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| 8/31/1992 12:00:00 AM

AGUANTO EL GOBIERNO

Así fue la jugada liberal que salvó a Mindefensa, durante una semana en que Gaviria tambaleó.

AGUANTO EL GOBIERNO AGUANTO EL GOBIERNO
SI EL LUNES DE LA SEMANA PASADA ALguien hubiera predicho que ocho días más tarde y como consecuencia de los debates políticos alrededor de la fuga de Pablo Escobar, Andrés Pastrana iba a estar a la cabeza de la oposición, Rafael Pardo Rueda no caería en ese proceso, y el Partido Liberal en bloque, liderado por Alberto Santofimio Botero, organizaría su defensa, hubiera sido considerado como un loco. En efecto, cuando ese lunes en la noche comenzaron a llegar de sus ciudades los parlamentarios, eran muchos los que pensaban que la única manera de que el presidente Gaviria sobreviviera a la mayor catástrofe de su Gobierno era que, aparte de las destituciones de coroneles y generales, rodase cuando menos la cabeza de un ministro.
Habían pasado seis días de indignación nacional e internacional y el Gobierno no parecía reponerse de la resaca de la amanecida del 22 de julio. Con dificultad, el Presidente y los Ministros de Gobierno, Defensa y Justicia habían empezado a reconstruir el itinerario de lo sucedido y a identificar las causas del desastre. A este estado cataléptico contribuía el profundo malestar que reinaba a nivel de la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas, donde había hecho carrera el concepto según el cual una vez más los errores de los civiles estaban siendo pagados por los militares. Las destituciones del general Hernando Monsalve, comandante encargado de la FAC; del general Gustavo Pardo, comandante de la IV Brigada, y de los coroneles José Manuel Espitia, comandante de la Policía Militar de Antioquia, y Hernando Navas, director de Prisiones, contrastaban con el hecho de que ningún civil había sido retirado del Gobierno por ese mismo motivo.
Por ello, la situación del ministro de Defensa, Rafael Pardo, hacía quien apuntaban las miradas más críticas de los parlamentarios, parecía avanzar hacia un desenlace ineludible: el estreno en su cabeza de la figura de la moción de censura introducida por la nueva Constitución. Con ruido de sables en casa y severos enjuiciamientos entre los congresistas y la opinión pública, nadie daba un peso por la salvación de Pardo.
Consciente de ello, Pardo quiso madrugarle al asunto. En repetidas declaraciones a los medios de comunicación, aseguró el lunes en la tarde que las sanciones dentro de las Fuerzas Militares ya habían sido aplicadas en su totalidad y que "el juicio sobre mi responsabilidad política está en manos del Congreso".
El mártes en la mañana, coincidencialmente, Pardo estaba citado a la plenaria de la Cámara para responder un cuestionario del representante Namen Rapalino sobre un incidente fronterizo.
Era previsible que el debate derivara en el caso Escobar. Sólo la habilidad del presidente de la Cámara, Cásar Pérez García, hizo que la plenaria se suspendiera y derivara en una junta de representantes liberales. En ella, Pardo respondió a lo largo de casi cuatro horas un intenso aguacero de preguntas que poco a poco permitió mejorar el clima. Los representantes del partido de gobierno no sólo aclararon muchas dudas sino que vieron en la actitud del Ministro un talante serio y responsable.
Pero mientras se despejaba el horizonte de la Cámara se nublaba el del Senado. Como ha sido tradición en este Gobierno, los liberales de la Cámara Alta se mostraron más rebeldes que sus colegas representantes, ante la mirada preocupada del ministro de Gobierno, Humberto de la Calle. Algunos, como Luis Guillermo Sorzano, apuntaron directo a la cabeza de Pardo y sin mayores rodeos propusieron la moción de censura.

MIENTRAS TANTO EN PALACIO...
En la Casa de Nariño el presidente Cásar Gaviria lidiaba otros toros. Había dedicado el fin de semana a desvelarse en companía de sus más cercanos asesores y de los Ministros de Gobierno, Justicia y Defensa para tratar de reconstruir en una serie de documentos detallados destinados al consumo público, tres procesos: los episodios del 21 y 22 de julio, la génesis de la política de sometimiento a la justicia y la historia secreta de la cárcel de Envigado y los acuerdos con los abogados de Pablo Escobar.
Mientras Pardo ofrecía su cabeza al Congreso, el Gobierno se sumergía en un profundo acto de contrición.
A este intenso trajín el Presidente debió sumar una reunión con la cúpula militar. En escasos 20 minutos de la mañana del mártes, Gaviria les dijo que la purga de uniformados había concluido y que no permitiría que Rafael Pardo, el civil que estaba más cerca de ellos, fuera decapitado. Con vehemencia explicó que la descabezada del Ministro no haría otra cosa que enlodar aun más el nombre de las Fuerzas Armadas. Sus afirmaciones cumplían con un doble propósito: dejarles en claro que no eran los únicos responsables y advertirles de paso que era vana la esperanza de volver a un Ministro de Defensa con quepis y bastón de mando. Los generales abandonaron la Casa de Nariño con semblante tranquilo. En lo que tenía que ver con ellos, la pesadilla de las destituciones había terminado.
Con la idea de alcanzar el mismo objetivo el lado de los civiles, el Presidente procedió a tomar lo que para él era una decisión particularmente dolorosa.
Destituir al viceministro de Justicia, Eduardo Mendoza. Era algo que además de los militares estaban pidiendo con insistencia los congresistas. Y lo hacían con tanta vehemencia que Gaviria no pudo ni siquiera ofrecerle la oportunidad de que renunciara y debió declarar insubsistente al joven abogado que lo había acompañado como el más leal escudero en los últimos seis años de su vida política.

RUIDOSOS SOBREVUELOS
Los intensos contactos con los parlamentarios, la reunión con los militares, la divulgación de los documentos de la Casa de Nariño y la salida de Mendoza habían comenzado, timidamente, a mejorar el panorama para el Gobierno. Pero el miércoles en la mañana, cuando el Ministro de Defensa se disponía a intervenir en el Senado la crisis dió una vuelta de tuerca más. La radio había despertado a los colombianos anunciando que aviones militares norteamericanos estaban sobrevolando Medellín y todo el Valle de Aburra, tras el rastro de Pablo Escobar.
En el Senado, a donde Pardo, el Ministro de Gobierno y el de Justicia, Andrés González, habían llegado para someterse a una larga jornada de explicaciones sobre la fuga de Escobar, el eco de los sobrevuelos se escuchó desde las primeras de cambio. El senador antioqueño del conservatismo Fabio Valencia fue el encargado de romper fuegos.
En tono airado acusó al Gobierno de estar permitiendo la violación de la soberanía nacional y de estar sometiendo a las autoridades y a la población antioqueñas al pánico por la invasión de tropas extranjeras.
La, verdad es que esa manana una flotilla de aviones King Air y P3 del gobierno norteamericano había iniciado labores de espionaje de alta tecnología para tratar de ubicar a Escobar. El ministro Pardo se apresuró a explicar que se trataba de operaciones coordinadas con las fuerzas de seguridad colombianas en desarrollo del convenio que tenían varios años de vigencia. Agregó que no se trataba de actividades militares ofensivas sino de apoyo a las autoridades colombianas y que tales aeronaves no eran de combate.
Pero sus argumentos poco o nada aclararon la confusión. En el recinto varios parlamentarios seguían por radio las transmisiones de Medellín y especialmente las declaraciones del gobernador, Juan Gómez Martínez, y del alcalde de la capital, Luis Alfredo Ramos, que en tono desesperado pedían explicaciones al Presidente y protestaban por no haber sido consultados previamente.
Era evidente que más que las respuestas de Pardo, el Congreso y el país requerían de una intervención presidencial. Gaviria lo entendió pronto y poco después del mediodía respondió la carta del gobernador Gómez y del alcalde Ramos en un tono inusualmente severo. Para empezar, les recordó que el era el comandante supremo de las Fuerzas Armadas y que en lo concerniente al orden público, ellos eran sus subordinados. En la misiva había muchas razones a Santander para que las entendiera Bolivar. El Presidente aprovechó para contestar las declaraciones del destituido comandante de la IV Brigada, quien había hablado de confusión en las órdenes el día del operativo de la cárcel de Envigado. "Sus órdenes eran claras y precisas", dijo Gaviria, insinuando que el móvil del incumplimiento de estas podía ser otro distinto a la confusión. En un párrafo que desencadenó un debate con y entre las cadenas de radio, señaló que el pánico por los sobrevuelos se debía en realidad a "informaciones radiales sensacionalistas e irresponsables", cuyo tratamiento comparó con la transmisión de un evento deportivo.
Más adelante en su carta enfiló los dardos contra los congresistas que lideraban el debate por los sobrevuelos, a quienes acusó de estar utilizando "el artilugio manido de la defensa de la soberanía nacional" para defender a los narcotraficantes. Y como remate de la carta, el Primer Mandatario salió al paso de las insinuaciones en el sentido de que el operativo de los aviones podía ser el preludio de una nueva guerra narcoterrorista y pasó la cuenta de cobro de que su Gobierno había desarrollado programas y políticas especiales para acabar con esta confrontación y sacar adelante a Medellín y a Antioquia.

CITA EN PALACIO
La jornada del miércoles continuó marcada con el sello de la incertidumbre. Tanto, que el liberalismo, que había comenzado a responder a su condición de partido de gobierno, apenas atinó a levantar las sesiones de ambas cámaras, porque si bien se sabía cómo habían comenzado las cosas no se sabía cómo podían terminar.
Al final del día los senadores liberales acudieron a un llamado del Presidente y se reunieron con él en la Casa de Nariño. Por primera vez en lo que va corrido de esta administración el Presidente los recibió sin contar con la companía de ningún ministro o asesor. Sabía que querían desahogarse y hablar mal de muchos de ellos. Y por eso los escuchó pacientemente. Pasadas un par de horas, fueron ellos los que tuvieron que escuchar. Gaviria volvió a reconocer que se habían cometido errores pero apelo a lo que su instinto de político le señaló que no fallaría: el sentimiento de partido. Desmontó el argumento de quienes creían que la caída de Pardo era necesaria para salvar al Jefe del Estado, alegando que todas las decisiones que Pardo había tomado frente al episodio de La Catedral, habían sido compartidas por él. La terapla de grupo resultó productiva.
Bien entrada la noche, la discusión ya no era si Pardo debía caer sino que haría el liberalismo para evitar a toda costa que esto sucediera.
A ese sentimiento de "dale rojo dale" había contribuido sin querer el ex presidente Misael Pastrana. En unas declaraciones profusamente divulgadas el día anterior, el ex mandatario había tratado de atravesar un palo en la rueda de la Designatura liberal, al proponer a Julio César Turbay Ayala para esa dignidad. Los liberales interpretaron que tras esa declaración había no sólo el mensaje de que Gaviria estaba muy débil sino una maniobra para dividir al partido de gobierno en medio de la crisis por la filga de Escobar y apenas una semana antes de la fecha fijada para elegir al Designado.
En el encuentro del Presidente con los senadores era claro ya el papel de liderazgo que había asumido en la bancada roja el aguerrido y polémico senador tolimense Alberto Santofimio Botero. Santofimio había visto lo que venía desde la semana anterior y en un encuentro con el presidente Gaviria el viernes 24, le había advertido, entre otras cosas, que había que sacrificar a Mendoza para poder defender a Pardo. Apelando al "coco" de Pastrana, el miércoles en la noche Santofimio cohesionó las huestes liberales y las convenció de la necesidad de coordinar, escogiendo cuidadosamente a los oradores, la defensa de Pardo y de todo el Gobierno en el debate del día siguiente en el Senado. Terminada la reunión, por primera vez para Pardo y para el Gobierno, parecía asomar la luz al final de un túnel que había comenzado con la fuga de Escobar y que en la mitad se había convertido en una batalla politico-partidista.

EL ULTIMO "ROUND"
El jueves en la mañana, mientras los senadores liberales pulían a puerta cerrada la estrategia, el Presidente afrontaba una nueva pelea en una semana en la que había casado casi más que en todo lo que va de su Gobierno. A la confrontación con las autoridades antioqueñas, con el conservatismo, con algunos militares y con la radio, el Presidente le sumó una disputa con el Consejo de Estado. Alvaro Lecompte Luna, presidente de esta corporación, había decidido terciar en el debate de los aviones norteamericanos, asegurando que al autorizar los sobrevuelos Gaviria había violado el articulo 237, numeral tercero, de la Constitución. Dicha norma establece que "en los casos ... de estación o tránsito de buques o aeronaves de guerra en aguas o en territorio o espacio aéreo de la Nación, el Gobiemo debe oir previamente al Consejo de Estado".
Si en la carta del miércoles a las autoridades antioqueñas había veneno, en la que Gaviria le envió a Lecompte Luna el jueves había dinamita. Para empezar, el Presidente se declaró "asombrado" por las declaraciones del presidente del Tribunal. Explicó que su asombro se debía a que "cuando las autoridades colombianas hacen uso del apoyo técnico del gobiemo de los Estados Unidos en la búsqueda del narcotraficante más poderoso que haya conocido país alguno, se intenta abrir un debate de dudosa factura constitucional".
Tras explicar que no se trataba de aviones de guerra, Gaviria concluyó la carta con una advertencia con sabor a acusación: "Usaré, señor presidente del Consejo de Estado, todos los medios y toda la cooperación internacional que la comunidad de naciones esté dispuesta a ofrecer, para capturar a Escobar. Espero contar en esta misión con la cooperación de los demás poderes y ramas del poder público.
Espero, señor presidente del Consejo de Estado, no encontrar ni complacencia ni complicidad alguna con el crimen organizado en este país.
Con esta advertencia el Presidente estaba concluyendo un ciclo de manifestaciones de su liderazgo como Primer Mandatario.
Primero fueron las destituciones en el Poder Ejecutivo, después el llamado al orden a las mayorías del liberalismo en el Legislativo y ahora las advertencias a una de las tres cabezas del Poder Judicial.

SANGRE EN LA ARENA
En esas condiciones se abrió el debate en el Senado, como si se tratara de la corrida final de una accidentada temporada taurina. El liberalismo estaba advertido de que la voz cantante de la oposición iría por cuenta del senador Andrés Pastrana, el mismo que pocas semanas antes, en el último cambio de gabinete, se había convertido en el principal aliado de César Gaviria. El joven líder de la Nueva Fuerza Democrática se lanzó al agua con un largo listado de preguntas sobre el operativo de Envigado, la política de sometimento y las condiciones de reclusión de Pablo Escobar. Puso en tela de juicio que Escobar hubiera estado realmente preso, al preguntar si el operativo más que trasladar a Escobar lo que buscaba era capturarlo. Pero lo que más le dolió al liberalismo y al propio Gobierno de la intervención de Pastrana fue que este lanzase sombras de duda moral sobre la política de sometimiento y que hubiera revivido el sepultado tema del narcovideo. La historia de este asunto tiene más de un año, y se inició cuando los organismos de seguridad filtraron que tenían en su poder una videocinta, en la que supuestamente un representante de las autodefensas del Magdalena Medio intentaba sobornar al constituyente del M-19, Augusto Ramírez, para que votara la prohibición constitucional de la extradición. Lo cierto es que cuando estalló este escándalo, el tema fue puesto en manos de la Procuraduría y de los jueces, y ambas instancias archivaron el caso. Hoy parece claro que el asunto no fue más que un montaje entre algunos oficiales de seguridad y dirigentes de las autodefensas que ya para entonces se encontraban en guerra con Escobar. El objetivo habría sido el de deslegitimar la decisión constituyente de prohibir la extradición y perjudicar con ello el proceso de entrega de Pablo Escobar.
Pastrana terminó su intervención y apenas Alberto Santofimio se paró para responderle, abandonó el recinto en una decisión que le originó críticas de sus colegas. El senador tolimense sacó a relucir lo mejor de su repertorio oratorio y comenzó a disparar pesadas cargas de artillería. Para responder al ex ministro de Justicia Enrique Parejo, quien había pedido la renuncia del presidente Gaviria, Santofimio se preguntó por que en 1985 nadie había citado a Parejo por la fuga de una cárcel colombiana del narcotraficante hondureno José Ramón Mata Ballesteros. Desvirtuó luego que el control político que se estaba estrenando en esta ocasión implicara necesariamente una moción de censura. Para sorpresa de muchos de sus colegas, además de defender al Gobierno defendió al "kinder" de Gaviria en la figura de Rafael Pardo. Pero la mejor munición la guardó para el senador Pastrana. Lo acusó de ser un chico "de camino fácil".
Le dijo que no podía tener dudas morales sobre el Gobierno que tenía más ministros que senadores. Y como si fuera poco insinuó que la familia Pastrana había cambiado su posición frente a la extradición a raiz del secuestro de Andrés.
El final del debate fue lánguido. Ante la ausencia de Pastrana, su colega de bancada Eduardo Pizano trató infructuosamente de responderle a Santofimio mientras el quórum se escurría como el agua entre los dedos.

EL BALANCE
De manera increible, al terminar la semana el Presidente y el Gobierno no sólo habían logrado aguantar lo que sin duda ha sido la peor de sus crisis, sino que de paso Gaviria había recuperado el liderazgo sobre su partido. A esto contribuyeron las sanciones impuestas a civiles y militares. Pero tal vez más que eso, sirvió el acto de contrición contenido en largos documentos de la Casa de Nariño y en declaraciones de los ministros, en una labor informativa sin precedentes encaminada a divulgar lo bueno, lo malo y lo feo de todo lo sucedido en el último año y medio en lo que tiene que ver con la relación entre el Gobierno y Pablo Escobar. Y sin duda contribuyó también el intento pastranista por pescar en río revuelto.
El presidente Gaviria había tomado desde un principio la decisión de evitar a toda costa la salida de Pardo. Pero más que estar empecinado en proteger a uno de sus más cercanos colaboradores, se trataba de preservar la institución del Ministro de Defensa civil, que el considera una de las grandes innovaciones de su mandato. Y el haberlo conseguido es, de alguna manera, también una victoria.
Pero lo que no se puede perder de vista es que lo sucedido la semana pasada, más que una victoria del Gobierno significa que este evitó ser derrotado.
Aunque en estas lides el no dejarse tumbar equivale casi un triunfo, el hecho de que Pablo Escobar siga libre implica que el mayor elemento de perturbación del Gobierno y del país sigue intacto.


LOS VIGILANTES
1.P-3: SOBRE EL lomo del fuselaje tiene montado un radar, en forma de platillo, de ocho metros de diámetro. Este se utiliza para rastrear aviones que vuelen en un área de 16 mil kilómetros cuadrados. Esta en capacidad de seguirle los pasos a 300 aeronaves al mismo tiempo. Pero no sólo se limita a identificarlos, sino por medio de un ordenador electrónico obtiene datos sobre la carga que llevan. En la actualidad su función es localizar aviones del narcotráfico. Tiene una autonomía de vuelo de 11 horas, mantiene una velocidad de 580 kilómetros y alcanza una altura de 40 mil pies.


2.P-3C ORION: CUENTA CON tres sistemas de aeronavegación que le permite volar en las más adversas condiciones atmosféricas. Esta equipado con un sistema infrarrojo para realizar aerofotografías durante operaciones nocturnas. Puede sobrevolar sobre un blanco durante 17 horas seguidas. Y utiliza un sofisticado sistema para evitar ser detectado por radares.

3.SUPER KING: ES UNA pequeña aeronave turbo-comander equipada con modernos equipos de rastreo. También se utiliza para realizar aerofotografía sobre blancos que no presenten mayores obstáculos de visibilidad. Colombia cuenta con nueve de estas aeronaves y la mayoría de ellas se utilizan para transportar equipos de comunicaciones.
LAS FRASES DE SANTOFIMIO
"A quién se le ocurrió enjuiciar al presidente Betancur o al ministro Parejo -ese moralista de nuevo cuño- por la fuga de una cárcel de Colombia del señor Matta Ballesteros, uno de los más temibles narcotraficantes, y a quien se le abrieron todas las puertas como por encanto...".

"Usted, doctor Pardo, está pagando sobre sus hombros el pecado de quienes nos asomamos jóvenes al poder y somos víctimas de la enfermedad de la envidia colombiana...".
REFIERIENDOSE AL SENADOR ANDRES PASTRANA
"Nadie sabe cuáles fueron los secretos arreglos para la metamorfosis de ciertos grupos políticos, de ciertos noticieros de televisión que de enemigos acérrimos de abolir la extradición se convirtieron en amigos de acabar con ese instrumento...".

"Quien tenga dudas morales sobre la conducta del Gobierno no puede pretender tener más ministros que senadores...".
LAS FRASES DE GAVIRIA
"Si los sobrevuelos han causado pánico en la ciudadanía, ello se debió; a; informaciones radiales sensacionalistas e irresponsables...".

"No se puede, con el artilugio manido de la defensa de la soberanía nacional, pasar a defender a los narcotraficantes...".

Usaré, senor presidente del Consejo de Estado, todos los medios y toda la cooperación internacional que la la comunidad de naciones este dispuesta a ofrecer, para capturar a Escobar.
Espero contar en esta misión con la cooperación de los demás poderes y ramas del poder público. Espero, señor presidente del Consejo de Estado, no encontrar ni complacencia ni complicidad alguna con el crimen organizado en este país.

EDICIÓN 1861

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