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| 2/9/2008 12:00:00 AM

¿A sus espaldas?

El presidente Uribe quiere que la reforma constitucional para la reelección pase sin que él se pronuncie sobre el tema. No le va a quedar fácil.

La novedad en el tema de la reelección es que el presidente Uribe empezó a pensárselo en serio. Y esto explica la decisión que ya tomó de no definir si está o no de acuerdo con el trámite que se lo permitiría.

Más que un asunto de voluntad, querer o no querer, Uribe se enfrenta a un verdadero dilema. Tiene enfrente dos caminos y aunque sabe cuál es el conveniente, no se siente capaz de desechar el otro.

El Presidente es un hombre serio y con una vocación de servicio público. A pesar de que aprobó el cambio de la Constitución para ser reelegido, valora la institucionalidad del país y sabe que quedarse un tercer período tiene consecuencias que la afectan gravemente. Le faltan todavía tres años de gobierno y ni su esposa, ni sus hijos ni sus más férreos defensores, como Fabio Echeverri o Fernando Londoño, están de acuerdo con esta última aventura.

Con ocho años de gobierno, sería el presidente con la mayor permanencia en el poder que ha tenido Colombia. Sus índices de popularidad superiores al 80 por ciento en el quinto año de su mandato, le garantizan desde ahora un sitio de honor en la historia del país.

¿Cómo es, entonces, que no le cierra las puertas al juego reeleccionista que está en marcha? La respuesta se podría entender por una rara combinación de vanidad y responsabilidad.

A pesar de que no es un megalómano como Hugo Chávez, las abrumadoras marchas del 4 de febrero no le pasaron inadvertidas. Le confirmaron que después de cinco años en el poder, su doctrina sobre las Farc y el terrorismo parece estar consolidada. El éxito de su presidencia en gran parte se debe a que se comunica directamente con el pueblo haciendo caso omiso de intermediarios con las masas.

Ahora es ese pueblo el que quiere prolongar su presidencia, mientras gran parte los intermediarios (opinadores, congresistas, intelectuales etc.) expresan reservas.

Además de esa manzana tentadora, tiene una preocupación auténtica de que su obra de gobierno quede a mitad de camino. Para él, la falta de continuidad de la seguridad democrática es darle un respiro a la subversión y a eso no está dispuesto. Si uno de sus subalternos puede garantizar esa continuidad, no hay problema. Pero si no, él estaría dispuesto a volver a salir al ruedo si las circunstancias lo requieren.

Ese es el escenario que Álvaro Uribe tiene en la cabeza. A él no le interesa necesariamente un tercer período. Pero sí le gustaría tener disponible la herramienta por si la necesita.

Por eso, su juego es dejar que se apruebe la reforma constitucional sin su participación directa. Como diría Ernesto Samper, "a sus espaldas". Así que opta por el silencio, así este le signifique una costosa ambigüedad, y se aferra al argumento de que los entusiastas de la idea lo hacen sin contar con su apoyo. Difícil de creer, pero al menos por unos meses el país vivirá en medio de esta incertidumbre que inevitablemente entrañará un trauma en la vida política.

La estrategia de "a mis espaldas" no va a ser cosa fácil. Uribe ya la intentó en su primera reelección hasta cuando lo obligaron a definirse. Ningún Congreso se le medía a un rompimiento institucional de esa trascendencia sin claridad en las intenciones del patrón. Ahora le comienza a suceder lo mismo. Mientras él no se pronuncie en forma concreta sobre el tema, no va a lograr el consenso para que la reforma llegue a puerto.

Ya Germán Vargas Lleras notificó que sin esta condición, Cambio Radical no le jala. Lo mismo piensan numerosos parlamentarios de todos los partidos, incluido el de La U. La reforma a la Constitución tiene dos modalidades posibles, referendo o acto legislativo, pero en ambos casos se requiere la aprobación del Congreso.

No hay duda de que si Uribe se define, las mayorías se alinearían con él. Pero tampoco hay duda de que si de verdad no quisiera la reelección, una sola llamada telefónica al jefe de La U, Carlos García, o al secretario general, Luis Guillermo Giraldo, enterraría la iniciativa para siempre.

Uribe es consciente de que decir que sí a la reforma tiene grandes implicaciones. Es hacerle un nuevo esguince a la Carta y tirar por la borda una institucionalización que ha construido Colombia a lo largo de dos siglos. Esta, si bien no ha sido perfecta, es considerada un ejemplo en América Latina.

Otra consecuencia es que un sí debilitaría aun más la separación de poderes, ya duramente golpeada por la primera reelección. Instituciones como las Cortes, los organismos de control y la Junta del Banco de la República fueron concebidas en la Constitución del 91 como independientes del Ejecutivo. Una presidencia de 12 años sería casi el golpe de gracia a esta intención del constituyente.

Y esto para no mencionar que de estar pendiente una segunda reelección, todos los actos de su gobierno estarán bajo sospecha. Los nombramientos, los presupuestos, los consejos comunitarios, los programas sociales, los subsidios, la adjudicación de los canales de televisión, para citar sólo algunos ejemplos. Lo que Uribe haga de aquí a las elecciones tendrá una sombra de duda y la energía que debe invertir en gobernar la gastará en demostrar que no está en campaña. Él mismo reconoció este riesgo cuando le aseguró al periódico El Mundo de España que "no pue­do per­mi­tir que la agen­da de tra­ba­jo se con­vier­ta en ese te­ma. A es­te pa­ís le con­vie­ne más la pro­mo­ción de nue­vos lí­de­res, que ago­tar a una per­so­na".

El problema no es sólo de agenda. La reelección podría profundizar la polarización existente e inclusive dar pie a nuevas expresiones de violencia. La base de la democracia es el respeto de los derechos de las minorías y si éstas se sienten aplastadas a perpetuidad a punta de cambios en las reglas del juego, la reacción podría ser peligrosa

Buscar un tercer período también tendría consecuencias negativas en la gobernabilidad del país. Indudablemente se debilitaría la unidad que se ha logrado mantener hasta ahora en la coalición de gobierno. Pilares de ésta como el Partido Conservador, Cambio Radical y hasta el Partido de La U, se podrían dividir frente a esta nueva perspectiva. Esto para no mencionar la frustración de todos los aspirantes a ser los sucesores de Uribe, cuya adoración por el jefe inevitablemente se menguaría.

Álvaro Uribe es consciente de todo esto. Sabe también que su prestigio pierde brillo cuando le hacen analogías con Chávez o Fujimori por perpetuarse en el poder. Todos estos dilemas lo tienen agonizando en su decisión de si seguir adelante o parar en seco. En todo caso, no tiene mucho tiempo para decidirse.

Lo paradójico de todo esto es que él es un gobernante responsable y Colombia se ha preciado tradicionalmente de ser un país de instituciones. Lo que está sucediendo en este momento es ajeno al temperamento de ambos.
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