Sábado, 25 de octubre de 2014

| 2013/03/07 20:00

Al son de La Habana

Los congresistas que fueron a Cuba querían enviar a las FARC un mensaje de realismo político y, al país, los avances.

Un grupo de seis congresistas se reunió en La Habana el lunes 4 con Iván Márquez y otros de los miembros del equipo negociador de las Farc. En el encuentro, que duró siete horas, se habló de víctimas, del Marco Jurídico para la Paz y de las realidades y los tiempos de la política en Colombia. Foto: AP

¿Qué fueron a hacer a Cuba seis congresistas de las más diversas tendencias políticas? Más allá de los debates y recelos que generó la visita, y de las anécdotas que se filtraron, todo indica que si el gobierno autorizó por primera vez a un tercero a intervenir en un escenario que ha manejado con extremo cuidado, lo hizo para enviar varios mensajes clave.

La comitiva no podía ser, a la vez, más diversa, ni más homogénea. Roy Barreras, presidente del Congreso, de La U; Guillermo Rivera, representante liberal; Iván Cepeda y Gloria Inés Ramírez, afiliados al Polo, pero también en Marcha Patriótica; Juan Mario Laserna, conservador, y Alfonso Prada, de los Verdes, pertenecen a partidos muy distintos, algunos de la Unidad Nacional y otros no, pero son unánimes en su respaldo al proceso de paz. 

Cuando aterrizaron en La Habana, el domingo 3, se enteraron de que el viaje se había filtrado a los medios. Y no de cualquier manera. “Si se filtra mientras íbamos para el aeropuerto (en Bogotá), nos toca devolvernos –dijo a SEMANA uno de los viajeros–. Pero solo se supo cuando llegamos a La Habana”. Así se cumplió, de hecho, un doble objetivo: el viaje, que se había planeado por varias semanas con todo sigilo, no solo se hizo, sino que se volvió público.

En La Habana se encontraron con un comunicado en el que las Farc hablaban en términos respetuosos del Congreso y afirmaban que no había “agenda establecida” para el encuentro. Y con la noticia de que la reunión se aplazaba por un día.?A la mañana siguiente, los esperaban Iván Márquez, Jesús Santrich, Ricardo Granda, Marcos Calarcá, Andrés París, Rubén Zamora, jefe del frente 33, del Catatumbo, y cercano a Timochenko, Yuri Camargo, del Bloque Oriental, y la holandesa Tanja Niemeyer. Pasaron siete horas juntos, tomaron café y jugo y comieron chocolates. Hablaron largo y tendido. Y no de lo divino y lo humano sino de temas precisos, incluso en las pausas para fumar, con Márquez y Santrich echándose sus habanos.

Márquez llevaba a voz cantante en las Farc y parecía consultar todo el tiempo a Santrich. Granda también habló. Los demás guardaron silencio. “Nos escucharon con respeto; ellos, que han dicho que el Congreso es ilegítimo y paramilitar”, dijo a SEMANA un participante. “Fueron receptivos, incluso con argumentos duros. Y escribían y escribían todo lo que decíamos” .

Su viaje generó toda clase de reacciones. Una vez que se hizo público, el gobierno sacó, el domingo al final del día, un comunicado en el que decía que los congresistas contaban con su autorización e iban a hablar sobre el tema de víctimas. Se dijo que, en realidad, habían ido a hablar de participación política con las Farc. Algunos colegas, como Ángela Robledo, protestaron por no haber sido incluidos y dijeron que la decisión se tomó a espaldas del Congreso. El expresidente Andrés Pastrana aprovechó para pedir que se ‘caguanizaran’ los diálogos, y criticó, como otros, el “hermetismo” de la negociación. Llovieron invectivas porque los parlamentarios aparecieron sonriendo en algunas fotos con los guerrilleros. Cuando contaron en rueda de prensa algunas de sus discusiones, desde la derecha se les acusó de “graduar a las Farc de colegisladoras” por haber supuestamente hablado de que no se legislará en temas relacionados con la agenda hasta que se firme el acuerdo final.

Pero esta es la espuma de la visita. La sustancia son algunos mensajes de fondo que los parlamentarios transmitieron a las Farc. Y al país. 

El primero, y el más evidente, es el de que en La Habana se está avanzando. Eso lo dijo públicamente Roy Barreras, quien habló de avances que “nunca antes se habían alcanzado en La Uribe, Tlaxcala y Caracas”, y lo confirmaron otros viajeros. “Yo vi eso muy avanzado”, dijo uno de ellos a SEMANA. Y todos han insistido en que las Farc fueron enfáticas en su decisión de no pararse de la Mesa hasta lograr un acuerdo y que están abiertas a oír argumentos. 

En un momento en el que el entusiasmo con el proceso está de capa caída y cuando los acuerdos parciales aún no permiten dar un parte de optimismo contundente, el gobierno estaba bastante necesitado de este testimonio ‘independiente’.

El otro mensaje, y el de más fondo, era explicar a las Farc que Colombia no funciona al estilo de un politburó estalinista. “Fuimos muy insistentes en transmitirles que por favor no pierdan de vista la realidad política del país”, dice un participante. 

Las Farc ven al gobierno y la oposición uribista, al Congreso, los partidos y los medios como parte de un todo único, sin fisuras ni contradicciones. “El régimen”. Creen, por ejemplo, que se está sobredimensionando al presidente Uribe, como parte de una confabulación de los medios. Uno de los guerrilleros llegó a decir que Santos fomentaba el paro cafetero para favorecer a Uribe. Y, preocupados como están de blindarse jurídicamente para que no les pase lo de los paramilitares, que después de negociar terminaron extraditados, no ven los riesgos que entraña para el proceso una Asamblea Constituyente, en la que el uribismo podría lograr una bancada significativa, ni parecen comprender plenamente las complicaciones del proceso político en el Congreso y en la opinión, dos ámbitos indispensables para que lo que se firme salga adelante.

“No podemos ponernos a correr con las angustias electorales de ustedes”, les dijo Santrich en la pausa para fumar. Uno de los congresistas le contestó a Márquez: “Ustedes no tienen los tiempos de nosotros. Cada cuatro años no les renuevan su mandato como comandantes. A nosotros y al presidente, sí”. 

Este era un intento por explicarles que las volubilidades de la política pueden incidir en el proceso, y que una cosa es aprobar las herramientas jurídicas necesarias, como la reglamentación del Marco Jurídico para la Paz, en un Congreso de mayorías santistas, y otra someterse a las incertidumbres del Congreso que salga elegido en marzo de 2014. De ahí las declaraciones públicas de Roy Barreras planteando que el acuerdo debería estar listo antes de que empiece la legislatura en julio. A la luz de la actual velocidad de las conversaciones, este plazo luce irreal; pero el mensaje, literalmente de urgencia, como los que hace el presidente al Congreso para tramitar algunas leyes, va al corazón del proceso.

Esos tiempos y realidades de la política y las víctimas fueron los temas centrales. Se explicó a las Farc en detalle el Marco Jurídico para la Paz y hubo una discusión en torno a sus implicaciones. Según uno de los participantes, no se veían afanadas por presentarse a las elecciones de Congreso el año entrante, pero sí muy interesadas en los temas de seguridad jurídica y de allí su insistencia en la Constituyente. Por eso, parte de la conversación giró en torno a los riesgos y los cálculos políticos que ese camino implica.

En un momento, Márquez atribuyó las víctimas al conflicto y, en consecuencia, al Estado como último responsable. Uno de los parlamentarios lo interrumpió. “Sí, las víctimas son del conflicto. Pero el gobierno y nosotros nos dimos la pela de reconocer el conflicto armado y este tiene dos partes: el gobierno y ustedes. El gobierno ya pidió perdón y las está reparando. ¿Y ustedes?”. “Interesante argumento. Vamos a estudiarlo”, habría sido la respuesta de Márquez.

Esta es la primera vez que el gobierno autoriza una visita de terceros que no son expertos o personas comisionadas por la Mesa para un fin específico, como fue el caso de la ONU y la Universidad Nacional para el Foro Agrario de diciembre pasado. En esta ocasión, como lo dijo el presidente, el propósito, “solicitado por las Farc”, era ilustrarlas “sobre los tiempos que se requieren dentro del proceso legislativo para las reformas con base en las expectativas que existen frente a la posibilidad de que las Farc participen el año entrante en los comicios presidenciales”.

Involucrar a congresistas, así sean amigos del proceso, es una maniobra arriesgada, que podría abrir la puerta a una avalancha de solicitudes. Además, el efecto de los mensajes que los congresistas transmitieron a las Farc –y al país– está por verse. En particular porque no será producto de acciones aisladas, como esta, que los colombianos ganen confianza en el proceso. Mientras el gobierno no tenga una política homogénea del presidente al último de sus ministros, de defensa del proceso, difícilmente un viaje de un pequeño grupo de parlamentarios podrá cambiar las percepciones pesimistas que están creciendo en la sociedad sobre lo que ocurre en La Habana. 

Sin embargo, esta no es solo la primera vez que el establecimiento político puede dialogar de tú a tú con las Farc, lo que contribuye a legitimarlas como interlocutor, sino también la primera ocasión en que alguien distinto de los negociadores oficiales le dice al país que hay razones para el optimismo en La Habana.

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