Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/04/01 20:23

La trampa de Aguachica

Alfonso Hamburger relata el indignante episodio sobre el suministro de alimentos a niños en esa población de Cesar.

La profesora que reveló video de Aguachica ha denunciado amenazas en su contra. Foto: Archivo particular

Al ver el video dan ganas de soltar el llanto. La profesora Claribel Rodríguez, que se atrevió a poner las imágenes en las redes sociales, no aguantó las lágrimas. Ella desde hace 20 años es profesora de este colegio, paradójicamente con un nombre atractivo: Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

El cuadro es infame. Los niños hacen cola con disciplina, no sin cierta algarabía pues nadie con hambre se está quieto. Una mujer de la propia región –de pantalón azul, suéter fucsia de letreros ilegibles, con gafas oscuras sobre su cabeza– les va tomando las fotos. Un pequeño plato que encaja perfectamente en las diminutas manos con algunos precarios alimentos y un vaso de gaseosa empieza a rotar de mano en mano, hasta que al fin una voz sentencia: “Ya, ahora sí”.

Los niños –que han tragado saliva– se apartan, entonces viene la realidad, que no es muy distinta a la anterior puesta en escena. Otra persona entrega una merienda tan pequeña, que cabe en una sola mano. El problema no parece de higiene, aunque lo sea, porque es mucho más profundo que lo que aparenta la primera imagen.

Ocurrió en Aguachica, donde quedó probado que los operadores que suministran la comida a los niños en colegios públicos entregan pequeñas porciones desbalanceadas y en lugares donde sólo comen los animales: en el suelo.

Ese “Ya, ahora sí”, es clave para probar el engaño. Un funcionario de la Alcaldía dijo que a los operadores se les había olvidado tomar las evidencias y después tuvieron que hacer el montaje para probar que sí entregaban las raciones a los pequeños.

Después de la foto, en la que el plato desechable iba cargado con tajadas de plátano y unas hilachas de carne de pollo, venía lo bueno. Los niños, en fila y en uniformes de educación física –estaban agitados y hambrientos– iban pasando por su ración.

Algunos a mano pelada, recibían el precario alimento y después un refrigerio. No todos. Unos niños llevaban el vaso de plástico, donde la “seño” (profesora) de gafas oscuras sobre su cabeza iba depositando las hilachas que sustraía de una cava con un tenedor. Y los niños, los que alcanzaban la ración, después de la fila ponían sus manitos. Algo es algo, dicen quienes jamás habían recibido nada. Agradezcan que ahora den eso.

Luego fue Troya tras la publicación del video y de otras fotografías que evidencian el engaño de los operadores contratados por la Alcaldía y la Gobernación con millonarios recursos de por medio.

Habló el alcalde de Aguachica, habló el gobernador, hablaron las autoridades que ofrecieron investigaciones. Y mientras eso ocurre, muchos advierten que nada pasará porque en Cesar, como en muchas partes de Colombia, esos contratos están amarrados con políticos a los que no les interesa la suerte de la niñez.

Aguachica es la segunda ciudad más grande de Cesar, después de Valledupar, con 105.000 habitantes, de los cuales 80.000 viven en el casco urbano. Es una región de tránsito de la costa caribe al interior del país.

Esta ciudad, que está más cerca de Bucaramanga que de Valledupar, no tiene una identidad única, pues ha sido un centro de inmigración permanente. Primero por el petróleo y también por la explotación de la tagua, que atrajo la llegada de sirio-libaneses y otros extranjeros.

Su actual alcalde es Henry Ali Monte Montealegre, contador público, quien llegó con sólo el 28,99 % del potencial electoral (12.157 votos) en coalición de Cambio Radical, Centro Democrático y el Partido Liberal. Su eslogan fue atacar los problemas sociales, pero quedó en evidencia, con este contrato de la Fundación Provenir por poco más de 500 millones, que las necesidades de los pequeños parecen ser lo de menos.

El problema de los alimentos de los niños en Colombia ya es viral. En Sucre, desde hace más de 20 años, se rumora que tomaban la bienestarina para engordar a los gallos y los cerdos de dirigentes políticos. Sin embargo, un conocido gallero advirtió que jamás daría bienestarina a uno de sus gallos porque este alimento los engorda y un gallo de pelea pasado de kilos no puede saltar.

Lo cierto es que un comedor escolar bien administrado da réditos. El Club Kiwanis de Sincelejo, en Sucre, a 600 kilómetros de Aguachica, con apenas 23 socios, recolecta unos 50 millones de pesos al año, con rifas, venta de garaje, comida y aporte de los socios, para mantener un jardín escolar en el que asisten 70 niños pobres.

En esa actividad, estos ciudadanos y ciudadanas desfogan todo su cariño por los niños, pero se lamentan de que, por ejemplo, en La Guajira mueran 14.000 niños de hambre y en casi todos los programas auspiciados por el Gobierno la plata se pierde. Un fenómeno que parece extenderse por todo el Caribe.

Ni las fundaciones, que no pagan impuestos, se salvan de la corrupción. ¿Estafa? ¿Problema cultural? ¿Olvido? Lo cierto es que existen tantos distractores, que en tres días las urgencias informativas serán otras. Y mientras tanto, los niños son los peor librados.

 

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