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| 4/21/2012 12:00:00 AM

Adiós, general Naranjo

SEMANA cuenta los motivos de la salida del general Óscar Naranjo como director de la Policía Nacional y la compleja situación interna que plantea su sucesión.

Toda Colombia se está haciendo una pregunta: ¿por qué se retira el mejor policía que el país ha tenido en su historia? Las razones son varias y no todas públicas. Pero, más allá de por qué renunció el general Óscar Naranjo a su cargo como director de la Policía Nacional, el hecho es que su salida deja un par de zapatos casi imposible de calzar para su sucesor, en un momento en el que, por la caída en su imagen, para el presidente Juan Manuel Santos la seguridad se convierte en un tema decisivo.

En la superficie, todo luce (casi) normal: el director de la Policía Nacional, como lo había acordado con Santos en agosto de 2010, cuando este le pidió seguir en el cargo en el que lo había designado Álvaro Uribe en 2007, presenta su renuncia a menos de un mes de cumplir los cinco años en el puesto, un límite que él mismo se había impuesto. Así lo anunció el presidente en una rueda de prensa el jueves de la semana pasada y así lo ratificó el propio general en múltiples declaraciones. Naranjo, pues, se iría porque considera que ha cumplido su ciclo y que debe dar paso a un cuerpo de 32 generales, represado -y opacado- hace un lustro por un comandante fuera de lo común cuya imagen y su fulgurante presencia mediática han competido y, en ocasiones, superado, la de los dos presidentes que le tocaron en su lustro al frente de la institución, el tiempo más largo que haya estado en ese cargo policía alguno.

Ciertamente, después de 36 años como oficial y cinco como director, Naranjo deseaba dar un paso al costado. Desde hace cerca de un año, su salida se venía discutiendo al más alto nivel, dentro de la Policía y en el alto gobierno. Según fuentes consultadas por SEMANA, en reuniones con la primera línea de generales, Naranjo les había dicho que había que pensar más en su salida que en su 'quedada'. El presidente Santos, que aceptó el término de cinco años que Naranjo le propuso, y aunque le pidió que se quedara un tiempo más en el cargo, finalmente estaba de acuerdo con que el anuncio se hiciera en la Escuela General Santander, justo el 16 de mayo, cuando se cumple ese plazo. Sin embargo, la decisión se filtró la semana pasada (lo que deja flotando en el aire el interrogante de quién y con qué interés pasó la noticia a los medios) y la Casa de Nariño, que inicialmente desmintió la noticia, pronto salió a confirmarla en una rueda de prensa en la que el presidente se explayó en elogios sobre "el mejor policía del mundo", al calificar lo que ha hecho como "extraordinario".

No obstante, junto a esta normal 'fatiga del metal', concurren otros elementos que han quedado por fuera de la narrativa oficial y contribuyen a entender las circunstancias en las cuales se da esta renuncia.

Para empezar, el general viene recibiendo desde hace unos meses varias tentadoras ofertas de parte de organismos multilaterales y de países individuales o grupos de países para que les preste asesoría en temas de seguridad y narcotráfico. Aunque no ha tomado ninguna decisión, después de tantos años como funcionario público, la relativa tranquilidad (y la remuneración) de un trabajo como consultor de alto nivel no dejan de ser tentadoras para un personaje del renombre y la experiencia de Naranjo.

Por otra parte, en un típico episodio de intriga palaciega, la semana pasada los corrillos periodísticos comentaban una reunión que habría tenido con el presidente el agregado de seguridad en Londres, el general Luis Gilberto Ramírez, quinto en la línea de sucesión de Naranjo, en la cual el mandatario le habría prometido la dirección de la Policía. Presidencia desmiente que la reunión haya tenido lugar, pero el incidente es indicativo de que, bajo la superficie, no todas las relaciones en la cúpula de la Policía son un lecho de rosas y que, dado que la salida de Naranjo era vox pópuli en ciertos círculos, más de una intriga puede haber tenido lugar para buscar reemplazarlo.

Una consideración más es que la estatura de Naranjo, su posición en las encuestas, en las que ha llegado a rondar el 80 por ciento de popularidad, y su figuración pública les han hecho sombra a los varios ministros de Defensa con los que trabajó como director. Para muchos en Colombia y fuera de ella, el símbolo de la seguridad no ha sido el ministro sino el policía, una fuente potencial de celos e incomodidades que pueden dificultar las relaciones entre uno y otro (todos los involucrados, empezando por el propio Naranjo, afirman que la relación con el actual ministro, Juan Carlos Pinzón, es excelente y fluida).

Más allá de las razones que llevaron a la salida de Naranjo la semana pasada (y quizá algunas nunca se conozcan), el hecho es que el general deja un hueco difícil de llenar. La Policía no tiene ni de lejos una figura como él. Pese a los grandes cambios que ha sufrido la institución, que ha mejorado muchísimo en profesionalismo, respeto a los derechos humanos y relación con la ciudadanía, la percepción de muchos en Colombia es que hay más director que Policía. Los posibles candidatos a la sucesión no se comparan con él.

De los cinco generales que están en línea, tres son los que tienen opciones reales: José Roberto León, el actual subdirector; Rodolfo Palomino, responsable de Seguridad Ciudadana, y Luis Gilberto Ramírez, agregado en Londres. El primero ha estado al frente de la seguridad de eventos como el Mundial de Fútbol Sub-20 y la Cumbre de las Américas, es el impulsor del esquema de seguridad por cuadrantes de la Policía, y se dice que contaría con la simpatía del ministro de Defensa y del propio Naranjo (SEMANA no pudo corroborarlo). El segundo, después de ser jefe de la Policía Metropolitana de Bogotá y de la Policía de carreteras, ocupa hoy el cuarto cargo de la institución. Ramírez, que ha hecho su carrera en inteligencia (fue jefe de inteligencia del DAS en el gobierno de Andrés Pastrana), fue escogido como jefe de seguridad por el presidente Santos y, por tanto, se le atribuye una cercanía al primer mandatario de la que no gozan los otros. Sin embargo, el incidente de su supuesta reunión con él la semana pasada puede afectar sus aspiraciones.

Pase lo que pase y llegue quien llegue al frente de los 165.000 uniformados de la Policía, el caso es que lo que se viene es un cambio de era y el recién llegado no la tendrá nada fácil. De una dirección unipersonal, con una estrella mediática al frente para capotear el deterioro en la percepción de seguridad, se pasará a un trabajo más en equipo, con individualidades menos destacadas. El problema es que el cambio sobreviene en un momento crítico para el gobierno.

Como lo muestra la encuesta Colombia Opina de Ipsos-Napoleón Franco que SEMANA publica en esta edición (ver artículos), el prestigio del presidente Santos se encuentra en su punto más bajo y una de las razones es el deterioro en las percepciones (y en varios indicadores) de seguridad, tanto ciudadana como nacional. La aprobación de la gestión de seguridad del presidente ha caído de 80 por ciento en noviembre de 2010 a 49 por ciento. Incluso, la favorabilidad del propio general Naranjo y la de la Policía también han descendido. La de Naranjo pasó de 73 a 61 por ciento entre julio de 2011 y abril de este año. La de la Policía, cuyo prestigio es el segundo después del de las Fuerzas Armadas, pasó de 69 a 60 por ciento en ese lapso.

Esos indicadores de percepción muestran el que es quizá el principal reto que enfrentan el gobierno y quien llegue a dirigir la Policía Nacional. Pese al triunfalismo que a veces exhiben algunos partes oficiales, la seguridad en las ciudades y en el campo sigue siendo un gigantesco desafío. Las llamadas bandas criminales -una denominación acuñada por Naranjo-, la seguridad urbana, el impacto del conflicto armado sobre la población civil en un buen número de regiones y el narcotráfico son problemas que, si se llegan a descuidar, se pueden convertir en 'cocos' de este gobierno y ya algunos opositores los están usando como caballitos de batalla.

El relevo de Naranjo llega, pues, en un momento de inflexión. El presidente tiene en sus manos una delicada opción. Cambiar un director de la Policía Nacional es siempre una decisión de hondas implicaciones. Pero en las actuales circunstancias, de lo que haga o deje de hacer la Policía para mejorar la seguridad y contrarrestar el creciente pesimismo popular frente al gobierno en ese campo, depende en buena medida el prestigio del propio presidente. Como dicen, el que se le mida a semejante chicharrón, que dé un paso al frente.
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