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| 3/28/1994 12:00:00 AM

Acuerdo bajo el terror

Ernesto Rodríguez Medina, delegado colombiano en la comisión de la OEA que medió en la toma de la embajada dominicana por el M- 1 9, cuenta qué sucedió y cuáles fueron las órdenes del presidente Turbay.

USTED ESTA EN TODO SU DERECHO DE ACETAR O NO. Si decide lo primero se lo agradeceremos. Si lo segundo. .. Lo comprenderemos. Quien así me hablaba era el presidente de Colombia, Julio César Turbay Ayala, al filo de la medianoche particularmente iría del domingo 20 de abril de 1980. Con su nasal acento agregó:
-Lo hemos llamado a Ginebra porque necesitamos un testigo colombiano en el interior de la Embajada. Piénselo y comuniqueme mañana su respuesta.
Aunque me preocupaban las perspectivas, no lo dudé un momento. Era obvio que si el mandatario me había designado en su cuerpo diplomático, era para representarlo también en los momentos difíciles.
-Señor Presidente: acepto.
Con esta rápida respuesta me encontré inmerso en el cataclismo de acontecimientos que había hecho temblar al país en los últimos dos meses, a raiz de la toma de la embajada de la República Dominicana en Bogotá y del secuestro de 17 embajadores extranjeros por parte de un comando terrorista del M-l9.
Al Presidente lo acompañaban en su despacho los ministros de Relaciones Exteriores, Diego Uribe Vargas, y de Defensa Nacional, el general Luis Carlos Camacho Leyva. Ambos funcionarios me explicaron rápidamente la situación y mis funciones.
-Hemos invitado a la Comisión de Derechos Humanos de la OEA para que venga a Colombia y medie en la crisis sirviendo de garante de un acuerdo si se logra, dijo Uribe Vargas. Y precisó: Las negociaciones están en un punto muertó: Esta es nuestra carta. Usted deberá ser el representante nuestro y el enlace de esa mediación.
-Y deberá informarnos minuto a minuto el desarrollo de la misma, enfatizó el general, quien tenía fama de duro. Ya este sainete va para largo y tenemos que acabarlo, agregó, sin disimular su estado de ánimo.
Uribe Vargas volvió a hablar:
-También buscamos que la OEA estudie las denuncias sobre posibles violaciones de los derechos humanos y rinda un informe. Usted deberá coordinar y facilitarle esa tarea a los comisonados.
La intervención del organismo interamericano había sido idea suya y estaba convencido de que la cuestión funcionaría.
El resto del diálogo fue dedicado a pasar revista a la situación y a analizar los problemas de logística de la mediación. El mandatario finalizó esta fase de la conversación con una advertencia destinada a mí:
-Procure intervenir lo menos posible, pero entienda que,si tiene que hacerlo, tiene toda la libertad. Lo espero mañana a las 9 de la mañana con toda la Comisión, cuyos miembros ya han comenzado a llegar.
A primera hora del día siguiente me reuní en el Hotel Tequendama con todos los miembros de la Comisión. La presidía el estadounidense Tom J. Farer, y la integraban los embajadores Andrés Aguilar, de Venezuela; Carlos de Abranches, de Brasil; Francisco Beltrán, de El Salvador; Luis Demetrio, de Costa Rica; César Sepúlveda, de México, y Edmundo Vargas, de Chile. La voz cantante la llevaba en todo momento Aguilar, quien hasta hacía poco había presidido la Comisión y venía de negociar con el ayatollah Jomeini sobre la crisis de los rehenes estadounidenses. Farer, un profesor universitario, prefirió desde ese momento mantener un bajo perfil, quizás por su nacionalidad y por su poco dominio del idioma español.
Alimentados de un moderado optimismo visitamos al presidente Turbay para conocer sus personales apreciaciones. Aguilar y Turbay se habían conocido en la ONU cuando en años anteriores ambos habían ejercido la representación de sus respectivos países. Desde el primer momento esta vieja amistad ayudó a enfatizar el protagonismo del venezolano. El Presidente habló larga y detalladamente. Impresionaba su serenidad y firmeza. Comentó un informe de Amnistía Internacional sobre Colombia y agradeció la voluntad de la Comisión para estudiar sobre el terreno los alcances de esas denuncias.
-Esta es una democracia plena y ustedes podrán verificarlo. Solo les pido objetividad, dijo. Y sobre el problema diplomático en particular, señaló: Señores embajadores: la situación es crítica pero no es desesperada. Los terroristas tienen ya pocas opoiones y una de esas pocas es la Comisión. Actúen como a bien tengan. Les agradecemos infinitamente el haber venido para ayudarnos en esta dura prueba. Todo lo que ustedes decidan o hagan en beneficio de una solución será apoyado en forma entusiasta por el Gobierno colombiano. Y solo una advertencia: no estamos dispuestosa dar, por parte de nuestro Gobierno, ni un solo peso ni a soltar un solo preso ". *
Con esta indicación presidencial como norte de nuestra tarea, nos fuimos para la embajada.
Como enlace de la Comisión, mi misión inicial era cóncertar con el 'Comandante Uno', jefe terrorista, el modus operandi de la mediación. Era, pues, imperativo llegar solo y primero a la sede, y así se les comunicó a unos malhumorados mandos militares que cercaban la edificación, situada a pocas cuadras de la Ciudad Universitaria. Después de interminables minutos -enlazados por órdenes de walkie-talkies- fui autorizado a ingresar a la zona de la candela.
-¿Quién es? Identifiquese, me gritó el 'Comandante Uno' a través de una puerta de cristal que se encontraba parcialmente destrozada por los impactos de bala y sólo se protegía con gruesos maderos entrecruzados por la parte interior.
-Soy el enlace colombiano de la Comisión de la OEA y pido permiso para entrar y dialogar con usted, respondí. Admitido al vestíbulo central, la puerta se cerró rápidamente a mis espaldas. El escenario era sobrecogedor. Parecía como si un tifón hubiera arrasado todo el interior. Más de mil impactos de bala habían despedazado paredes, pisos, puertas, muebles, cristales y ventanales. Una docena de terroristas encapuchados y armados hasta los dientes rodeaban al 'Comandante', que exhibía su rostro barbilampiño y achinado y que, curiosamente, no portaba ninguna clase de armas. Sin embargo, dominaba el entorno. A su lado varios rehenes, con barba de muchos días y ropa sucia y ajada por el uso, se abalanzaron sobre nosotros.
-Embajador- me dijo con gruesas lágrimas y al borde de un colapso nervioso, un hombre alto, enjuto y vestido con prendas religiosas-: la cuerda ya no da más y está pronta a reventarse. Sálvenos, por amor de Dios.
Su voz era aguda y con un fuerte acento italiano. Se trataba de monseñor Angelo Acerbi, delegado pontificio. Su abrazo me atenazó no sólo mi cuerpo, sino mi conciencia. Era el encuentro con una pesadilla sin fin.
-Váyase, no venga a darnos vanas esperanzas. Usted representa a un gobierno corrupto y distatorial que nos ha abandonado a nuestra suerte.
Quien así se expresaba era un energúmeno embajador, el venezolano Virgilio Lovera, también en el límite de la desesperación.
-No le ponga mucha atención- me dijo el embajador mexicano, Ricardo Galán- Está casi histérico y todo el día maldise. Es la extrema tensión. Usted tan sólo informe al presidente Turbay de que aquí confiamos en él.
Todos los presentes proyectaban una imagen indescriptible de cansancio, atonía y resignación, y algunos se comportaban como sonámbulos. En esos precisos instantes no supe con certeza si nuestra llegada era un paliativo o, por el contrario, más sal en las profundas heridas morales y sicológicas de los involucrados en la escena.
-Por favor, sígame y hablemos a solas, me dijo rápidamente el 'Comandante Uno' y enseguida me introdujo en una habitación más pequeña, que al parecer era el estudio de la residencia.
-La Comisión quiere -le dije- que me entregue un papel firmado por usted donde se comprometa a respetar la vida de los integrantes de la Comisión.
-Yo no firmo ningún papel. Mi palabra les debe bastar, me increpó, iracundo.
Comprendiendo que era inútil insistir en este punto con un hombre que no había respetado ningún tratado internacional sobre inviolabilidad diplomática solo acerté a decirle:
-Está bien. Confiamos en su palabra. (Este punto ya lo había discutido con los mediadores y todos coincidían en que esta pretensión, originaria del estadounidense Farer, no iba a ser aceptada).
A continuación acordamos los por menores de los contactos y los detalles de los procedimientos.
-Regresaré en media hora con los comisionados -le dije a manera de despedida-. Y le añadí sin saber por qué: Todos son diplomáticos, son avezados y muy pragmáticos. Ellos no comen cuento...
Mi interlocutor sonrió sardónicamente y sólo me dijo:
-Aquí los del cuento son otros.
El cuadro era surrealista, pero a la vez melodramático y fascinante. Nos habíamos sentado en torno de una mesa de centro, ovalada, en plena sala de la embajada. En el suelo, acurrucados a la manera oriental había varios guerrilleros, entre ellos una mujer pequeña pero de formas exuberantes: la ya legendaria 'Chiqui'. Era evidente. que tenía mucha ascendencia, especialmente sobre el propio 'Comandante', quien prefería mantenerse de pies.
Una guerrillera, con ametralladora terciada al cinto, hacía los honores con una bandeja de tinto caliente. También brindaba gaseosas. "Macondo", pensé de inmediato. El 'Comandante' comenzó a hablar, pausada, cansinamente:
-Esta es una lucha por legalidad. Aquí hay unos hechos reales frente a unos presuntos derechos. Lo único cierto es que el pueblo y el mundo nos apoyan y prueba de ello es que todos se interesan por nosotros... hasta ustedes.
Esta última afirmación pareció molestar al embajador Aguilar, quien se apresuró a interpelar al guerrillero:
-Comandante: nosotros estamos aquí no en una misión jurídica, ni política, sino simplemente humanitaria. Usted y sus compañeros tienen que entenderlo así y, si no lo hacen, corren el riesgo de equivocarse en materia grave.
El 'Comandante' pareció no tomar nota de la advertencia, porque a renglón seguido espetó levantando la voz:
-Aquí todos respetamos la labor de todos y de lo que se trata es de solucionar satisfactoriamente este asunto que ya va para largo. A continuación, siguió fabricando su discurso revolucionario. Unos minutos más tarde y en forma abrupta declaró: Lo que nosotros queremos es que ustedes, que son personas tan ocupadas, no pierdan el tiempo: aquí quien manda es el general Camacho Leyva, el señor Turbay es un político habilidoso que no tiene ningún poder. Por eso lo que aquí acordemos consúltenlo con el general.
Los embajadores guardaron discreto silencio un poco sorprendidos. A mí el Presidente me había advertido: "Mantenga cerrada la boca y no la abra sino cuando sea absolutamente necesario".
Comprendí que ese era uno de esos momentos y sin vacilar le dije al 'Comandante':
-Señor: si fuera cierto lo que usted afirma, todos ustedes ya estarían en el barrio de los acostados. El Presidente es amigo del diálogo y es por voluntad que la Comisión Interamericana está con nosotros.


Venciendo mi natural temor, contradije al terrorista un poco en broma, pero tambien muy en serio. Lo hice para evitar malentendidos entre los comisionados, quienes habían comenzado a cruzarse miradas dubitativas.
Esta vez el 'Comandante' sí se dio por aludido, pero nos fulminó con su mirada. Enseguida el embajador Aguilar procedió a explicar las funciones de la Comisión y los alcances de la mediación y en un momento de su exposición indicó:
-Todo está arreglado para que de La Habana venga un avión y podamos garantizar su salida hacia un país neutral.
No había terminado la frase cuando la pequeña figura de la 'Chiqui' se levantó como un resorte y advirtió:
-Esto no es ningún safari, ni ningún 'tour' turistico. De aquí no nos vamos sin nuestros compañeros de La Picota y adviértanles nuestra decisión a quien ustedes se les dé la realy diplomática gana.
La intervención de la terrorista cayó como un balde de agua fría. Inmediatamente los embajadores comisionados se levantaron de sus improvisadas sillas. De nuevo habló Aguilar:
-A nosotros se nos había advertido que aquí no habría ninguna clase de negociaciones, sino una mediación de buenos oficios para garantizar su salida .Si eso no es así, creo que estamos hablando idiomas diferentes.
El 'Comandante' aprovechó la oportunidad para aconsejarle entonces a Aguilar:
-Consulte, pero tenga claras nuestras condiciones. Si no hay respuesta positiva, mejor ni vuelva, señor embajador.
Nuestra primera reunión oficial de trabajo había llegado abruptamente a su fin y tan sólo había durado 35 minutos.
El panorama no podía ser más desalentador. Los comisionados iniciaron entonces su marcha hacia la puerta. Cuando intenté hacer lo propio, el 'Comandante' me tomó del brazo y me dijo:
-Usted, por favor, quédese.
Las cuatro palabras retumbaron en mi mente como cuatro balazos. Me quedé petrificado. Por primera vez en mi vida, mis fuerzas parecieron abandonarme por físico pánico. Fui a hablar y no pude hacerlo. Tal era la resequedad de mi garganta que las cuerdas vocales, sin lubricación alguna, se negaban a articular palabra.
Tan evidente debió verse mi indefensión que el 'Comandante' se apresuró a explicarse:
-Por favor, no se preocupe tan sólo quiero hablar con usted un momento.
Instantes después lo seguí. Subimos a un segundo piso. Nos acompañaban dos terroristas fuertemente armados y la 'Chiqui'.
Abajo, los comisionados gentilmente decidieron esperarme en la parte baja de la embajada.
-Salimos todos o no salimos ninguno, oí que Aguilar le murmuraba al chileno Vargas que fungía como secretario de la Comisión. Esas palabras me reconfortaron gratamente y tuvieron el efecto de un bálsamo tranquilizador.
Fue entonces cuando entre el 'Comandante' y yo se desarrolló el siguiente alucinante diálogo:
-¿Es usted buen amigo del presidente Turbay?
-Bueno, realmente muy amigo no. Pero es evidente que él me ha distinguido con su confianza.
-Entonces tome atenta nota de lo que voy a decirle y transmítaselo con la mayor fidelidad posible. Sucede que aquí las cosas no marchan como uno quisiera. Anoche no más hubo un fallido intento de relevarme del mando. Es el uruguayo que no quiere ningún arreglo. Por eso me ve con guardia personal. Hay que apresurar las cosas. Debemos obrar con realismo, pues la situación no está para hacer locuras. Y otro detalle igual o más grave: el hijo de perra del embajador de Israel (Eliau Barak) quiere fugarse y, si lo intenta, tendré que matarlo. Y usted sabe muy bien que al primer disparo que se oiga dentro de la embajada, los gorilas nos arrasan... Dígale esto a Turbay porque esto se puede poner color de hormiga. Ahora cada minuto cuenta.
Hablaba serenamente. No parecía preocupado. Tampoco descontrolado. Parecía que tan solo quería dejar una constancia. Nos despedimos.
Llegamos rápidamente a Palacio. Eran las 2 de la tarde. El Presidente nos esperaba, aunque un poco sorprendido.
No creí que vinieran tan pronto: Por sus caras veo que las noticias por contarme no son muy halagueñas.
Desgraciadamente es así, dijo Aguilar y rápidamente le dio su versión de lo acontecido. Al terminar su relato yo me permití agregarle el mensaje del 'Comandante Uno'. Bastaron escasos minutos para enterar al mandatario de la crítica situación. El se tomó su tiempo para hablar, pero cuando lo hizo con su característica nasalidad nos sorprendió a todos con esta pregunta.
-¿ Ustedes juegan póker? Porque esos terroristas los están 'cañando '. Ellos están congelados en el tiempo. Actúan como si fuera la primera semana de negociaciones y están en la última. Se les agotan las posibilidades. No sobraría hacerles comprender que la paciencia del Gobierno y de ustedes también tiene un límite...
Aunque los comisionados lucían pesimistas, informaron al Presidente de que de inmediato regresarían a la embajada. El largo camino de más de 40 cuadras entre el Palacio y la sede cautiva fue un prolongado silencio para todos y una íntima oración para el embajador Aguilar, un fervoroso creyente.
De nuevo en el escenario del terror, el venezolano ni siquiera se tomó la molestia de sentarse. De pies, con su tic característico consistente en jugar con un botón de su chaqueta, pausada pero firmemente, le fue diciendo al jefe terrorista:
-Hemos regresado porque consideramos un deber humanitario indicarle a usted y a sus compañeros que nosotros somos su única garantía de supervivencia. Si ustedes rechazan nuestra mediación, en el próximo minuto saldremos por la puerta de enfrente caminando. Y unas horas más tarde lo harán ustedes, pero en otras condiciones...
Aguilar lo decía con esa fortaleza de ánimo con que, unos meses atrás, le dijo mentiroso al mismísimo ayatollah Jomeini, cuando en nombre de la ONU negociaba el retorno de los rehenes estadounidenses y el líder fundamentalista ponía en tela de juicio los términos de un proyecto de acuerdo.
Las palabras de Aguilar no eran un ultimátum. No sonaron como tal. No eran tampoco una advertencia. Eran simplemente la verdad. Así lo comprendió rápidamente el 'Comandante Uno'. Hubo una larga pausa, al final de la cual el guerrillero le dijo a Aguilar y a los comisionados:
-Muy bien. Sentémonos y hablemos.
Y se sentaron y hablaron largamente.
El resto es historia... -


*El pago de un millón de dólares a los guerrilleros fue producto de una colecta de la colonia judía por la liberación del embajador de Israel en Colombia.
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