Lunes, 1 de septiembre de 2014

Hugo Chávez. Foto: SEMANA

| 2013/03/07 20:00

Y ahora qué sigue sin Chávez

El mito de Chávez seguirá pesando sobre Venezuela y el continente. ¿Cómo será el chavismo sin él?

Siete días de luto nacional no serán suficientes para que Venezuela haga el duelo por Hugo Chávez. Los tiempos internos de la gente no son los de la política, en la que cada segundo cuenta. Y antes de que los chavistas superen la pena moral de la muerte del presidente, y sus opositores se reacomoden por el vacío que deja, los venezolanos tendrán que escoger un nuevo mandatario para reemplazar a un presidente considerado irremplazable.


El pasado 8 de diciembre, Chávez se dirigió por última vez a su pueblo y anunció que si no lograba sobrevivir a una nueva operación para tratar el cáncer que le diagnosticaron en 2010, debían escoger a Nicolás Maduro en unas nuevas elecciones, como reza la Constitución. Desde ese día, Venezuela se convirtió en un país de ansiosos, porque la incertidumbre, no solo sobre el estado de salud del presidente, sino sobre el futuro político, económico y social de la nación, llegó para quedarse.


¿El heredero?


La primera pregunta que se hacían hasta el martes los venezolanos era quién iba a quedar como presidente encargado, una vez finalizaran las exequias y honores para Chávez. La Constitución dice que si un presidente electo muere, antes de la toma de posesión, debe asumir el mandato mientras se convocan a elecciones quien preside la Asamblea Nacional, que en este caso sería Diosdado Cabello.

 Pero el canciller Elías Jaua, en alocución nacional a las pocas horas de conocerse la muerte de Chávez, dijo que Nicolás Maduro quedaría encargado de la Presidencia, y al mismo tiempo, sería el candidato del oficialismo. A las pocas horas se conoció que, de hecho, el decreto oficial de luto nacional, fue firmado por Maduro ya como presidente encargado. 


Tras el anuncio de Jaua, sectores de la oposición empezaron a hablar de un golpe de Estado o ‘Madurazo’ a la Carta, e insistieron en que Cabello debía fungir como presidente mientras se realizan las elecciones. Pero más allá de una discusión leguleya sobre cuál es la interpretación correcta de la Constitución para un breve interregno, hay otras implicaciones políticas de peso para que Maduro sea al mismo tiempo el candidato y el presidente encargado. 


Para empezar, es el ungido de Chávez y, desde que él lo presentó al país como su heredero, ha estado extraoficialmente en campaña. Ha presidido todos los actos de gobierno desde diciembre, ha inaugurado obras públicas, entregado escuelas nuevas, visitado localidades y se ha ido posicionando como la figura más prominente en el chavismo. Sería poco conveniente que, después de dos meses de estar en el centro de los reflectores, tenga que compartir escenario hasta que se realicen las elecciones con Diosdado Cabello, quien representa otra facción dentro del chavismo que estará en la puja por el poder, aunque ellos lo han negado públicamente. No es el momento para casar peleas de protagonismo, porque muchas personas le apuestan a que el chavismo sin Chávez es imposible, y que poco a poco se irán desmoronando. Mientras pasan las elecciones, el chavismo debe aparentar que unido, jamás será vencido. 


No hay que desconocer que Chávez era la amalgama que, sin duda, aglutinaba todas las vertientes del chavismo, las más radicales e ideologizadas, otras más pragmáticas, el ala más militar, y otra más ligada al movimiento obrero y sindical. Las que tienen expresión en el poder centralizado y comunal, y las que ostentan el poder en el gobierno de los estados y de las regiones. Pero hay tal vez un elemento tan vinculante como ese en ausencia de su líder: el poder. Mantenerse allí sería el factor decisivo para que todas las vertientes, por más distintas que sean, cierren filas en torno a Maduro. 


El líder sindical y hombre de confianza de Chávez se está montando sobre su capital político y el gobierno ha sabido manejar con relativo éxito su transferencia. Pero es difícil que el aliento de Chávez le permita a Maduro sostenerse en el poder durante los seis años que dura un periodo presidencial en Venezuela. El voto por él será por la figura mítica del comandante y su legado, y estará influenciado por la emocionalidad de su reciente partida. Pero una vez la euforia se decante, si Maduro no logra resolver los problemas más apremiantes que afectan el día a día de los venezolanos, como la inflación, la inseguridad, el desempleo, y una mejoría en la calidad de los servicios básicos, los mismos chavistas que depositarán un voto endosado, podrían sacarlo del poder. La consigna que hoy gritan en la calle es la de “Yo soy Chávez”, y los seguidores del presidente, al parecer, se están tomando en serio el objetivo de cuidar el legado de su revolución.


Chávez había proyectado que en estos próximos seis años habría una profundización socialista de su proyecto político y económico, en donde el poder se centralizaría más en el presidente, para gobernar de la mano de los consejos comunales y quitarle peso y recursos a los gobiernos regionales en cabeza de gobernadores y alcaldes. Pero ahora que Chávez ya no está, esos planes podrían cambiar y Maduro podría terminar o como el chivo expiatorio que fue incapaz de llevar a buen término la visión del comandante o como el hábil visionario que, a pesar de sus creencias ideológicas, supo virar el rumbo.


Esto puede suceder por dos razones. La primera es económica. Es dudoso que el chavismo pueda financiar y sostener a largo plazo la ampliación del aparato burocrático del Estado, que gasta, pero no genera más ingresos. La reciente devaluación del bolívar a principios de febrero causó mucho malestar, y es posible que el gobierno tenga que tomar pronto otras medidas para contrarrestar la inflación y el déficit fiscal.


La segunda razón es política. Si bien el oficialismo es mayoría en el gobierno local, para nadie en Venezuela es un secreto que los gobernadores de algunos estados clave, en cabeza de militares, tienen aspiraciones políticas propias, y en campaña lo demostraron al acercarse a empresarios, agricultores y comerciantes, con una visión política más pragmática y dialogante de lo que ha sido la costumbre en la línea dura del chavismo que tiene un modelo confiscatorio. 


Con Chávez los liderazgos de gobernadores regionales eran castrados, porque nadie podía opacar al comandante, pero sin el todopoderoso, gobernadores como  José GregorioVielma Mora en Táchira, o Francisco Arias Cárdenas en Zulia no quieren dejar pasar la oportunidad de resurgir como figuras claves del chavismo, y podrían ser elementos desestabilizadores para un gobierno de Maduro, que tiene el reto de mantener la cohesión, al menos mientras sea presidente. 


Porque lo que se entiende hoy como chavismo –un movimiento político populista y caudillista, que buscaba perpetuar a su creador en el poder– seguramente se transformará como lo hizo el peronismo en Argentina. Y en los próximos años ser chavista podría ser una etiqueta política utilizada por una amplia gama de figuras con aspiraciones políticas propias, que han estado adormiladas, pero vivas, dentro de los partidos del gobierno y al interior de las filas militares. 


¿Lealtad militar?


La alineación de las Fuerzas Armadas de Venezuela es otro gran interrogante. Si bien Chávez era un militar, su proyecto político estuvo por encima de los valores castrenses, y conforme a eso fue depurando las filas para dejar las fuerzas en cabeza de quienes demostraron ser leales a su proyecto político. La última resolución firmada por el presidente fue precisamente el nombramiento del almirante Diego Molero como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.


El martes a mediodía, antes de anunciarse la muerte de Chávez, de manera extraoficial había información según la cual el alto mando militar estaba reunido en Miraflores, lo que causó zozobra y sospecha de que algo grave estaba sucediendo. En Venezuela parece haber un temor permanente entre la gente de que si las cosas se le salen de las manos al gobierno, se producirá un golpe militar. Pero es poco probable que suceda, porque en la composición actual del gobierno, tanto central como regional, muchos de los que mandan son, o han sido, de hecho, militares. 


Y aunque Nicolás Maduro no es hombre de uniforme, por ahora es poco probable que se enfrente a ellos y quiera quitarles las prebendas que han ganado en los últimos años. Las declaraciones del comandante Molero son un indicio de que, al menos por ahora, serán fieles al legado del fallecido presidente: “Cumpliremos con la voluntad del comandante Chávez, votar por Nicolás Maduro, para dar en la madre a los fascistas”, dijo el almirante. De inmediato, distintos sectores de la oposición criticaron las declaraciones y las tildaron de inconstitucionales, porque el uniforme militar, al menos en teoría, no debería tener partido.


Pero por eso mismo, hay divisiones en las filas y habría unas facciones que no respetan a Maduro, que han visto con recelo la intromisión de los cubanos en los asuntos de Venezuela, y que abogan por recuperar la institucionalidad tradicional de las fuerzas militares. La próxima celebración de ascensos de oficiales es en julio de este año, y según quién gane las elecciones y cuándo se realicen, las Fuerzas Armadas también se reacomodarán conforme a quién esté en el poder. 

 

¿El adversario?

 

El oficialismo no la tiene fácil, pero la oposición la tiene aún más difícil. La tesis de que una vez Chávez estuviera por fuera del juego político la oposición saldría victoriosa ante cualquier candidato del chavismo, no parece confirmarse según recientes estudios de opinión. Henrique Capriles Radonski, el gobernador del estado Miranda y excontendor de Chávez en las pasadas elecciones, en realidad está en el peor de los mundos. 


El año pasado Capriles hizo una campaña notable por todo el país, logró posicionarse como la figura más popular de la oposición, consolidó un capital político propio, construido a punta de un arduo trabajo y de simpatía, y sabe mejor que los otros como es medirse en una campaña presidencial ante el ventajismo del partido de gobierno. En teoría, tendría cómo disputarle la Presidencia a Nicolás Maduro. Pero su ascenso como figura nacional y como el más opcionado ha sido, más que un premio, una especie de castigo. 


Capriles se ha convertido en blanco de los más duros ataques del chavismo, que ha emprendido una agresiva campaña de desprestigio en su contra en las últimas semanas, que ha incluido seguimientos y vigilancia de sus viajes a Colombia y a Estados Unidos. La versión inverosímil de que él conspiró con fuerzas oscuras internacionales para provocarle el cáncer al presidente ha ido calando en la calle, y entre chavistas ya mencionan con odio al “mercenario de Capriles”. 


Lo grave es que la oposición, que ha debido cerrar filas en torno a su liderazgo desde hace meses, previendo que el escenario más probable era que debían volver a elecciones, aún no ha podido superar la derrota en las presidenciales de octubre, ni en las regionales en diciembre, en las que solo conservaron tres de las gobernaciones de los 23 estados que hay en Venezuela. 


En medio de la crisis, figuras individuales terminaron por echarse mutuamente las culpas y buscaron su propio protagonismo. Y los partidos tradicionales, Acción Democrática y Copei, que aún cargan un fuerte estigma de corrupción y clientelismo en Venezuela, y que por eso fueron apartados de las decisiones cruciales de la campaña de octubre, salieron a cobrar. Esta vez hay que ver si llegan a un compromiso, pues la semana pasada Copei dijo públicamente que Capriles debía ser el candidato de la Mesa de Unidad Democrática (MUD). Un pronunciamiento así puede ayudarlo tanto como perjudicarlo, porque Capriles ha querido presentarse como un representante de la política joven distinta a los partidos tradicionales y hay que ver qué tan dispuesto está a sacrificar parte de su prestigio personal para que la coalición se sienta representada.


También tendrá que lidiar con una minoría dentro de la oposición, que creía hasta hace unos días que la enfermedad del presidente era una falacia del gobierno, que insiste en que hubo fraude en las pasadas elecciones, y que es abstencionista porque considera que hasta que no se den las condiciones para votar en las urnas de manera libre, justa y democrática, poniéndole coto al derroche de recursos públicos para financiar a los candidatos del oficialismo, no hay que participar en ellas. Y los que sí quieren participar también tienen diferencias de criterio sobre si en la tarjeta electoral debe aparecer una única casilla, en vez de las múltiples que representen a cada partido, sobre si el candidato de la oposición debe comprometerse a no lanzarse a la reelección, ni hablar de un plan de gobierno concertado que debería llevar como bandera. 


El martes, luego de conocerse la muerte del presidente, el gobernador Capriles apareció en televisión leyendo un mensaje de condolencias por el presidente, a nombre de la MUD, y a su alrededor estaban algunas de las figuras y dirigentes de los partidos de coalición. La imagen envió un mensaje claro, según el cual muy seguramente él será el candidato, pero al cierre de esta edición, no había un pronunciamiento oficial de que él fuera el elegido. En todo caso, sea quien sea, será una especie de haraquiri, porque no es a Maduro a quien le disputarán los votos, sino a un hombre que acaba de morir, pero que ya es una leyenda. 


¿Elecciones exprés? 


La Constitución dice que los comicios presidenciales deben hacerse dentro de 30 días consecutivos contados desde que se decrete la falta del presidente. Técnicamente, sin embargo, es difícil que el Consejo Nacional Electoral (CNE) pueda organizar unas elecciones nacionales en un mes, pues lo mínimo que han tardado en el pasado ha sido 60 días. Algunos rectores del CNE han dicho en privado, en anteriores ocasiones, que su interpretación de la Carta es que se deben “convocar” y no “celebrar” unas elecciones en los 30 días siguientes. 


Al momento del cierre de esta edición, los rectores del CNE debatían acerca de la fecha para celebrar los comicios. El 14 de julio los venezolanos deberán acudir a las urnas, para escoger a los alcaldes municipales, y el CNE podría utilizar algunos de los preparativos para unas presidenciales en tiempo récord. Lo que no puede hacer, por ley, es celebrar ambas en una misma fecha. Tampoco pueden pasarse por encima el periodo de pruebas y auditorías de las máquinas, pues el voto en Venezuela es automatizado, y los procesos técnicos son indispensables para generar tranquilidad y confianza en el sistema.


Adicionalmente, la presidenta del CNE y otros rectores, entre ellos el único representante de la oposición, Vicente Díaz, se supone que serían reemplazados en abril. Si el cambio de rectores ocurre antes de las próximas elecciones, la oposición se quedaría sin representante en el organismo electoral, porque quien reemplazaría a Díaz es de tendencia oficialista, como los demás rectores que tienen asiento en el poder electoral. 


Aun si llegara a ganar la oposición, lo que sucede en el CNE es un espejo de lo que pasa con otras instituciones. El oficialismo controla hoy la mayoría de cargos en los organismos de control, las cortes, y el poder Legislativo. Hablar de reestablecimiento del balance de los poderes en Venezuela con la muerte de Chávez no solo es prematuro sino ingenuo, y es una tarea pendiente para lograr restaurar la confianza y la efectividad de las instituciones, que están hoy al servicio de un proyecto político y no de los venezolanos.


¿Violencia o reconciliación?


Catorce años de polarización política, de descalificaciones mutuas entre “oligarcas escuálidos” y “monos tierruos” son suficientes. La aversión que se sembró entre los extremistas de un bando y otro, que llega en algunos casos extremos a perfilar al opositor como ‘inhumano’, es la receta perfecta y peligrosa para que en cualquier momento –y sobre todo cuando los ánimos están exacerbados– se produzca un choque violento. 


Hasta el momento no ha sucedido, pero ante la ausencia del comandante, que en muchas ocasiones era quien incendiaba los ánimos, pero en otras le bajaba la temperatura a situaciones que podían salirse de madre, muchos venezolanos se preguntan si en las próximas elecciones estallará la violencia, no con brotes aislados como de hecho ocurrió en contadas ocasiones entre simpatizantes caprilistas y chavistas, sino de forma generalizada. 


Una elección, como su nombre lo indica, implica la escogencia de un bando y estos comicios que se avecinan tienen un componente mesiánico, que hacen que no sea una mera batalla electoral más, sino una cruzada para defender el legado y honrar la memoria de la figura mítica, cuasireligiosa de un Hugo Chávez que se empieza a posicionar en Venezuela. Tanto sus detractores como sus herederos serán los responsables de que no termine manchada de sangre la leyenda que hoy se está construyendo con su nombre, para que así los venezolanos puedan reconciliarse cuando termine su duelo. 

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