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| 9/29/2011 12:00:00 AM

Al estilo de Mockus

Con el apoyo del partido Alianza Social Independiente el exalcalde se debate entre esperar a que Gina Parody se una a su campaña o unirse a la de ella.

En pleno corazón de la capital colombiana se lleva a cabo una reunión con el candidato a la Alcaldía Mayor de Bogotá, Antanas Mockus. Entre la transversal 4 con calle 10 de la zona La Candelaria converge un selecto grupo de simpatizantes de sus propuestas. El acto dura una hora y 20 minutos. Cada uno habla unos 40 minutos y también dan oportunidad a que participen otros miembros del equipo de campaña. No hay tiempo para la ronda de preguntas, será en otra ocasión. A la salida, un habitante de la calle interrumpe la despedida:

–Antanas, ayúdeme con algo que tengo meses sin trabajo…

Nadie dice nada, ni para evitar la incómoda escena ni para romper el silencio tenso que ocasionó el inoportuno. El candidato lo mira por varios segundos. Parecen horas. Gira la mirada hacia el piso. Le cuesta encontrar la respuesta adecuada. El conductor que lo llevará a su casa ya tiene las llaves de la camioneta en la mano, pero nadie se mueve. El indigente tampoco. Abre los ojos, esperando una moneda, un billete, una promesa… Finalmente, Mockus responde:

–Si empiezo por dar este tipo de ayudas no voy a poder llegar a ningún lado… –y de inmediato continúa la marcha.

En privado se justifica. No puede avalar algo en lo que no cree. Por esa misma razón se desligó del partido Verde, al cual se adhirió en septiembre de 2009, junto con sus compañeros Enrique Peñalosa y Luis Eduardo Garzón, el primero de los cuales ahora le lleva 8 puntos de ventaja en las encuestas sobre intención de voto para las elecciones que se realizarán el próximo 30 de octubre. En popularidad, Mockus está de tercero con 12 por ciento de voluntades, después Gustavo Petro y Enrique Peñalosa.

Petro fue quien lo ayudó a ingresar en la política, después de que Mockus se hizo célebre por mostrar sus nalgas ante un auditorio integrado por 500 estudiantes que no lo dejaban dar un discurso cuando era rector de la Universidad Nacional de Colombia. El episodio le abrió las puertas. Entrar al Palacio de Nariño con una espada rosada de plástico y proteger su integridad física con un chaleco blando, son actitudes que lo definen, cuando menos, como un político diferente. Pero su discurso filosófico, enredado para algunos, parece ser una de las razones por las cuales las puertas del triunfo varias veces se le han cerrado. Ahora aspira por tercera vez al segundo cargo político más importante del país, con una apuesta similar a la que ha hecho antes: “La moral tiene que pesar más que la ley, y la conciencia debe ser más obligante que la fuerza pública”.

Las irreverencias que le han costado varias disculpas, un cargo en la alta jerarquía académica colombiana y poca credibilidad ante cierto sector de la población, también le han generado un sentimiento de arrepentimiento que lo ha llevado a hacerse cuestionamientos éticos. Ahora es menos terco e iracundo –dice– pero mantiene el ideal de que con “la profundización de la cultura cívica” se puede lograr el desarrollo de una ciudad de 8 millones 759 mil habitantes, con una tasa de desempleo del 11 por ciento, un índice de violencia que registra un promedio de 110 personas asesinadas cada mes, en lo que va de 2011, en la capital de un país en el que sobreviven 8 millones de indigentes.

Terrenal

Es pausado al hablar. Medita antes de hacerlo. Casi no manotea. Se mantiene incólume mientras expresa sus ideas innovadoras con las cuales pretende acabar con los disparos callejeros a punta de banderitas blancas ondeadas por gente con buenas costumbres. Con esa misma postura serena promete mejorar la educación reduciendo las desigualdades de los modelos público y privado; fortalecer la convivencia y la participación ciudadana como estrategias para disminuir la inseguridad; crear oportunidades de trabajo potenciando el emprendimiento empresarial e implementar un sistema unificado de transporte público que optimice la movilidad en la ciudad.

Es creíble lo que dice. No sólo porque lo expresa con convicción, sino porque en los dos períodos en los que desempeñó el cargo de Alcalde de Bogotá (1995-1998 y 2001-2005) multiplicó por 7 el presupuesto de la educación en el Distrito, redujo la tasa de homicidios en un 33 por ciento, implementó la primera política de infancia replicada en todo el país y tomada como ejemplo por Unicef.


Su teoría sobre las posibilidades de modificar la cultura ciudadana, aplicada en Bogotá, lo hizo merecedor de un doctorado Honoris Causa otorgado por la Universidad de París VIII en 2004, título que se suma a otro idéntico conferido por la Universidad Nacional de Colombia en 2006 y a sus dos maestrías, una en filosofía y otra en matemática, que complementaron sus estudios de pregrado en estas dos ciencias. También domina cuatro idiomas además del español (lituano, francés, inglés y polaco). Se le puede haber tildado de loco y excéntrico, pero nunca ha recibido la calificación de corrupto. Nadie se ha atrevido a hacer ese cuestionamiento, en un país en el que la corrupción permea todos los niveles de la administración oficial.

“Soy muy distinto a un santo”, comenta, sin dejar claro si la exclamación es una ironía o una inocente frase que le permite explicar que con sus 59 años de edad sigue teniendo muchos defectos: “Estoy muy lejos de ser el hombre que deseo ser”, insiste. Aún así, se reconoce, ahora, mucho más tolerante y mejor negociador que hace seis años cuando salió del Palacio de Liévano. Se siente más capaz de darle la razón a la gente, de escuchar las visiones que otros tienen sobre la forma de solucionar las cosas. Pero no está dispuesto a ceder ni un milímetro en aquello que tiene que ver con el clientelismo como maldición y la seguridad personal como prioridad.

Mockus tiene cuatro hijos y está casado con la trabajadora social Adriana Córdoba, con quien contrajo matrimonio en un circo utilizando un elefante como carruaje nupcial, a sugerencia de ella. Es el segundo hijo de padres lituanos. Su padre, Alfonsas Mockus, obtuvo el título de ingeniero por correspondencia y murió en un trágico accidente aéreo cuando él apenas tenía 14 años de edad. Su madre es la escultora Nijole Sivickas, quien además de ser su referente, es su guía moral. Quienes la conocen cuentan que a pesar de las excentricidades del hijo, éste se queda corto ante las particularidades de la madre. Él, con la sinceridad que lo caracteriza, en el año 2010, confesó padecer de un síndrome de Parkinson incipiente, pero ha detallado que la enfermedad, en el estado que la tiene, no le generará ninguna limitación psicomotora al menos en unos 15 años, con la administración correcta de drogas.

Cuesta pensar que ese mismo hombre circunspecto, de hablar pausado y precavido, haya salido a sanear las calles de la ciudad con un traje de lycra con el interior por fuera, botas y capa roja, vestido de Supercívico. “He cambiado mucho desde entonces”, afirma, y en el lado derecho de su pantalón gris lleva pegada una cinta adhesiva en la que se lee escrito a mano: “Por el respeto a la vida”.

El dilema
 
Los electores de la capital colombiana han creído en su ideal en dos ocasiones. En cambio, el país, en su conjunto, ha preferido a sus contendores las tres veces que ha pretendido convertirse en Presidente de la República: en 1998 cuando declinó a medio camino para apoyar a Noemí Sanín, en 2006 cuando no alcanzó a acumular ni 2 por ciento de los votos válidos, y en 2010 cuando resucitó y llegó hasta la segunda vuelta electoral con Juan Manuel Santos, pero no pasó de ahí.

Hoy, acude a este proceso con el respaldo de un partido que en principio se llamaba Alianza Social Indígena, pero sus ojos azules y su fisonomía aduendada no eran muy compatibles con esta denominación. Por casualidad, o por conveniencia, ahora el partido mantuvo sus siglas, pero cambió la última palabra por Independiente. Eso le vino como anillo al dedo, y no tuvo que quedarse en una organización política que aceptó el apoyo del expresidente Álvaro Uribe y que además ya tenía definido un candidato a la Alcaldía que no era él.

Pero, a solo un mes de terminar la carrera electoral ha aceptado aliarse con Gina Parody. Falta ver si él se adhiere a ella o viceversa. El dilema ha sido de todo su estilo, pues él prefiere que sea ella y ella que sea él. Este viernes se sabrá y en las cuatro semanas restantes se conocerá si los efectos de la alianza dieron resultado.

*Estudiante de la mestría en Periodismo de SEMANA y la Universidad del Rosario.
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