Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2016/10/02 08:38

Mejor imposible

La periodista Marta Ruiz hace una defensa apasionada de los acuerdos de paz que hoy se someten a plebiscito.

Mejor imposible

Hoy el pueblo colombiano aprobará o desaprobará los acuerdos de La Habana. Con esa decisión pondrá el país en la ruta de la transición hacia la paz, hacia un futuro con nuevos desafíos, o lo condenará a seguir en el pasado. Los acuerdos tejidos durante cuatro años no son apenas la paz posible ni la paz imperfecta. Son unos grandes acuerdos, un poderoso instrumento de cambio social, una hoja de ruta para sacar a Colombia de la barbarie y ponerla en el camino de la civilización. Son una lámpara que nos guiará para salir del túnel oscuro de la guerra hacia la luz de una sociedad democrática.

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Los acuerdos son en realidad perfectos. Mejorarlos es imposible. Son perfectos porque ponen en el centro los problemas que históricamente han convertido el conflicto en un círculo vicioso. El punto agrario es tan sencillo –titular las tierras, hacer un catastro rural, darles tierras a quienes lo las tienen, llevar infraestructura al campo-, que no se necesitaba una revolución, ni una guerra, ni menos una negociación para hacerlo. Sin embargo, el acuerdo no es sobre la tierra realmente, sino sobre los campesinos. Cuando este acuerdo se aplique, si se implementa con seriedad, los campesinos, especialmente aquellos que han sido durante años desterrados y desarraigados, serán otros. Al darles la propiedad de la tierra, les devuelve la voz, la capacidad de decidir, en últimas; les abre también espacios políticos y eso, por supuesto, no le gusta a la Colombia gamonal que ha mal gobernado las regiones de Colombia.

El acuerdo de participación política va al corazón de cáncer de la democracia colombiana: el sistema electoral. Lo contrario de la guerra no es la paz. Su contrario en realidad, es la política. Porque la política, lejos de ser el oficio vilipendiando que conocemos, es una actividad altruista y en las democracias maduras el más importante instrumento de cambio social. El voto de las comunidades cambia la historia. Y si Colombia no ha podido cambiar hasta ahora hacia una mayor justicia social es porque el sistema electoral está atrapado en el clientelismo. Romper ese sistema, al tiempo que profundizar la participación, hará inevitable una renovación de los liderazgos. Se podrá aspirar a que haya verdaderas corrientes ciudadanas con opción de poder. Mayor movilidad en la representación. Menos caudillismo. A eso también le temen muchos.

El acuerdo sobre drogas pone a Colombia en el camino correcto. Por primera vez en la historia el país intenta construir un camino propio, serio y a largo plazo para enfrentar el problema de los cultivos ilícitos. Supera la visión de culpar al campesino cocalero y tenderle la mano para que se incorpore a la economía la legal. Por fin, el enfoque va más allá de una disputa de policías y ladrones, y se empieza a trabajar desde la perspectiva de la economía política. Como debe ser después de tres décadas de fracasos. Con estos acuerdos, Colombia acepta el desafío de construir un nuevo paradigma en la lucha contra el crimen y pone la primera piedra para ello. Que se acabe la economía ilegal también desacomoda a algunos.

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Como lo han reconocido la ONU y la propia Corte Penal Internacional, los acuerdos ponen al centro a las víctimas. Esto es histórico. Habrá verdad, habrá búsqueda de desaparecidos, habrá reparación y sobre todo, habrá justicia. Nunca antes una guerrilla se había sometido, voluntariamente, en una negociación a ser juzgada por sus crímenes. Nunca antes había pedido perdón o entregado bienes para reparar. Nunca antes un Estado había admitido en una mesa de negociación que también ha cometido crímenes atroces y aceptado que quienes los cometieron también comparezcan a este tribunal. Todos ellos serán sancionados con todo rigor. Militares y guerrilleros tendrán que dar cara a sus víctimas y pasar sus próximos años con las comunidades, reparándolas. Tendrán que contar la verdad, que, como dicen todas las religiones, nos hará libres.

Las comunidades tendrán que enseñarles a los otrora victimarios lo que es la convivencia pacífica, el perdón y la humildad. A eso van: a aprender una nueva manera de vivir. Y eso es transformar para siempre a un país. Eso es caminar hacia la civilización. No serán los guardianes del Inpec quienes les enseñen nada. Serán las propias víctimas quienes les ayudarán a trazar una nueva ruta para sus vidas en sociedad. La experiencia de la restauración los transformará completamente como seres humanos ¿Existe un mejor camino para hacer justicia?

El telón de fondo de todos estos acuerdos será el desarme de las FARC, que se dará de manera expresa, transparente y definitiva. Ellos serán un partido político y tendrán espacio en el Congreso. Espacios muy moderados, por cierto, que no alcanzan a romper el equilibrio político que hoy existe. Les permitirá tener una voz fuerte y competir para ganar en el futuro mayores posiciones de poder con sus ideas. Sus ideas, que son tan legítimas como las de cualquier otro partido en cualquier otro lugar del mundo. Por fin Colombia podrá tener una izquierda significativa y legal. Eso es lo normal que ocurre desde hace dos siglos en todos los países del mundo, y, que sepamos, el mundo sigue girando sin derrumbarse.

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Muchos temen que las FARC lleguen al poder. Yo no. Creo que el proceso de paz las ha transformado mucho políticamente. Que su paso por la experiencia de la reconciliación los cambiará aún más y cambiará el país profundamente. Que en diez años estaremos en otro contexto, sin los miedos y los odios que hoy nos mueven. Seremos otros. Colombia empezará a experimentar una promesa incumplida hasta ahora: que la política si puede transformar a la sociedad. Porque la política es para eso y no para otra cosa. Estos acuerdos nos van a cambiar a todos un poco y para bien. Seremos mejores personas. Por eso estos acuerdos son excelentes.

*Editora consejera de SEMANA.

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