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| 2/9/1998 12:00:00 AM

AJUSTE DE CUENTAS

Negocios de tierras desataron una guerra sin cuartel entre tres grandes capos del narcotrafico.

La guerra entre los jefes de los principales carteles de la droga está al rojo vivo. Los escenarios han sido los pabellones de máxima seguridad de las cárceles La Picota, La Modelo e Itagüí. Desde allí se han impartido órdenes a las diferentes bandas de sicarios para que actúen bajo su ley. Los muertos se cuentan de lado y lado. En este pleito están enfrascados dos bandos. Por un lado el de Iván Urdinola Grajales, jefe del cartel del norte del Valle. El otro lo conforman Leonidas Vargas, jefe del cartel de la amapola en el Caquetá, y Jairo Correa Alzate, uno de los principales socios del extinto Pablo Escobar Gaviria. De acuerdo con los informes de los organismos de seguridad el motivo de la pugna tiene que ver con el negocio de unas tierras localizadas en las regiones del Magdalena Medio y Córdoba. Las primeras noticias sobre este enfrentamiento fueron conocidas por las autoridades a mediados de diciembre del año pasado. El 21 de ese mes fue asesinada una prima de Urdinola en el exclusivo sector de Ciudad Jardín de Cali. Ana Verthy Perdomo Urdinola cayó, junto con su esposo, bajo las balas de dos sicarios que se desplazaban en una motocicleta. Unos días después aparecieron muertas tres personas de confianza de Leonidas Vargas, quienes perdieron la vida en un fuego cruzado con una banda de asesinos. Las autoridades comenzaron a seguir la pista a estos crímenes y lentamente fueron armando el rompecabezas para establecer qué era lo que estaba ocurriendo. Todo pareció aclararse la semana pasada cuando la Fiscalía retuvo a una mujer en el pabellón de máxima seguridad de La Modelo. Ese jueves, primero de enero, María Cristina Barrera visitó en la prisión a Iván Urdinola. Al finalizar la reunión, y antes de que la visitante abandonara el penal, Urdinola pidió la presencia de funcionarios de la Fiscalía. Ante ellos denunció a Barrera por extorsión y amenazas contra su vida. Los organismos de seguridad descubrieron que la visita de María Cristina Barrera a Urdinola era para notificarlo de una extorsión por 5.000 millones de pesos y exigirle la devolución de las escrituras de una serie de propiedades que estaban a su nombre, pero que en realidad le pertenecían a Leonidas Vargas, Jairo Correa Alzate y varios de sus socios. También se logró establecer que si esas tierras no eran devueltas de inmediato la familia de Urdinola pagaría con su vida. Frente al ultimátum y la declaración de guerra Urdinola buscó aliados para combatir a sus enemigos. Fue así como, según informes de inteligencia, varios ex lugartenientes de Pablo Escobar ofrecieron sus servicios desde la cárcel de Itagüí en caso de que el hombre fuerte del norte del Valle los necesitara. En esa guerra declarada entre capos de grandes ligas, las amenazas pasaron a un segundo plano para darle vía al ajuste de cuentas. Tanto en el norte del Valle como en el Caquetá y el Magdalena Medio han sido asesinadas varias personas al servicio de los tres hombres que hoy están enfrentados. "Esta guerra puede ser igual de sanguinaria a las que se libraron en épocas de Escobar. La gente que está metida en ésta es muy brava y no le tiembla la mano para mandar matar a sus enemigos", dijo a SEMANA uno de los detectives asignados para la investigación de este caso. Los grupos en contienda han aprovechado este nuevo enfrentamiento para vengar muertes del pasado. De acuerdo con las investigaciones, la gente de Medellín quiere entrar a terciar en el pleito para saldar una serie de cuentas que tienen con Correa Alzate. Por esa razón sus servicios fueron ofrecidos a la gente del norte del Valle. También se logró establecer que varios de los atentados que se han perpetrado en los diferentes pabellones donde ha estado recluido Leonidas Vargas tienen que ver con esta guerra que hoy libran los tres capos. El más grave de ellos tuvo lugar a finales de marzo pasado cuando en una celda cercana a la de Vargas explotó una bomba de alto poder, la cual era manipulada por uno de los reclusos. Según las investigaciones adelantadas por el Inpec el explosivo iba ser utilizado por los sicarios para atentar contra la vida de Vargas.En varias oportunidades los enemigos de Vargas han tratado de asesinarlo. Una de ellas fue envenenando la comida. Como la guerra parecía desatarse sin cuartel el Inpec decidió realizar una serie de traslados _entre ellos el de Iván Urdinola_ con el fin de bajarle la calentura a los ánimos. Sin embargo la tregua no fue muy larga. A mediados de noviembre pasado la guerra se reactivó y desde entonces los ataques de uno y otro bando han sido sistemáticos. De las amenazas se pasó a los hechos y la sangre comenzó a correr, cobrando las primeras víctimas. Los analistas creen que esta pugna va más allá de una reclamación de tierras. Consideran que de por medio está el negocio del narcotráfico, cada vez más diversificado en pequeños grupos que ya no dependen de un solo jefe. Las cartas están sobre la mesa. Urdinola salió en su defensa y logró que la Fiscalía comenzara a investigar por qué una mujer fue a visitarlo a la cárcel con la misión de anunciarle que la guerra era en serio. Por el momento hay una calma chicha, pero se avecinan días de tormenta en un mundo en el cual la ley del Talión del ojo por ojo, diente por diente, terminará por imponerse. Así ha quedado demostrado hasta el momento y todo parece indicar que en este enfrentamiento ningún bando está dispuesto a ceder.
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