Domingo, 22 de enero de 2017

| 1994/10/17 00:00

AHORA O NUNCA

Enfrentado a Bernardo Guerra y a Fabio Valencia, los dos <BR>grandes electores paisas, Alvaro Uribe se juega su carrera en la batalla por la gobernación de Antioquia.

AHORA O NUNCA

AHORA O NUNCA

EN COLOMBIA SUELE SUceder que las figuras que han logrado un cierto renombre en sus respectivas regiones busquen convertirse en políticos de envergadura nacional. Lo que no es muy común es que las figuras que han alcanzado cierta talla nacional, decidan jugarse su carrera política en elecciones en su región. Y, ese es justamente el caso de Alvaro Uribe Vélez, una de las estrellas del Congreso en la pasada legislatura y alguien que, sin duda, hubiera podido ocupar cualquiera de los ministerios del gabinete del nuevo gobierno.
Pero no lo hizo, a pesar de que su carrera política, iniciada a principios de la década pasada, estuvo siempre estrechamente ligada al nombre de Ernesto Samper Pizano , lo que le garantizaba un cupo en la baraja ministerial. Por eso , muchos observadores de la política quedaron sorprendidos cuando Uribe declinó esa posibilidad y se lanzó como candidato a la gobernación de Antioquia.
Pero esta sorpresa debe relativizarse. La verdad es que el cargo al cual aspira este político antioqueño con cara de adolescente a pesar de sus 42 años, no es de poca monta. Hay quienes dicen que se trata de uno de los cinco más importantes del país, detrás de un par de ministerios importantes y de la Alcaldía de Bogotá. En el gobernador recae la responsabilidad de manejar un presupuesto de más de 450.000 millones de pesos, una nómina de más de 8.000 empleados y la administración de una de las regiones más productivas -y a la vez conflictivas- del país.
Para alcanzar esa investidura, Alvaro Uribe no cuenta con el apoyo del oficialismo liberal de Antioquia, con el cual tiene diferencias de fondo desde que decidió apoyar la gestión del ex gobernador Juan Gómez Martínez y la elección del hoy alcalde de Medellín, Luis Alfredo Ramos, ambos de extracción conservadora. Pero lo que puede ser una debilidad en términos de maquinaria, puede resultar un punto a su favor ante la opinión. Uribe cuenta con la fortaleza, en momentos en los cuales la clase política tradicional está desprestigiada, de haber desafiado la hegemonía de Bernardo Guerra Serna, el gran cacique liberal de la región.
La historia de las relaciones entre Uribe y Guerra es larga. Aunque fue en un principio el apoyo de éste último el que impulsó a Uribe a dar los primeros grandes pasos de su vida política, fue su figuración personal la que llamó la atención de los gobiernos de Alfonso López Michelsen, Julio César Turbay y Belisario Betancur, y no tanto el padrinazgo de los barones electorales de su departamento.
Bajo la administración López fue secretario general del Ministerio de Trabajo. Bajo Turbay, director de Aerocivil y bajo Betancur, alcalde de Medellin. Sin emnbargo, sú llegada al Concejo de la capital paisa y su primera legislatura en el Senado en 1986 se dieron gracias a la inclusión de su nombre en las listas guerristas que por aquel entonces barrían en los comicios. Convencido sin embargo de que para tener futuro y significar realmente una alternativa de renovación, necesitaba tomar distancia de las viejas prácticas de los caciques tradicionales, a fines de la década pasada tomó la decisión más arriesgada y a la larga más productiva de su carrera: rompió con Guerra.
Al principio, muchos creyeron que Uribe se había suicidado políticamente. Pero con el paso del tiempo, incluso quienes más habían criticado su decisión, terminaron por darle la razón. Cuando llegó la hora de medir fuerzas con Guerra, la era de los caciques parecía haber quedado atrás y lo que estaba de moda -como concecuencia del asesinato de Luis Carlos Galán- eran los jóvenes que llegaban con César Gaviria al poder, los estudiantes de la séptima papeleta y la Constituyente. Fue así como para las elecciones de 1990, Uribe se convirtió en una verdadera alternativa en las toldas liberales antioqueñas y consiguió para su segunda legislatura en el Senado una de las votaciones más importantes del país.
Al año siguiente, sin embargo, el mandato de ese Congreso fue revocado por la Constituyente. Uribe había aprovechado el receso para culminar un posgrado en administración pública en Harvard. Era el ingrediente que le faltaba: a su fama de audaz y hábil político se sumó entonces la de joven estudioso, la de estudiante aplicado que se desvela analizando los temas que llegan a sus manos. De su paso por Harvard le quedaron las ganas de aplicar los modelos de eficiencia del sector privado en la administración pública, y la influencia de Robert Fisher, la eminencia gris de la Universidad de Harvard en materia de negociación, y uno de los intermediarios en el proceso de paz salvadoreño.
Esa nueva fama se consolidó tras su paso por el Senado. Su papel en la coordinación de ponentes en la discusión de leyes tan importantes como la reforma laboral y la ley de seguridad social, descrestó a los zorros más viejos del Congreso y le garantizó el respeto de los medios de comunicación, aunque el tema de la seguridad social le produjo algunos desacuerdos con su jefe político de siempre, el hoy presidente Ernesto Samper, cuando arrancaba la campaña electoral a mediados del año pasado.
Pero si bien Uribe brilló con luz propia en el Senado y se convirtió en un político de talla nacional, su rebeldía con el oficialismo liberal le ha costado caro. Aunque ha recibido el apoyo de Williarn Jaramillo, Piedad Córdoba, Luis Guillermo Vélez, Omar Flórez y otros liberales paisas, así como el de algunos políticos de la Nueva Fuerza Democrática, del Movimiento de Salvación Nacional y de la Anapo, el liberalismo tradicional le ha apostado para la gobernación a otro ex senador, Jaime Henríquez, un político algo desconocido en el Valle de Aburrá, pero altamente influyente en el difícil Urabá y en otras provincias del departamento de alta participación electoral.
Su papel en las reformas laboral y de seguridad social también le trajo enemigos. La guerrilla lo tiene desde entonces en la mira, lo cual dificulta parte de su trabajo de campaña en un departamento donde hay regiones enteras bajo aguda influencia de los alzados en armas. Los sindicatos también suelen dedicarle duras diatribas y panfletos. Incluso el día de su inscripción como aspirante a la gobernación, se ganó una sostenida silbatina de líderes obreros que acompañaban a otro candidato.
No obstante, estas adversidades no parecen amilanar a Uribe. De hecho, como él mismo lo reconoce, su vida ha estado llena de pruebas difíciles. La mayor de todas se dio en 1983, cuando su padre murió durante un intento de las Farc por secuestrarlo. Esto lo obligó a hacerse cargo de enderezar la difícil situación que atravesaban las empresas agropecuarias de su familia.
Han pasado 11 años desde entonces y en esos 11 años, aparte de arreglar las finanzas familiares, Uribe se ha convertido en uno de los más promisorios dirigentes de la nueva generación liberal. Por la multiplicidad de sus rivales en la aspiración a la gobernación y ante la poderosa máquina electoral del senador conservador Fabio Valencia Cossio, quien apoya al candidato Alfonso Núñez Lapeira, la suerte de Alvaro Uribe no está aún decidida. Las encuestas le siguen dando un amplio margen de ventaja, pero el sondeo definitivo sólo se dará en octubre, cuando los antioqueños voten para elegir a su nuevo gobernador. Como le ha pasado ya varias veces en su carrera, Uribe se está jugando el todo por el todo y si gana esta batalla, sin duda habrá demostrado que su retorno del ámbito nacional al regional no fue más que un atajo para elevar más la talla de su figura y labrarse hacia el futuro un destino seguro más allá de las fronteras paisas.-

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