Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1999/12/20 00:00

Al rojo vivo

La movilización campesina en Popayán se ha convertido con el paso de los días en una bomba de tiempo a punto de estallar en las manos del gobierno nacional.

Al rojo vivo

A las 11 y media de la manana del viernes pasado el rumor de que los cerca de 2.000 manifestantes que se encontraban en el parque Caldas de Popayán se tomarían el aeropuerto Guillermo León Valencia de esa ciudad comenzó a circular entre las 89 personas que se encontraban en las instalaciones del terminal aéreo. Los miembros de algunas de las familias más prestantes de la capital caucana comenzaron a mirar con angustia por los inmensos ventanales mientras esperaban impacientes la llegada desde Cali de las avionetas charter que habían contratado para que los sacaran de la ciudad blanca.

Algunos de los 50 pasajeros del Fokker de Avianca con destino Bogotá se aferraron a su tiquete, que durante los últimos días se había convertido en el bien más preciado, como si se tratara de un pasaporte que los sacaría del infierno. Desde la tarde del jueves todas las vías terrestres de ingreso y salida de Popayán estaban bloqueadas por barricadas, buses atravesados y manifestantes. La única forma de abandonar la ciudad era por vía aérea. Las imágenes comenzaron a tomar cierto parecido con las desesperadas escenas de las personas que intentaron conseguir un cupo en alguno de los helicópteros que salían de la azotea de la embajada de Estados Unidos durante la 'caída de Saigón' el 27 de abril de 1975, al final de la guerra de Vietnam.



Por los altoparlantes del Guillermo León Valencia se escuchó a las 12:16 de la tarde el llamado a abordar. Pocos minutos después de que el avión decolara las puertas exteriores de ingreso al terminal aéreo fueron el escenario de una batalla entre los soldados y los policías que custodiaban el aeropuerto y el grupo de manifestantes que, armados de piedras y palos, intentaban ocupar el lugar para impedir la llegada de los refuerzos que venían desde la Tercera Brigada de Cali para garantizar la seguridad de Popayán, que completaba 19 días sitiada. La ciudad blanca vivía sus días más negros.



La vía de la esperanza



Los caucanos y los colombianos parecían acostumbrados a los paros, las marchas y las movilizaciones de todo tipo. Creían que los bloqueos de vías, las tomas pacíficas y las protestas callejeras no eran más que crisis pasajeras. Sin embargo lo que está sucediendo en Popayán y en el departamento del Cauca desde el pasado primero de noviembre va camino de abrir un capítulo aparte en la historia de las protestas en el país y en convertirse en uno de los mayores retos para la capacidad de negociación del gobierno.



Los más de 40.000 campesinos e indígenas que se encuentran apostados en la vía Panamericana desde hace tres semanas no sólo han impedido el paso diario de los 600 camiones de carga y 90 vehículos de pasajeros que transitan por esa vía rumbo al sur del continente, sino que han superado todas las pruebas de resistencia en busca de encontrar alguna solución a las demandas que realizan al gobierno de Andrés Pastrana (ver recuadro). En Galíndez y El Pilón, ubicados a 180 kilómetros al sur de Popayán rumbo a Pasto, Arnoldo Hernández barre una vía que nadie transita con una 'escoba' hecha con unas ramas mientras resiste 40 grados de temperatura. El es uno de los 1.000 campesinos que llegó de la vereda Almaguer, a 12 horas de Popayán, en donde la temperatura promedio es la mitad de la que ahora soporta. Junto a él hay 25.000 personas más repartidas en seis kilómetros de cambuches y carpas en los dos lados de la Panamericana. En el otro sitio de concentración campesina, El Cairo, localizado a 20 kilómetros al norte de la capital del Cauca, 13.500 campesinos pasan los días escuchando, entre las seis de la mañana y las ocho de la noche, las notas musicales de las canciones de Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés que salen de los cinco grandes parlantes instalados a lo largo de los 800 metros de vía en donde acampan los huelguistas.



Situación crítica



La gigantesca movilización campesina está echando raíces y se ha convertido en un imán que con el paso de los días sumó protagonistas y se volvió cada vez más compleja. Hacia el final de la semana las vías que comunican al Cauca con el Huila, al igual que cinco sitios cerca de Popayán, fueron bloqueados. El jueves se sumaron a la protesta 7.000 indígenas porque "creemos que debemos pasar de la solidaridad espiritual a la de hecho", según dijo a SEMANA José Domingo Caldón, vicepresidente del Consejo Regional Indígena del Cauca --Cric--. Hacia el final de la semana pasada las conversaciones entre el gobierno y los representantes del paro continuaban siendo tan tormentosas como lo han sido durante los más de 20 días de negociaciones.



A la polémica que existió desde el inició del paro por el enfrentamiento entre el gobernador del Cauca y el Ministro del Interior, así como los múltiples cuestionamientos que los líderes campesinos han realizado por considerar de bajo perfil a los negociadores designados por el gobierno, se sumó un nuevo malentendido. El jueves pasado viajó a Popayán una comisión de alto nivel, compuesta por los ministros del Interior y Hacienda, Néstor Humberto Martínez y Juan Camilo Restrepo; el director de Planeación Nacional, Mauricio Cárdenas, y el 'superministro' Jaime Ruiz, con el fin de reunirse con los líderes de la movilización. Pero errores de coordinación impidieron el encuentro.



Lo cierto del caso es que las dos posiciones han llegado a un punto que parece muerto y hace compleja la solución del problema. Los campesinos no están dispuestos a ceder en sus pretensiones económicas y esperan obtener cerca de 500.000 millones de pesos. El gobierno, por su parte, como lo ha repetido insistentemente, no puede disponer de más de los 86.000 millones ofrecidos la semana pasada. "Esa es la plata que hay. Solucionar el problema ofreciendo dinero que no tiene el gobierno sería lo más fácil y caeríamos en los errores de gobiernos pasados. Y esta administración no está dispuesta a mentir para resolver el problema", afirmó Cárdenas el viernes pasado.



Es evidente, como lo ha reconocido el mismo gobierno, que las reclamaciones de los campesinos son justas y legítimas. Pero también es claro que este es un problema que el gobierno de Andrés Pastrana heredó por la firma de acuerdos imposibles de cumplir realizados por gobiernos pasados pero, sobre todo, la situación corresponde a décadas de abandono en una región que ha aprendido que la única forma de ser escuchada es por medio de la fuerza y en donde, como afirmó Jaime Ruiz, ha habido un mal manejo de los recursos departamentales y municipales. "Esta es una zona que pasó el siglo XX sin luz y acueducto", concluye el gobernador César Negret.



Lo grave de todo esto es que la situación ya ha desbordado los límites y se ha convertido en una bomba de tiempo de proporciones incalculables. Aunque dentro de las concentraciones campesinas sus integrantes han logrado impedir la presencia guerrillera es claro que la subversión buscará capitalizar la movilización. De hecho, los mismos manifestantes y el gobierno han detectado que la guerrilla, principalmente las Farc, está presionando a la población para que participe activa o pasivamente en la movilización. Los organismos de seguridad no descartan que los insurrectos realicen actos terroristas aprovechando la complejidad de la situación. Encontrarle una salida negociada al problema es un reto nada fácil para el gobierno. Mientras tanto a Popayán siguen llegando campesinos e indígenas para sumarse a la protesta. Los organizadores saben que mientras más gente los apoye mayores serán sus posibilidades de éxito.

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