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| 2/8/2004 12:00:00 AM

¿2002-2010?

La reelección de Alvaro Uribe no es tan fácil como se cree ni tan buena como se dice.

Tan terca como el propio presidente Alvaro Uribe, parece la opinión pública colombiana en mantenerse a su lado. A 18 meses de gobierno, las encuestas le dan entre el 75 y el 80 por ciento de popularidad, índices sin antecedentes en la historia política del país. Con ese inusual apoyo popular, ¿qué político no estaría pensando en hacerse reelegir?

Pues bien, de esta coyuntura ha surgido en la última semana, como un volcán que estaba adormecido, un torrente de propuestas, columnas, reuniones y movimientos sobre la posibilidad de que Uribe se vuelva a presentar en las elecciones de 2006. La que tiró la primera piedra fue la embajadora en Madrid, Noemí Sanín. Luego, el fogoso consejero presidencial Fabio Echeverri retomó el tema. Le siguió una reunión de uribistas pura sangre, de la que salió una propuesta bastante pulida.

El gobierno intentará por dos caminos legales levantar la prohibición constitucional de reelegir presidentes. Uno consistirá en presentar ante el Congreso el próximo 16 de marzo un proyecto de acto legislativo para reformar los artículos necesarios. El segundo será buscar, por iniciativa ciudadana y también ante el legislativo, que se apruebe un proyecto de referendo que será presentado ante la opinión pública para reformar la Constitución. Esto exige que se constituya un comité promotor, que según la ley debe ser avalado por 130.000 firmas, y una vez reciba el visto bueno de la Registraduría, debe salir a buscar firmas de un mínimo del 5 por ciento del total de electores, es decir un poco más de 1,2 millones de votos. Una vez consiga las firmas y estas sean verificadas, se presentará la iniciativa ciudadana para aprobación del referendo por el Congreso, y ésta por su naturaleza tendrá carácter urgente.

¿Es buena la reelección presidencial en un país como Colombia? ¿Qué posibilidades hay de que los uribistas logren su cometido? ¿Y si tienen éxito, qué implicaciones tiene esto para la gobernabilidad del país y para el conflicto armado? El debate está abierto.

Camino de espinas

Para poner las cosas en su justa medida, va a ser muy difícil que el proyecto se cristalice. A primera vista, bastaría que en una democracia el júbilo de la opinión sea suficiente para empedrar el camino hacia la prolongación uribista. Pero las democracias son más complejas que el simple retrato del ciudadano y la urna. La democracia también es el juego de los intereses, las presiones, las manipulaciones, los tiempos y las oportunidades. Y es ahí en donde se enreda la reelección de Uribe.

En primer lugar, se enreda en los intereses. A ninguno de los precandidatos a la presidencia le fascina la idea. Muchos sonríen forzadamente, como Germán Vargas, para no defraudar la euforia colectiva que produce en la opinión la idea de dejar a Uribe cuatro años más. Pero ni Germán Vargas, ni Antonio Navarro, ni Enrique Peñalosa, ni Antanas Mockus están contentos con el tema y harán todo lo posible para torpedearlo en el Congreso.

En segundo lugar, se enreda en los tiempos. La agenda legislativa está bastante congestionada este año. Están pendientes el Estatuto Antiterrorista, la ley de alternatividad penal, la reforma pensional, la reforma a la justicia y la reforma de fondo al sistema impositivo. Proyectos que son cruciales para la seguridad y estabilidad económica del país y que necesitan ocho debates para ser aprobados. A lo anterior hay que sumarle que el proyecto de reelección tiene que venir acompañado de una serie de reformas constitucionales que cambian ciertas costumbres políticas. Para que el Presidente pueda hacer campaña por su reelección es necesario cambiar la prohibición constitucional para que los funcionarios públicos participen en política, modificar la financiación de campañas y el acceso a los medios de comunicación, para sólo mencionar unas pocas. Esto implicaría reformar el Código Disciplinario, el Código Penal y el régimen de inhabilidades e incompatibilidades. Lo anterior significa una ardua tarea de ingeniería constitucional que difícilmente puede hacerse a contrarreloj y en medio de debates tan esenciales como la reinserción de los paramilitares a la vida civil, las funciones de policía judicial a las Fuerzas Armadas o el impuesto a las pensiones.

En tercer lugar, se enreda en las presiones. Una vez se presente el proyecto de reelección al Congreso, más de un senador va a proponer que se incluya la reelección de alcaldes y gobernadores en todo el país, como lo contemplaba el proyecto que se hundió el año pasado sobre las cenizas del referendo. Y esto puede empantanar aún más las cosas. La reelección inmediata de alcaldes y gobernadores a simple vista parece sana. Es más, hoy en día pueden ser reelegidos siempre y cuando no sea el período consecutivo. Pero la reelección inmediata en los municipios pequeños -el 95 por ciento del país-, donde el Estado es casi la única fuente de empleo y de ingresos, llevaría a que los gobernantes de turno utilicen la burocracia y los contratos para perpetuarse en el poder en regiones donde no hay ni instituciones ni cultura política. Una cosa es el voto independiente que reelige al alcalde de Bogotá y otra muy distinta es el voto que reelige al alcalde de Ovejas en Sucre. Es tal el desequilibrio institucional y el alboroto electoral que generaría meter a los alcaldes y gobernadores en el paquete reeleccionista, que más que ayudar complicaría la vida.

En cuarto lugar, se enreda en la oportunidad. Es el caso de la izquierda y, concretamente, del Polo Democrático. Por primera vez la izquierda colombiana logra un premio gordo electoral con Lucho Garzón en la Alcaldía de Bogotá. Y bajo la sombrilla del Polo Democrático, Lucho y su gente están construyendo un proyecto político con miras a la presidencia de 2006. Y una reelección de Uribe podría dar al traste con las ambiciones electorales de muchos sectores de la izquierda que nunca soñaron que podrían acariciar el solio de Bolívar. De hecho, el Polo ha dicho que no está de acuerdo con la reelección.

En quinto lugar, se enreda en ciertos círculos de poder que se han opuesto abiertamente al proyecto. Los ex presidentes liberales Alfonso López, Julio César Turbay y Ernesto Samper le han salido al paso a la propuesta con capa y espada. Andrés Pastrana, por su parte, ha dicho que no le gusta la reelección inmediata pero no dejó claro si le gusta la reelección como existía antes de la Constitución de 1991. El procurador Maya fue muy cauto al referirse al tema y en las altas cortes, a pesar de que no se pueden pronunciar oficialmente, es claro que dada la tradición constitucional y jurídica colombiana, el tema no gusta mucho. Estas esferas de poder, aunque no tienen la sartén por el mango a la hora de decidir este tema, son oídas y muchas veces actúan como los sabios de la tribu en la cúspides de los tres poderes públicos.

Y en último lugar, se enreda en la presentación. Este tema trasciende los terrenos pantanosos de la real politik y entra en los de la ética pública. Y que sean las personas más cercanas a Uribe como Fabio Echeverri, o su embajadora en Madrid, Noemí Sanín, quienes hayan lanzado la idea no deja un buen sabor. Que la idea de la reelección se haya gestado en las entrañas del gobierno no sólo es un craso error político puesto que la iniciativa se hubiera podido dar silvestre en la sociedad civil, sino que muestra al Ejecutivo con unas desmedidas ambiciones de perpetuarse en el poder. Se estaría confeccionando una constitución a la medida de un presidente popular y una coyuntura política particular. Algo impresentable.

El tema de la reelección de Uribe no es entonces tan fácil como parece. Sin embargo, a pesar de las anteriores consideraciones, que sin duda complican el proceso, la democracia es el poder de las mayorías y no de las minorías. Y si el presidente Uribe sigue con los mismos índices de popularidad un año más, el Congreso puede sentir una fuerte presión de la opinión pública que no puede desconocer.

Las dificultades para llegar a que Uribe sea candidato en 2006 no parecen preocupar, sin embargo, a sus fans. "Qué va a pasar después de Uribe, se pregunta la gente", dice el congresista conservador Roberto Camacho, quien se declara amigo abierto de esta reelección porque asegura que no ve sucesores que tengan talla presidencial, y "¿si tenemos a uno tan bueno por qué no reelegirlo?".

Si los dejan

Suponiendo que, a pesar de las dificultades, la reelección salga adelante, el paisaje político colombiano se alteraría radicalmente. El de la pequeña política, que sufriría porque la mayoría de los congresistas -tan ávidos de burocracia y poder para repartir dádivas estatales- aprovecharán la 'papaya' que está dando el gobierno de buscar la reelección para recuperar la tajada perdida. Sería paradójico, pues gran parte de la popularidad del presidente Uribe radica precisamente en la percepción generalizada de que este Presidente, a diferencia de sus antecesores, estaba logrando gobernar sin cederles terreno a los políticos. Ahora la presión por cambiar este ambicioso y refrescante esquema de gobernabilidad sería mucho mayor.

La otra columna que sostiene la gobernabilidad de Uribe es su constante apelación al ciudadano. Este estilo puede ser hoy polémico, pero es ampliamente reconocido como un ejercicio democrático de acercar el pueblo a sus gobernantes y obligarlos a rendir cuentas. Los famosos consejos comunitarios de los sábados tienen mucho que ver con la popularidad del Presidente. Pero si ya no es un Presidente escuchando a su pueblo, sino un político en campaña de reelección, la luz con que se mire este ejercicio será totalmente distinta. "¿Cómo podrá hablarse de equidad en la campaña, cuando uno de los candidatos presidenciales puede ir de pueblo en pueblo prometiendo recursos del Estado a diestra y siniestra?", dijo un agudo observador. Esto implicaría diseñar reglas de juego en la financiación electoral absolutamente nuevas, y una financiación estatal generosa.

Quizá de mayor impacto es que el paisaje de la macropolítica también se alteraría profundamente. Para empezar, porque sería la primera vez en casi 100 años que un presidente sería reelegido para el período inmediatamente siguiente. De repeticiones no inmediatas sólo se han dado los casos de Alberto Lleras Camargo, quien terminó el período de Alfonso López Pumarejo y posteriormente fue elegido, y de este último, que repitió en la Presidencia luego de esperar un período, pero no pudo terminar su segundo mandato pues se vio obligado a renunciar.

Precisamente porque no tiene antecedentes es difícil prever qué pasaría, pero a juzgar por la historia del último medio siglo, la popularidad de los presidentes colombianos es efímera, aun en casos tan especiales como el de López Pumarejo, autor de una verdadera revolución democrática en su primer gobierno.

Los ejemplos recientes del vecindario latinoamericano no son más alentadores. Carlos Menem de Argentina y Alberto Fujimori del Perú, que introdujeron reformas legales en sus sistemas para extender sus mandatos, fueron ambos presidentes extremadamente populares, y sobre ese éxito montaron sus planes de reelección. El primero había hecho el milagro de devolverle la prosperidad económica al país, luego de más de una década de estancamiento. Y el segundo hizo la proeza doble, de derrotar a la guerrilla de Sendero Luminoso y estimular el crecimiento económico. Pero permanecer en el poder por tanto tiempo terminó en un desastre no sólo para ellos -ambos estuvieron con un pie muy cerca de la cárcel- sino para sus países, porque floreció la corrupción, se persiguió a los detractores y se debilitaron instituciones otrora independientes como las cortes de justicia.

La suerte final de Hugo Chávez en Venezuela, otro presidente popular que alargó su mandato, aún no se conoce, pero es innegable que su popularidad ha decaído drásticamente y que su resistencia a dejar el poder ha causado una debacle económica en el vecino país.

El caso más benigno de la epidemia de 'reeleccionitis' del continente fue el de Fernando Henrique Cardoso en Brasil. Considerado un presidente extraordinario, también se cambiaron las normas para que se quedara un período más, pero su segundo período fue bastante menos apreciado por los brasileños, al punto que aseguran que fue su impopularidad lo que le entregó por fin la presidencia a Luiz Inacio Lula da Silva de la izquierda, después de muchos intentos fallidos.

¿Y el conflicto?

Parte del gran panorama político que se vería afectado por una reelección de Uribe es el de la seguridad. Es otra paradoja. Si hay una razón principal por la cual quieren los colombianos que Uribe se quede es por sus éxitos en materia de seguridad. La gente se siente más segura hoy y atribuye esa mejoría al empeño responsable, diario, del Presidente en velar porque la fuerza pública haga mejor su trabajo. Sin embargo, un segundo mandato de Uribe podría exacerbar el conflicto y podría perderse mucho de lo logrado.

¿Por qué? Por dos razones. La primera, porque les quitaría urgencia de negociar a los grupos de autodefensa. Si estos tienen algún interés de desmovilizarse y han prometido (aunque cumplido a medias) un cese unilateral de fuegos y hostilidades, es porque este es el único gobierno que hasta ahora les ha dado la oportunidad de encontrar una salida negociada. Entonces si el gobierno termina en dos años y medio, tendrán prisa de llegar pronto a acuerdos. No saben cómo les iría con el próximo. Si, por el contrario, Uribe va hasta 2010, podrían tomarse su tiempo; total, ahora gozan de cierto estatus político por estar negociando, pero a la vez mantienen intactos sus armas y sus fortunas y su poder de intimidación.

La segunda, porque obligaría a la guerrilla de las Farc a salir de su retirada temporal. Esta está en una estrategia de bajar la intensidad a la guerra y 'aguantar' en el monte mientras pasa 'el chaparrón Uribe'. Pero ese camino no es posible, con la perspectiva de un gobierno Uribe por siete años más; y menos siete años más a la defensiva, frente a unas Fuerzas Armadas más beligerantes y eficaces, y que desde ya se les están metiendo en su retaguardia profunda en Caquetá y Guaviare. Ni siquiera los largos tiempos que suelen marcar el ritmo de las Farc darían para tanta espera.

Así que, con la perspectiva de la reelección, se aumentan las probabilidades de que salten a una estrategia más ofensiva, y si no lo pueden hacer en el terreno militar en el campo, lo harán en las ciudades con secuestros masivos al estilo del de los diputados del Valle del Cauca, o con atentados terroristas contra los que llaman "objetivos militares" -en los que siempre suelen caer más civiles- o contra la infraestructura. También les queda volver a atentar contra el propio presidente Uribe, cuyo riesgo obviamente aumenta ante la perspectiva de que seguirá en el poder por cuatro años más.

Unos paramilitares sin afán de hacer la paz, unos guerrilleros afanados por hacer la guerra y desgastar cuanto antes la popularidad de Uribe, y un gobierno en su segundo período en un país donde los presidentes pierden su capital político con especial celeridad pintan un cuadro de un conflicto que se intensificaría.

Los principios

Más allá de los efectos posibles de la reelección concreta de Uribe, vale la pena discutir si la reelección en principio es aconsejable o no. Sus enemigos consideran que Colombia tienen una cultura política histórica y que un elemento esencial de ésta es que aspirar a un cargo desde el poder representa una ventaja indebida. En otras palabras, para el talante colombiano la reelección es inconveniente. No importa que en otras latitudes la situación sea diferente y funcione.

Argumentan que el presidencialismo en Colombia es tan fuerte que esa tentación lleva inexorablemente a un abuso del poder. Y cambiar las reglas del juego para favorecer a quienes detentan el poder va en contra del principio liberal y republicano de la limitación del poder. Cuando no hay instituciones fuertes, competir contra un presidente en campaña es una tarea bien difícil .

Los argumentos en favor de la reelección se pueden sintetizar en una frase: lo bueno hay que recompensarlo y lo malo, que castigarlo. Si un gobernante hace una buena gestión y el pueblo quiere que permanezca en el poder, sería antidemocrático prohibirlo. Y la reelección permite recuperar un elemento fundamental para consolidar las políticas públicas: continuidad. En un país como Colombia, donde los problemas tienen tantos años y son tan profundos, es necesario una coherencia y una continuidad en las políticas de gobierno y no los bandazos que han acostumbrado dar los presidentes en las últimas décadas.

Sí, pero no ahora.

Como suele suceder, la verdad puede estar en el medio: reelección sí, pero no con nombre propio. Una cosa es proponer que se cambien las reglas de juego para 2006 y que, entonces, cuando se elija presidente se sepa que éste puede ser reelegible. La enorme diferencia es que la reelección tendrá un sentido institucional, y habrá tiempo para debatir con calma los demás ajustes que esta transformación de fondo en la cultura política colombiana requiere. Ahí sí se podrán poner los límites a los posibles abusos de quien esté gobernando para perpetuarse indebidamente. ¿Pero cómo se podrían fijar estos límites cuando es el propio gobierno interesado en repetir el que los propone? ¿Cómo puede ser aceptable o equitativo que quien ponga las reglas de juego sea luego competidor?

Sin duda, la reelección del Presidente de Colombia tiene innegables bondades. Cuatro años es muy poco tiempo para un primer mandatario, sobre todo en este país. Y los votantes son más maduros de lo que se cree; si el gobernante no sirvió, será muy difícil que lo reelijan.

Otra cosa muy diferente es reelegir a un presidente sólo porque a los 18 meses de gobierno tiene altos índices de popularidad. Sería tan inmaduro como proponer que se recorte el período presidencial cuando al año y medio de gobierno un presidente sea muy impopular. Peor aun, ¿qué tal que todo esto resulte ser un gran parto de los montes, en el que el país y el gobierno enredan la agenda legislativa, se distraen de los temas fundamentales y mandan los mensajes equivocados? Algo han debido aprender los amigos del Presidente de la derrota del referendo. Equivocada estrategia de un gobierno que viene gobernando bastante bien.
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