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| 4/7/1986 12:00:00 AM

ADIOS A LA SOLIDARIDAD

Los armeritas se enfrentan a traumas sicológicos, y al rechazo y las agresiones de que son víctimas en los campamentos

Un desastre natural es siempre algo más que un desastre: son dos desastres. Según esta máxima, establecida desde hace algunos años por los principales estudiosos de los problemas de salud mental, como el siquiatra norteamericano T.K. Erickson, los sobrevivientes de una catástrofe natural no sólo sufren el traumatismo sicológico ocasionado por la tragedia misma, sino que posteriormente son afectados por alteraciones emocionales, causadas por la desorganización social que sigue al desastre.
Esta teoría se había confirmado después del terremoto de México y volvió a hacerse realidad con los armeritas y todos los damnificados por la erupción y posterior avalancha del cráter Arenas del Nevado del Ruiz.
Pasados los primeros momentos, que según el especialista Rafael Vásquez son de pánico y aturdimiento por la falta de claridad frente a lo ocurrido, los afectados pasaron a un estado de silencio sintomático, en el cual habia desaparecido la angustia y la depresión. Pero no para siempre. Vino luego una etapa de clara angustia para los damnificados, que adquirieron conciencia de que, aunque no habían perdido la vida, carecían de muchas cosas: su marco microcultural (vivienda, comida acostumbrada, intimidad), su referencia geográfica (la plaza, la alcaldía, la iglesia, el pueblo) y, además, su trabajo.
Pero la etapa que se está viviendo ahora es diferente. Superadas las anteriores, llegó la hora de la agresividad. Agresividad contra ellos mismos, pues por momentos se sienten culpables de lo sucedido; agresividad contra el gobierno y contra las entidades encargadas de suministrar la ayuda. Para los integrantes de la Unidad de Salud Mental del Hospital Federico Lleras Acosta de Ibagué, el primer paso fue recoger las experiencias de profesionales que habían trabajado ya en catástrofes, y acopiar toda la literatura sobre el tema. La siquiatra Raquel Cohen, peruana con vasta experiencia en este campo, fue una de las colaboradoras. Para ella, poco valen sus experiencias anteriores, ya que nunca se había enfrentado a una catástrofe de tales proporciones, donde incluso quedó aniquilado todo un ecosistema.
Basar las campañas de ayuda a los damnificados exclusivamente en la tantas veces mencionada solidaridad de los colombianos, tiene sus bemoles, como lo advirtieron desde un principio algunos especialistas. El damnificado se siente al principio respaldado por millones de compatriotas, que luego lo van abandonando, a medida que se acaban las gigantescas jornadas de las cadenas radiales y de la televisión, y mientras los afectados dejan de ser objeto de compasión, para convertirse en una molestia.
En Ibagué por ejemplo, los habitantes de un barrio ya han apedreado dos veces la escuela que sirve de refugio a algunos damnificados, por cuanto sus hijos no han podido comenzar el año lectivo debido a la ocupación de las aulas. En Guayabal se organizó hace pocos dias una manifestación en contra de los armeritas, a quienes los habitantes de esa población culpan por el hacinamiento. Como puede verse, la agresividad no es solamente de los damnificados contra el gobierno, sino de quienes se sienten afectados por la presencia de damnificados.
Aparte de estos problemas, se presentan depresiones agudas, en particular entre las personas acostumbradas a trabajar y a vivir en condiciones relativamente buenas, que al pasar a la categoria de sobrevivientes gracias a la beneficencia, se afectan profundamente. Otros tienen aún fantasías sobre el hallazgo de sus familiares muertos.
Como si fuera poco, al desaparecer Armero, fue arrasado el hospital siquiátrico Isabel Ferro Buendía, que contaba con 90 camas. Sólo sobrevivieron 5 pacientes, que deambulan actualmente, sin que hayan podido ser reinternados. La mitad del personal médico y paramédico de ese centro asistencial también desapareció y su ausencia se hace sentir permanentemente, teniendo en cuenta los problemas ya mencionados. Como puede verse, la cuestión de la salud mental es otra pata que le nace al cojo de la catástrofe de Armero. --
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