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| 11/19/2011 12:00:00 AM

Adiós a la guerra

Once mujeres que dieron pie a una verdadera epopeya moderna en Barrancabermeja y el conmovedor retorno de todo un pueblo, el de San Carlos, Antioquia, son los ganadores este año del Premio Nacional de Paz.

Los dos ganadores del Premio Nacional de Paz, que será entregado el martes de esta semana en Bogotá, no solo son de antología. También tienen un significado en términos de la historia de la guerra del país: en ambos se trata de proyectos o comunidades enteras que padecieron la guerra pero que, ante todo, sobrevivieron a ella y ya la están superando.

Uno de los premiados, el pueblo de San Carlos, Antioquia, es un símbolo del poder del amor a la tierra. Más de la mitad del pueblo decidió regresar a su terruño a pesar del terror que allí padecieron. El otro proyecto premiado -Merquemos Juntos, de Barrancabermeja- da cuenta de cómo once mujeres, que decidieron empezar con una 'vaca' de 2.200 pesos para que les rindiera el mercado, a punta de trabajo y tenacidad, hoy se han convertido en una especie de banco de los pobres y en el músculo financiero para más de 1.800 microempresarios.

Tanto San Carlos como Barrancabermeja son dos de los municipios más golpeados por el conflicto en Colombia. Y por eso es aún más interesante y meritorio el impacto de las iniciativas galardonadas.

El gran retorno

A San Carlos se lo estaba tragando la selva después de que más del 70 por ciento de sus habitantes huyó. Entre 1985 y 2010, casi 20.000 personas de las 25.840 que vivían en este municipio de Antioquia salieron, literalmente, corriendo. El ELN, las Farc, las autodefensas de Ramón Isaza, las AUC y los bloques Metro y Héroes de Granada se disputaron esa tierra con una sevicia que nadie olvida. Una "guerra total", como muchos la califican, porque fue de todos contra los campesinos.

Fueron años muy duros, en los que se presentaron 33 masacres. Aún no se sabe con plena certeza cuántos murieron. Los hombres armados llegaban a los poblados con una lista escrita, a veces hasta plastificada, y empezaban a llamar por nombres y a matar sin mediar palabra para ir eliminando del papel cada nombre.

Los testimonios son aterradores. Jovany Ciro, por ejemplo, no olvida que a las 11:45 de la noche antes del Día del Padre de 1999, los paramilitares llegaron a su casa y tumbaron las puertas. Sacaron al papá junto con sus cuatro hijos. El mayor era un adolescente y el menor apenas tenía 3 años. En el corredor de la casa mataron a su padre. Después del tiro de gracia, entró corriendo un paramilitar y gritó "no los mate, que ellos no son". Jovany y su familia prefirieron irse.

Todo comenzó a cambiar hacia el año 2008. Los paramilitares se desmovilizaron y la fuerza pública reforzó su presencia para custodiar a los escasos 5.000 habitantes que quedaban en el pueblo. Entonces un grupo de líderes sintió que era el momento de volver a ver a los desterrados. Y por eso, a las tradicionales Fiestas del Agua, que celebran en agosto, les sumaron las Fiestas del Retorno. La idea era volver a traer a la gente. Ocurrió que la voz de que al pueblo se podía volver se regó entre los que se refugiaban en Medellín. La ola de gente fue tan grande que en 2007 el alcalde del momento tuvo que declarar una emergencia porque no había dinero suficiente para atender a todos los que estaban retornando.

Quienes llegaban querían quedarse. Para llegar a sus fincas tenían que pasar por campos minados y ellos mismos abrieron camino poniendo a marchar sus animales adelante. Con machetes, reabrieron las trochas y cuando por fin lograron llegar a sus casas, las encontraron invadidas de selva. Pero ya no querían irse otra vez. Más de 9.000 personas han retornado a San Carlos. Entre ellas, está Jovany. "Volví porque mi mamá quería vender la casa de donde nos tocó salir. Yo no quería que la vendiera porque fue por lo que mi papá trabajó toda su vida para dejarnos cuando él ya no estuviera. Desde 2009 regresé con mi esposa y mi hijo. Hubiera sido más duro para mí ver otra gente viviendo en el sitio donde vi morir a mi papá", cuenta Jovany.

Entre aquellos que resistieron en el municipio se encontraba Francisco Álvarez, quien fue durante años funcionario del municipio y vio cómo en los peores años de violencia muchos de sus conocidos dejaron tirados los proyectos agrícolas que construyó con ellos. Él fue elegido alcalde de San Carlos en unas elecciones atípicas en 2009. Después de ser testigo del éxodo, se puso el reto de hacer todo para volver a llenar el pueblo.

Cuentan que el alcalde de Medellín, Alonso Salazar, quiso conocer qué era lo que estaba pasando en San Carlos y lo llevaron a La Mirandita, una vereda lejana. Y al llegar, lo primero que vio fue un grupo de vecinos cantando un himno que se habían inventado desde hacía muchos años como un gesto de identidad con su tierra. Durante la charla, Salazar preguntó qué les hacía falta e hicieron una humilde pero sincera petición: necesitamos dos mulas. ¡Que después de vivir las peores violencias este grupo de vecinos de 25 casas cantaran su himno y pidieran herramientas de trabajo, hablaba de su arraigo y su intención de salir adelante solos!

Salazar le propuso al Concejo de Medellín destinar inicialmente 6.000 millones de pesos para apoyar el retorno de 300 familias a San Carlos. La idea gustó y se aprobó el desembolso. Así, el alcalde Francisco Álvarez tuvo ánimo para seguir buscando recursos. Hoy día, al menos 30 instituciones entre públicas y privadas están apoyando. Se recuperó la confianza en la fuerza pública gracias al riguroso desminado que está haciendo casi centímetro a centímetro en cada vereda. Los gobiernos nacional y departamental se vincularon con viviendas y proyectos productivos. Y ONG y organismos internacionales están haciendo lo propio. El éxito está en lo bien que se han sabido articular los diferentes cooperantes.

Jovany vive actualmente en la misma casa de donde lo sacaron los paramilitares con su familia. La remodeló gracias a las instituciones que están apoyando el regreso.

La banca de los pobres

La otra historia, la de Merquemos Juntos, de Barrancabermeja, comenzó con once mujeres que juntaron de a 200 pesos -lo único de lo que disponían para darles almuerzo a sus familias- y emprendieron camino a las tres de la mañana desde el barrio Versalles hasta la plaza de Torcoroma. El viaje no era fácil, debían ir desde el lado pobre del puerto petrolero, donde los desplazados estaban ya encontrando asiento, hasta la ciudad consolidada. La idea era comprar las verduras directamente a los distribuidores de los camiones -porque la plata no alcanzaba para carne ni para granos-, y de esa manera evitar intermediarios y hacer rendir la plata. Eso fue en 1992 y la travesía resultó tan exitosa que se repitió todos los días durante muchos meses.

Hoy, 19 años después, esa idea se ha transformado y se ha convertido en el 'banco' más solicitado para microcréditos, no solo en la comuna nororiental de Barrancabermeja, sino también en otros municipios del Magdalena Medio como Sabana de Torres y Aguachica. Ese puñado de mujeres que en ese entonces padecía la miseria dio vida a una entidad que hoy presta hasta 200 millones de pesos al mes, es decir, unos 2.400 millones de pesos al año, en créditos que pueden ser de 200.000 o de 6 millones de pesos.

Guillermina Hernández, la líder de las fundadoras, recuerda que en el primer mercado compraron "dos plátanos, 12 libras de papa, zanahoria, habichuela, tomate y cebolla de rama". No había plata para más. Pero "eso rindió como por arte de magia". Y ahí descubrieron lo poderosa que podía ser la unión de varias personas. No solo cada familia podía tener un mejor almuerzo, sino que les sobraba. Para Guillermina, profundamente creyente como es, era como el milagro de la multiplicación de los panes.

Del alimento que sobraba sacaron provecho. Lo vendían a precio de compra a otras familias.  Desde entonces nadie ni nada las atajó. Luego compraron granos y después jabones, y todos los otros elementos del mercado. Y en un abrir y cerrar de ojos, ya eran 120 familias las que gozaban del mercado a precio del cultivador.

Con la comida del barrio resuelta, Guillermina y las fundadoras comenzaron a ver que había otros problemas por resolver. La gente, por ejemplo, no tenía cómo pagar la educación de sus hijos y por eso empeñaban lo poco que tenían. Otra vez entonces le aplicaron sentido común al problema y a punta de bingos de 200.000 pesos que les prestó Pastoral Social y de lo que ellas mismas lograban ahorrar, no solo pagaron todo lo empeñado, sino que empezaron a hacer créditos de entre 500 y 2.000 pesos. "A veces se prestaban 1.000 pesos y los pagaban a 15 cuotas porque no podían dar más", cuenta Guillermina.

Ese ahorro fue la primera piedra de lo que se denominaría el Fondo Rotatorio, luego Economía Solidaria y finalmente el Programa de Microcréditos. "Ahorramos y empezamos a prestar la plata a las familias, especialmente mujeres. Imagíneselas con niños, viviendo con media panela diaria, en casas de invasión. Su situación era impresionante. Les dábamos la plata y les preguntábamos cómo podían pagar", dice Guillermina, de 67 años. Desde entonces y hasta hoy, el 95 por ciento de los beneficiarios pagan cumplidamente sus créditos.

Tanto el párroco del barrio, Alfonso Gómez, como el padre Francisco de Roux, que estaba por ese entonces en el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, fueron claves en apoyo logístico y asesoría.

Guillermina y sus compañeras siempre se resistieron a permitir que los paramilitares o los guerrilleros se metieran con la Asociación, y por esta razón el 4 de marzo de 2002 ella casi pierde la vida. Unos hombres armados la esperaron a la entrada de la misa de las cinco de la tarde, pero ese día ya había ido a misa en la madrugada y se salvó.

Eso parece ser parte del pasado. Ahora, la Asociación Merquemos Juntos tiene sedes en varios municipios y un edificio propio de cuatro plantas en el barrio Versalles, en el que tienen panadería, la tienda de alimentos, salón de eventos y varios talleres de costura. Allí enseñan a los niños a ahorrar y continúan con la olla comunitaria, programa con el cual subsidian a campesinos desplazados. Y sueñan con terminar la planta de alimentos, que ya están construyendo en una hectárea de terreno con una bodega en la que funcionarán máquinas industriales de panes y jugos y otras que producirán queso cocido y yogur.

"Nosotros todos los días construimos un poco de paz", dice Guillermina Hernández, esta mujer que quedó huérfana cuando apenas era una niña debido a la violencia de 1948. "Estamos ayudando a fortalecer las empresas familiares donde se gana el pan de cada día. Y es con ese pan como se logra la paz".
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