escoliable’.


La lengua castellana cuenta con admirables escritores de lo breve. Pienso ahora en el desconocido y pionero Eugenio de Narbona o en el mismo Baltasar Gracián que tanto encandiló a Arthur Schopenhauer, otro de los maestros del género, que decidió traducir el Oráculo manual y arte de prudencia. Por su perfección estilística y su variedad temática, Gómez Dávila es el mejor representante en el siglo XX de un género en el que, con mayor o menor dedicación, muchos autores hispanoparlantes, como el Ramón Gómez de la Serna de las Greguerías, han decidido expresarse.


Además, la paradójica prolifidad de Gómez Dávila lo convierte en uno de los aforistas más fecundos de la historia. Esta descomunalidad del escoliasta impacta, sobre todo, cuando se contempla el ‘ladrillo’ editado por Villegas –todavía hoy disponible– con sus obras completas. Si resulta exagerado considerarlo el único gran aforista de la lengua española, se trata de uno de su más elevados exponentes y de un auténtico renovador del género para la literatura universal. 

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