11 agosto 2012

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20 meses tras el último capo de la Oficina de Envigado

NACIÓNLa captura del último jefe de esa estructura criminal parece sacada de una película de Hollywood. Muertes, armas, mujeres y mucho lujo son solo el abrebocas de esta historia. Así cayó Sebastián.

20 meses tras el último capo de la Oficina de Envigado. Erickson Vargas, alias ‘Sebastián’, el 8 de agosto, día de su captura.

Erickson Vargas, alias ‘Sebastián’, el 8 de agosto, día de su captura.

Un día de mediados de octubre de 2010, seis hombres llegaron al aeropuerto de Rionegro, tomaron taxis separados y se alojaron en varios hoteles de Medellín. Eran la avanzada de un grupo de la Dirección de Inteligencia de la Policía (DIPOL) que llegó a sumar 30 personas. Nadie, ni sus colegas paisas,
ni las autoridades locales, sabían que estaban en la ciudad. Solo reportaban al director de la DIPOL en Bogotá. La razón de tal sigilo era su misión: dar con un desconocido hasta hacía poco considerado un jefe de bajo rango en las bandas delincuenciales de Medellín pero que, en la sombra, era el hombre más poderoso de la Oficina de Envigado, la organización de narcotráfico más vieja del país. Apenas si conocían su nombre y su alias y unos brochazos de su biografía. Y nunca imaginaron que iban a pasar 20 meses persiguiendo un fantasma.
 
En la sombra

La Oficina de Envigado es la organización criminal más sofisticada y más rica del país. Es una compleja pirámide, en cuya base hay alrededor de 300 combos, las pandillas de Medellín, y quien se hace a su control manda en el bajo mundo de la capital antioqueña. La fundó Pablo Escobar, en los años ochenta, para manejar jóvenes cuya única esperanza de movilidad social era un gatillo. La DEA dijo en 2009 que solo en un año habría lavado 50 millones de dólares. Al tráfico de cocaína a gran escala, suma la extorsión de miles de buses y comercios, el microtráfico y los ajustes de cuentas, que le dan por sí solos a la Oficina un flujo de caja mensual que envidiaría el Sindicato Antioqueño. Esta ha sido la principal responsable de los altibajos en la tasa de homicidios de Medellín, al calor de las guerras a muerte entre sus cabecillas, que se consolidan a sangre y fuego por periodos cada vez más breves. Don Berna, Danielito, Rogelio, Douglas, Yiyo, Beto, Valenciano… Uno tras otro, jefes caídos o capturados son reemplazados y la máquina implacable de negocios lícitos e ilícitos de la Oficina sobrevive.

A mediados de 2009, la inteligencia de la Policía, enfocada en el más reciente de esos cabecillas, Maximiliano Bonilla, alias Valenciano, se llevó una sorpresa. La captura de un lugarteniente empezó a arrojar indicios de que había alguien más poderoso en la Oficina, del cual solo se conocía el alias: Sebastián. Para septiembre de 2010 ya tenía nombre: Erickson Vargas Cardona. Se sabía que controlaba el 80 por ciento de los combos de la ciudad y estaba en guerra con Valenciano. Ambos habían sido sicarios de Los Pepes, la organización que se enfrentó a Escobar hasta su muerte en 1993, y ascendieron junto a don Berna, quien tomó el control de la Oficina a fines de los noventa. Cuando este fue extraditado, en 2008, y luego de luchas intestinas, Valenciano asumió las relaciones con los narcos y el manejo del negocio y Sebastián se mantuvo, como en toda su carrera, al frente de la parte militar y de los nexos con los combos. Pero esto no duró. Sebastián, por su historial de gatillero, gozaba de un respeto reverencial entre los combos de su barrio La Milagrosa, y en las comunas. Valenciano tenía menos apoyo y buscó el de la banda de los Urabeños, uno de los grupos sucesores de los paramilitares.

Dar con él era muy difícil. Sebastián vivía en casas de seguridad, en entornos protegidos que conocía desde la infancia, las pocas veces que salía a la calle lo hacía de noche y nunca hablaba por teléfono. “No era de los que salían a rumbear al parque Lleras”, dice uno de los investigadores. No tenía una sola orden de captura. No había imágenes suyas. Había hecho desaparecer sus huellas y cambiar las identidades de sus hijos. Su círculo cercano era un misterio. Sintiendo que ganaba visibilidad, a fines de 2010 abandonó Medellín. Y, como pronto se darían cuenta los hombres de la DIPOL, cada línea de investigación que abrían para dar con él, terminaba en un callejón sin salida.
 
Primeros hilos

Los hombres de inteligencia empezaron a explorar a quién reportaban los jefes de los combos y encontraron dos nombres: Frank y Chaparro. Este último terminó delatado y detenido, pues tenía una condena por homicidio, y Sebastián decidió apartarlo, temeroso de que lo relacionaran con él. Frank era hermano de Sebastián, tan cauto con su seguridad como este y tampoco tenía orden de captura. No lo podían detener, y la vigilancia no los llevó a ninguna parte.

Se dedicaron al resto de la familia, cuya composición tardaron meses en establecer. El padre, un zapatero viejo y enfermo, dependiente de una botella de oxígeno, no tenía que ver en el negocio y, aunque un emisario le traía dinero periódicamente, Sebastián nunca lo visitaba. Los hermanos eran cuatro. Su madre los abandonó cuando eran niños y Viviana, una de ellos, asumió ese rol. Sebastián tenía cuatro hijos, dos de matrimonios anteriores, y dos con su esposa actual. Enviaba dinero a sus exmujeres con intermediarios cuya vigilancia tampoco dio pistas. La esposa actual no aparecía por parte alguna (se sospechaba que estaba fuera de Colombia), y solo se identificó a su madre, Dora.

Los agentes se concentraron en Viviana, la hermana de Sebastián. Tenía un hijo que cantaba reguetón cristiano y enviaron a una policía encubierta a sus conciertos, a comprarle un CD y relacionarse con él, hasta que ubicaron el salón de belleza al que ella iba. “Es de unos 40 años, muy vanidosa, con la lipo”, cuentan. Enviaron agentes mujeres al salón, identificaron un Audi en el que se movía la mujer y dieron con su casa.
De poco sirvió. Viviana no hablaba por celular, cambiaba de carros, solo veía a un grupo de cinco o seis personas y sus comunicaciones eran mediante un elaborado sistema de ‘filtros dobles’: llamaba a alguien y, cuando los policías creían que eso los llevaría a Sebastián, esa persona llamaba a otra y el rastro se evaporaba. Su casa, estratégicamente situada, apenas permitió a agentes disfrazados de vendedores de paletas o de obreros de calle breves pasadas al frente que no los llevaban a nada.

Sin embargo, el tiempo y la vigilancia sobre Viviana dieron preciosa información sobre el sistema de seguridad de Sebastián. La organización usaba también taxis, . “A la mujer la llamaban. ‘Vaya al teléfono rojo’, le decían. Era a dos cuadras de la casa. La seguíamos, esperando que apareciera el Audi, cuando la recogía un taxi, y luego se cambiaba a otro, y a otro. Hubo que individualizar taxis, placas, conductores. Nos fracasaron muchas vigilancias”, cuenta otro de los investigadores. Cambiaban de carros cada mes, todos con vidrios polarizados, con permiso legal, y se mudaban de casa regularmente. Y los filtros para las comunicaciones se usaban con cada miembro de la familia. Era obvio que semejante sistema de seguridad para los familiares solo podía ser propio de un narco muy poderoso.
 
Una llamada providencial

A mediados de 2011, diez meses después de iniciada, la operación seguía tan lejos de Sebastián como al comienzo, aunque había avanzado en su judicialización y la de su hermano Frank, al establecer que había participado en múltiples crímenes, lo que permitió emitir órdenes de captura. A mediados de agosto, una llamada de Dora, la madre de la esposa de Sebastián, abrió una luz. “Llega la amiga de lejos”, dijo la señora, por teléfono, interceptado. Los reflectores se pusieron sobre ella y esto condujo a una finca en Girardota. Los policías se enteraron de que, para arreglar la piscina, sus ocupantes habían pedido unos materiales, e infiltraron a uno en el camioncito que los llevó. Allí este vio a una mujer con un niño de 6 años y una niña de 3. Eran Liliana, de 28 años, esposa de Sebastián y los hijos de ambos. No obstante, la ubicación de la finca hacía difícil la vigilancia y, un día, desaparecieron. Un fiasco más.

En noviembre, Viviana, que seguía vigilada, viajó al exclusivo balneario uruguayo de Punta del Este y hubo indicios de que Sebastián podía estar planeando instalarse allí o en Argentina. En coordinación con la policía de ambos países, viajaron equipos colombianos. En Punta del Este, una agente disfrazada de mucama entró a la habitación de Viviana y copió las fotos de su cámara, en las que aparecía con su hermana y con una mujer joven que los investigadores veían por primera vez. En Buenos Aires esperaron en vano. Sebastián nunca apareció.

Ese mes, en Venezuela, fue capturado Valenciano, el gran rival de Sebastián, con lo que este afianzó su control de la Oficina. Valenciano dijo a los investigadores: “Si quieren llegar a Sebastián, ubiquen a Freddy Colas”. Era la primera vez que oían ese nombre.

De nuevo sin nada sólido, los agentes decidieron hacer efectiva la orden de captura contra Frank, al que habían vigilado todo el tiempo, para producir un remezón en la organización. “Es el recolector, al que le llega la plata de los jefes de los combos, y el que la envía a la familia. Si pierde a Frank, a Sebastián le va a tocar dar papaya”, se dijeron. Un mes y medio después, una fuente los llevó a una finca en Barbosa y a la mujer ‘preferida’ de Frank y, el 17 de febrero de 2012, este estaba en la cárcel de El Pedregal, en Medellín. Con esa captura hicieron todo un hallazgo y aparecieron nuevos personajes.
 
La oficina de la Oficina

En abril, los investigadores se dieron cuenta de que un visitante de Frank en la prisión, que llevaba y traía cartas, pasaba siempre, antes o después, por una compraventa de carros en un centro comercial, que empezaron a vigilar. Llegaban carros de lujo y se reunían sospechosos personajes. “¡Bingo!”, se dijeron los investigadores cuando identificaron a uno de ellos, al que se siguió por semanas cuando viajaba a bordo de un Montero blindado y de varios Chevrolet Aveo modestos, haciendo las maniobras de evasión que ya les eran familiares. Era Freddy Colas, el hombre al que Valenciano les dijo que le pusieran el ojo. Con la compraventa de carros, habían dado con “la oficina de la Oficina”, como la llamaron. Eso explicaba, en parte, la cantidad de vehículos de la organización. “Llegamos a identificar 70”, dicen.

Gracias a la captura de Frank se enteraron de que Sebastián solo se comunicaba por carta, o con grabaciones, que enviaba con grabadora, y solo lo hacía con una persona (Frank, hasta su arresto; Freddy Colas, después). Y averiguaron que Sebastián tenía una amante colombiana en México, Camila, a la que mandó llamar después de Semana Santa. La esperaron en el aeropuerto, la siguieron en sus múltiples cambios de carros hasta una finca en Barbosa y, cuando vieron su foto, no podían creerlo: era la misma mujer que estaba en las fotos que la mucama había sustraído de la habitación del hotel de Viviana en Punta del Este. Y se prepararon para la llegada del capo que llevaban casi 18 meses buscando.

Este fue uno de los fiascos más grandes de la investigación: Sebastián nunca vino a ver a su amante. Al parecer, Freddy Colas tenía sospechas sobre ella. La mujer estuvo cuatro días en la finca y salió sin ninguna seguridad. Fue a ver a Frank a la cárcel. Se hizo una cirugía plástica y volvió a México.

Una vez más en un callejón sin salida, los investigadores se concentraron en la compraventa de autos y en Freddy Colas. Estudiaron a todo el que se relacionaba con él. Supieron que Sebastián tenía un chef, Hernán. Aprendieron de los gustos del capo, por las chanclas Oakley (talla 42, pues mide 1,92), por la ropa Technomarine, por los mariscos, pero nada los conducía hasta él.

Hasta que dieron con Gustavo, un joven que conducía una Yamaha de 1.100 centímetros cúbicos y, que después de seguirlo y perderlo muchas veces, los llevó a Liliana, esposa de Sebastián, a la que habían perdido hacía meses. Vivía en una casa blindada, en un conjunto con alta seguridad. Y Gustavo no era solo su conductor sino su hermano. Ubicaron el colegio donde estudiaban los hijos de la pareja, indicio de que Liliana se había instalado en Medellín.

Cada 15 o 20 días desaparecía sin que lograran determinar a dónde iba. “Siempre la perdíamos por los lados de Bello, en dirección a Copacabana. Solo salían a altas horas de la noche, cuando el seguimiento podía ser detectado. Cambiaban de carros, se devolvían a Medellín; a veces Gustavo salía con una camioneta que teníamos identificada, la seguíamos creyendo que la mujer iba ahí, y, de pronto, parqueaba y se bajaba solo él. Ella se había ido en otro carro”.
 
Se cierra el círculo

Sospechaban que cuando desaparecía, iba a donde Sebastián. Pero cada vez que eso pasaba, perdían 15 o 20 días. Se dieron cuenta de que Freddy Colas se les perdía en la misma zona. Entonces, movieron allí el foco de la investigación. “Regamos gente nuestra en Barbosa, en Girardota, en Copacabana, a ver si veíamos alguno de los 70 carros que les teníamos identificados. Hasta que, por fin, apareció el que menos esperábamos: una camioneta vieja, carpada, ante una finca de lujo, con piscina, juegos para niños, circuito cerrado de televisión”. Ahí creyeron los hombres de la DIPOL que su investigación había dado, al fin, al cabo de casi 20 meses, con Sebastián. Pero aún faltaba que se cerrara el círculo.

Para ese momento, una fuente humana (que recibirá 1.200 millones de pesos de recompensa), les dijo que esa era solo una finca de seguridad y que el capo andaba “con un tal Negro”, en otra. Un hombre que coincidía con la descripción salía en moto, de noche, hacia la montaña. “Imposible seguirlo sin ser detectados. Hubo que usar el avión (fantasma)”, cuentan los agentes. Pero el Negro apagaba la luz, y se perdía. Sabían que estaban a un paso de Sebastián, pero, ¿dónde? ¿Cuál era su ubicación exacta?

A comienzos de este mes la fuente les dijo que el capo se iba a mover y les dio una ubicación. Por interceptaciones, supieron que se estaban comprando mariscos, unas chanclas Oakley talla 42, gorros de lana y ropa abrigada. Eso los enfocó en la parte más alta de la zona, donde hacía frío. Hicieron reconocimiento. Un día, cuentan, se cruzaron con el Negro, que bajaba en moto. Hacia arriba solo había tres fincas, a 1.800 metros de altura, la más alta de las cuales reunía las condiciones de ubicación y visibilidad que siempre buscaba Sebastián. Liliana se les volvió a perder en Medellín, con lo que supusieron que venía a verlo. “Ya tenemos cerrado el círculo”, se dijeron.
 
Al fin

Un asalto aéreo estaba descartado, pues los helicópteros se oirían a kilómetros. Optaron por infiltrarse. Detrás de la finca había una colina, cuya ladera tenía un bosque de pinos. Por allí se arrastraron por más de un kilómetro, con trajes especiales, siete comandos de élite de la Policía, el pasado 8 de agosto. Otros 12 esperaban, escondidos en un camión, en la finca más cercana. Y había una reserva de 20 más. Sin embargo, hasta que los comandos que se arrastraban no confirmaran visualmente que Sebastián estaba en la casa, no se daría la orden de asalto.

A las 5:55 de la mañana los comandos se tropezaron con el Negro, de centinela en la cima de la colina. Alcanzó a disparar un tiro antes de ser alcanzado mortalmente. La fuente les había dicho que la casa era de dos pisos y en el segundo vivía Sebastián. Por radio, los comandos anunciaron que había dos personas, un hombre y una mujer. Se dio la orden de asalto. Sebastián salió solo, armado con un fusil belga. Le gritaron que se rindiera. Pareció pensar un momento, y soltó el arma. “Soy Sebastián”, gritó, alzando las manos. Liliana estaba en la casa y fue dejada en libertad.

Después vino lo que se sabe. Encontraron un arsenal que, según los hombres de inteligencia, no se le ha decomisado a ningún narco. “Ni siquiera Diego Montoya (el capo del cartel del norte del Valle) tenía un arsenal así, ni de lejos”, dicen.

El presidente Santos proclamó el fin de la Oficina de Envigado. Habrá que ver. Debilitada por la larga guerra intestina, pierde a un hombre cuya autoridad sobre los combos difícilmente tendrá pronto reemplazo. Los Urabeños intentarán hacerse al control, pero la Oficina solo ha sido dirigida por paisas. Vendrá, probablemente, una lucha feroz por controlar un negocio que, mientras siga siendo tan poderoso, siempre encontrará quién lo lidere. En cualquier caso y pese a que su nombre es menos conocido que el de Pablo Escobar o don Berna, todo indica que con Sebastiá pasa a una prisión de Estados Unidos el último de los grandes capos de la droga en Colombia.
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